Inocencio IV (25 junio 1243 - 7 diciembre 1254)
Elección. La vacante duró en esta ocasión dieciocho meses, ya que los cardenales aguardaron la liberación de los dos miembros del colegio prisioneros de Federico. El emperador maniobraba para conseguir que el electo le fuera favorable. Al fin pudieron reunirse los electores en Anagni, escogiendo el 25 de junio de 1243 a Sinibaldo Fieschi, conde de Lavagna, genovés de familia gibelina, que había estudiado y enseñado brillantemente en Bolonia. Juez de la curia, fue nombrado cardenal y vicecanciller por Gregorio IX en 1227, gobernando la marca de Ancona entre 1235-1240. Aunque Federico no perdió la esperanza de negociar, comprendía bien que un colaborador de Gregorio IX no podía seguir siendo su amigo. Cierto cronista le atribuye la frase de que «un papa no puede ser gibelino». Ya F. Fehling Kaiser Friedrich II und die romanische Cardinale in den Jahren 1227 bis 1239, Berlín, 1901), llegó a la conclusión de que Inocencio IV llevó a sus últimas consecuencias las tesis de Inocencio III acerca de la soberanía universal pontificia, distinguiendo sin embargo entre una situación de iure y otra de jacto que a él no correspondía. Sinibaldo era autor del Apparatus in quinqué libros Decretalium, primer comentario importante sobre las Decretales de Gregorio IX que fue utilizada en las universidades para la enseñanza.
Una de las tareas fundamentales se refería al colegio de cardenales: el 28 de mayo de 1244 promocionó cuatro franceses, que unidos a los dos españoles y un inglés formaban el adecuado contrapeso a los once italianos. Reducido el número (estamos muy lejos de los 53 que se mencionaban dos siglos atrás) ganaron en poder. En 1245 se les autorizó el uso del capelo rojo como signo de distinción. Venían a ser un consejo de Estado que gobernaba con el papa y le sustituía en los interregnos. Sus reuniones, denominadas consistorios, como en el Bajo Imperio, sustituían ya a los antiguos sínodos. A sus órdenes trabajaban más de doscientos capellanes. Este mundo, que tendía a centralizar el gobierno (era cada vez mayor el número de provisiones que se tomaban directamente in curia) fue dotado también de cátedras para la enseñanza de la teología y del derecho, embrión de la Sapienza creada por Bonifacio VIII. Allí encontraría santo Tomás de Aquino al traductor de Aristóteles, Guillermo de Moerbeeke, tan importante en su contribución a la Summa.
El juicio al emperador. Federico II ofreció negociar. Las promesas que hizo fueron tan exageradas que, aunque el 31 de marzo de 1244, se redactó un convenio marco, Inocencio no quiso precipitarse: era imprescindible una entrevista entre ambos, señalada para Narni, en que se precisaran los puntos. Inocencio salió de Roma pero, de pronto, sospechando una celada, torció hacia Civitavecchia, donde embarcó secretamente (28 junio 1244) llegando a Genova y desde aquí a Lyon en donde pudo instalarse el 2 de diciembre de 1244. Permanecería en esta ciudad hasta después de la muerte de Federico II. Desplegó tanta actividad que debemos considerar esta etapa como una de las más fecundas para la Iglesia medieval. El 3 de enero de 1245 se cursó la invitación para un concilio ecuménico a celebrar en Lyon a partir del 24 de junio. Acababan de llegar las noticias de la toma de Jerusalén por los jaresmios y del hundimiento estrepitoso de lo que quedaba del reino. Los temas asignados al concilio fueron, pues: la reforma del clero, la cruzada, la ayuda a Constantinopla, la política a seguir con los mongoles y, sobre todo, las relaciones con el emperador.
En un extremo intento, Inocencio IV, que había convocado a Federico en calidad de acusado ante el concilio, le escribió (6 de mayo de 1245) ofreciendo una reconciliación si mantenía todas las condiciones de marzo del año anterior en forma solemne. Una ingerencia en los dominios de la Iglesia y una gestión para que se denegase un importante crédito en Inglaterra, convencieron al papa de que nada quedaba salvo la ruptura. El concilio inició sus sesiones el 26 de junio con un discurso de Inocencio en que comparaba los males de la Iglesia con las cinco llagas de Cristo: pecados de los obispos y de los fieles; insolencia de los infieles en Tierra Santa; invasiones mongolas que alcanzaron Hungría; y la persecución del emperador contra la Iglesia.
Federico fue sometido a una especie de juicio en ausencia. En su defensa actuaron Tadeo de Sessa, el patriarca de Antioquía, y los embajadores ingleses, que reclamaban su presencia pero como partícipe y no como acusado. Tres obispos, uno italiano y dos españoles (Tarragona y Santiago) pidieron en cambio al papa que tomara medidas contra él. éste, que había interesado a la banca güelfa en la defensa de Lombardía, retrasó las sesiones con la esperanza de que se produjera algún tipo de acuerdo que no llegó: finalmente, el 17 de julio tuvo lugar la solemne sesión de clausura en la que Federico fue depuesto aunque no fue mencionada en este punto la excomunión. La propaganda, más moderada, centró su atención en este punto político: si se reconoce al papa el derecho a nombrar y deponer, ningún príncipe podrá hallarse seguro en su trono. Enrique III (1216-1273), que necesitaba del apoyo pontificio para mantener en calma su reino, mantuvo sin embargo a Inglaterra neutral (G. von Puttkamer, Papst ¡nnocenz IV, Münster, 1930), mientras que san Luis (1226-1270), garantizando con sus tropas la seguridad de Lyon, intentaba forzar la reconciliación. Hubo negociaciones, pero Inocencio IV respondió que sólo se entrevistaría con Federico si éste acudía solo y sin armas. La guerra se hizo especialmente dura en Italia, donde Enzio disponía de sarracenos.
La guerra cambia de signo. Pero Inocencio, como ya revelara P. Aldinger (Die Besetzung der deutschen Bistümer unter Papst lnnocenz IV, 1243-1245, Leipzig, 1900), disponía de un verdadero partido en Alemania, ya que muchas de las elecciones episcopales habían sido forzadas desde Roma en favor de candidatos que ahora se mostraban contrarios al emperador. Cuando los duques de Austria, Baviera y Bohemia se pusieron en contacto con la curia, se les dijo que el trono estaba vacante y podían, por tanto, elegir nuevo emperador. El 22 de mayo de 1246 proclamaron a Enrique Raspe, que hasta entonces era el delegado de Federico en Alemania, y cuando éste falleció (16 de febrero de 1247) eligieron a Guillermo de Holanda. Inocencio IV reconoció tanto a uno como a otro.
La guerra cambió de signo en febrero de 1248 cuando los defensores de Pariría derrotaron a los imperiales causando la muerte de Tadeo de Sessa, y las milicias de Bolonia capturaron a Enzio, que nunca recobraría su libertad. De modo que Federico II se hallaba en plena derrota cuando murió (13 diciembre de 1250). El papa, decidido a romper la vinculación de Sicilia con los Staufen, rechazó a Conrado IV (1250-1254), hijo de Federico, y emprendió el regreso a Roma (19 abril 1251) en un viaje triunfal. Desde el 6 de octubre estaba de nuevo en su palacio, excomulgando a Conrado y reclamando su presencia para ser juzgado. Sin embargo, cuando Conrado murió en Amalfiel 21 de mayo de 1254, el papa se mostró dispuesto a reconocer a su hijo Conradino como rey de Sicilia y Jerusalén, ya que nada tenía que ver con el Imperio.
Mendicantes e Inquisición. Otras importantes cuestiones se trataron en este pontificado. Buscando el apoyo de los mendicantes incorporó a éstos la orden de los carmelitas, cuyo origen se remonta a las postrimerías del siglo xn, y cuyo primer general es san Simón Stocke. Consolidó la Inquisición, mitigando de hecho la dureza del procedimiento primitivo, como se había propuesto en los sínodos de Narbona (1243) y Béziers (1246). Sin embargo, al extender a Italia el procedimiento inquisitorial (bula Ad extirpandos de 15 mayo 1242), autorizó el empleo de la tortura en los interrogatorios. Fue ampliamente criticado porque aumentaron las tasas para la obtención de dispensas y la colación de beneficios. La lucha contra el emperador era la causa de que se atendiese menos a la reforma y más a la obtención de recursos.
Mongoles. Mientras san Luis vivía su gran aventura de Egipto, llamada Séptima Cruzada (1248-1254), que cerraría con un fracaso el capítulo de las expediciones a Oriente, se iniciaba la toma de contactos con los mongoles. Por medio de una carta, Regi et populo Tartarorum (5 marzo de 1245), entregada al franciscano Lorenzo de Portugal, se les invitaba a que abrazasen el cristianismo. Carecemos de noticias acerca de este posible aunque dudoso viaje. Pero el 16 de abril de ese mismo año Juan de Piano Carpino (1182-1252) y Benedicto de Polonia salieron de Lyon para un larguísimo trayecto por tierra que les llevó al campamento de Batu Khan (Altyn Ordu, actual Volgogrado y antes Stalingrado), desde donde fueron escoltados con seguridad hasta Karakorum. Era el momento en que Kuyuk era elevado al rango de Gran Khan; recibió mal a los embajadores, invitando al papa a que se sometiese a su poder. Al regreso, Piano Carpino estuvo en Kiev, visitando al príncipe Daniel y tratando de atraer a la unidad a la Iglesia ucraína. Inocencio daría a Daniel el título de rey. Entre 1253 y 1255 otro franciscano, Guillermo de Rubrock, con cartas de san Luis, visitó Karakorum, donde Mongka (f 1260), sustituto de Kuyuk, le recibió de forma más cordia.
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