Inocencio VI (18 diciembre 1352 - 12 septiembre 1362)
Un papa restaurador. Breve fue el cónclave celebrado en Avignon; los veinticuatro cardenales que en él tomaron parte estaban decididos a imprimir a la Iglesia un giro radical haciendo de la Plenitudo potestatis un gobierno compartido. Prestaron juramento de que cualquiera que fuese elegido no crearía nuevos cardenales hasta que el número se hubiera reducido a dieciséis y manteniendo el colegio por debajo de los veinte miembros; los nuevos nombramientos requerirían la aprobación de los dos tercios de los existentes; una condición que sería aplicable también a los casos de enajenación de bienes de la Iglesia, concesión de subsidios o proceso contra un purpurado. El colegio, que retendría para sí la mitad de las rentas pontificias, sería preceptivamente consultado en todos los nombramientos administrativos. Bajo tales condiciones se eligió a Esteban Aubert, a quien A. Pélissier (Innocent VI le réformateur, deuxiéme pape Umousin, Tulle, 1961) presenta como un anciano de mala salud y magnífico administrador, profesor de derecho en Toulouse y cardenal desde 1342. En el momento de su elección era obispo de Ostia y gran penitenciario. Su gran defecto sería el nepotismo.
El 6 de julio de 1353, Inocencio, que había consultado a jurisconsultos, declaró que el juramento prestado no era válido por oponerse a la plenitudo potestatis que sólo corresponde al pontífice. Volviendo a las normas de Benedicto XII, se había propuesto intentar la reforma, limitando las acumulaciones de beneficios y obligando a la residencia. Los gastos de la casa del papa fueron restringidos; esto no evitó que el déficit financiero se acentuara por la necesidad de atender a la defensa de Avignon frente a las compañías de mercenarios, y por el deseo de sostener campañas en Italia que hiciesen posible el retorno. Se asignaron emolumentos fijos a los jueces de la Audiencia para garantizar su imparcialidad. En 1360, a petición del general de los dominicos, Simón de Langres, se ordenó una inspección a fondo en los conventos: ocho definidores de la orden se volvieron entonces contra el general, pero el papa le sostuvo. De todas formas se trataba de un problema que quedó sin resolver. La misma actitud de firmeza y respaldo mostró en relación con los hospitalarios, a los que Felipe VI de Francia quería aplicar las mismas medidas disolutorias del Temple. Inocencio VI se negó en redondo, y llamando a Juan Fernández de Heredia, el más prestigioso de los caballeros, le encomendó la visita y el restablecimiento de la disciplina. La orden, que era conocida comúnmente como de Rodas por tener su maestrazgo en esta isla, recibió el encargo del papa de sostener las posiciones de Esmirna y Armenia, pero no pudo cumplir este objetivo demasiado ambicioso. Sin embargo, sostendría durante dos siglos la punta de vanguardia en el extremo mediterráneo.
Surgían visionarios y milenaristas. Un fraile de Puigcerdá, Arnaldo Muntaner, mezclando en sus predicaciones la doctrina de la absoluta pobreza de Cristo, afirmaba que nadie que vistiera hábito franciscano podía permanecer mucho tiempo en el purgatorio, pues san Francisco bajaba allí cada año a sacar a los suyos; se libró de la persecución del inquisidor Eymerich porque se fue a Oriente a predicar sus fantasías. Fray Juan de Roquetaillade anunciaba que pronto vendría un antipapa, al que Cristo haría morir por medio del espíritu de la palabra; inmediatamente después, con la desaparición del Islam y del judaísmo, comenzaría el reino del milenio. No resultaba fácil a la autoridad pontifica imponer criterios de sensatez.
Don Gil de Albornoz. La muerte de Alfonso XI (1350) había provocado una fuerte reacción en Castilla contra los que fueran sus consejeros y colaboradores. El arzobispo de Toledo, don Gil de Albornoz, tuvo que huir refugiándose en Avignon donde fue elevado por Inocencio al cardenalato, pasando luego a desempeñar funciones de confianza. No se restableció la paz. Pedro I (1350-1369), casado con Blanca de Borbón (3 de junio de 1353), abandonó a su esposa, cohabitó públicamente con María de Padilla, y hasta llegó a contraer un nuevo e ilícito matrimonio. Comenzaron luchas internas. Muchos nobles y no pocos eclesiásticos se exiliaron en Francia y Aragón, llegando algunos hasta la propia Avignon. Inocencio VI trató de detener la guerra, interna y entre reinos, que amenazaba la península, enviando como legado a Guillermo de la Jugue; no pudo nunca conseguir una paz estable.
La abundancia de mercenarios, secuela de la contienda franco-británica en el sur de Francia, hicieron desaparecer la seguridad de que hasta entonces disfrutara Avignon. Por otra parte, el viaje de Carlos IV a Roma, donde fue coronado emperador por un legado pontificio (5 de abril de 1355), venía a demostrar que el retorno no era imposible. Carlos promulgó en 1356 la llamada «Bula de Oro», en la que fijaba el procedimiento para la elección de emperadores (confirmando de hecho los acuerdos de la Dieta de Rense referentes a la separación de potestades) e independizaba el Imperio de la Santa Sede. Una decisión de doble vertiente, ya que suponía la definitiva renuncia a intervenir en Italia. Los electores designaban un rey de Romanos con entera independencia; sólo él podía convertirse en emperador cuando el papa le coronase. En 1360 la amenaza a que los merodeadores armados hicieron pesar sobre Avignon fue tan seria que Juan Fernández de Heredia (1310-1396) tuvo que acudir con 600 caballeros y 1.000 peones a liberar al papa de lo que era un asedio. De todas formas, hubo que pagar a los sitiadores 14.5000 florines de oro para que accedieran a alejarse.
Antes de que pudiera efectuarse el retorno a Roma era imprescindible la pacificación del Patrimonium. Tal fue la tarea que Inocencio VI confió a don Gil de Albornoz, a cuyo séquito fue agregado Cola di Rienzo, con título de senador y poderes para gobernar Roma. El 1 de agosto de 1354, Rienzo entró en la ciudad, siendo recibido con fuertes aclamaciones, pero muy pronto las facciones romanas provocaron un levantamiento que acabó con la vida del reformador (8 de octubre de 1354). Albornoz consiguió cumplir la misión que se le encomendara: en 1354 arrancaba Orvieto de manos de Juan de Vico; al año siguiente obligaba a los Malatesta de Rímini a firmar el humillante tratado de Gubbio. El cardenal tenía el proyecto de transformar la administración de los Estados Pontificios, haciendo participar en ella a los poderes laicos que se habían asentado. Una asamblea, reunida en la ciudad de Fano, aprobó las Constituciones egidianas (1357), que estarían vigentes hasta el siglo xix. A. Erler (Aegidius Albornoz ais Gesetzgeber des Kirchenstaates, Berlín, 1970) advierte que las Constituciones se basaban en la legislación anterior, incluyendo el Líber Augustalis de Federico II. La influencia del derecho romano se situaba por encima del canónico.
Llamado a Avignon, porque se habían producido acusaciones en su contra, el papa le confirmó en su cargo, ampliando los poderes. Regresó a Italia en 1358. Fue entonces cuando conquistó Bolonia, en donde fundaría el Colegio que lleva su nombre y aún subsiste, enfrentándose abiertamente con los Visconti. La victoria de san Rufilio sobre Barnabó (1361) abría definitivamente al papa la posibilidad del retomo. Inocencio VI comunicó al emperador Carlos, en carta de 18 de abril de 1361, que había tomado la decisión de volver a Roma. Una decisión que la muerte le impidió cumplir. Pero el éxito militar estaba empañado por un dato negativo: los tesoros de la Santa Sede estaban exhaustos.
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