Inocencio II (14 febrero 1130 - 24 septiembre 1143)
Otro cisma. Desde el pontificado de Gelasio II la división entre bandos ro manos que identificamos con las familias de Frangipani y Pierleoni —intereses financieros andaban por medio— se había agudizado. S. Chorodow (Christian Political Theory and Church Politics in the Middle Twelfth Century: the Ecclesiology of Gralian’s Decretum, Berkeley, 1972) advierte que para entender co rrectamente los graves sucesos del cisma de 1130 es preciso prestar mucha atención al desarrollo de la ciencia jurídica, que alcanza uno de sus momentos culminantes con las Decretales de Graciano, concluidas en torno a 1140. Pues la Iglesia que Aymerico y los nuevos reformadores se proponían construir acentuaba su carácter unitario de cuerpo místico de Cristo, expresado a través de una estructura jerárquica que culminaba en la autoridad del papa, vicario de Cristo, supremo legislador. La ley era, por tanto, la savia que circulaba por sus venas.
En la misma noche de la muerte de Honorio II, después de que el cadáver fuera depositado en una sepultura provisional, veinte cardenales, los más jóvenes, se reunieron en el mismo lugar de San Gregorio y procedieron a elegir a Gregorio l’apareschi, de noble familia romana, y uno de los negociadores del concordato de Worms, que tomó el nombre de Inocencio II. Otros veintitrés cardenales se reunieron en San Marcos: habiéndose negado su primer candidato, Pedro, obispo de Porto, los votos coincidieron en otro Pedro, Pierleoni, que quiso llamarse Anacleto II. Los dos electos fueron consagrados en el mismo día, el primero en Santa María Nuova por el obispo de Ostia y el segundo en la basílica de Letrán por el de Porto. La mayoría de votos no tenía entonces la significación resolutiva que posee entre nosotros.
Dos figuras de gran relieve dentro de la Iglesia se enfrentaron en un cisma que habría de durar ocho años, despertando en los fieles grandes dudas. Pedro Pierleoni, bisnieto del converso Baruch, había estudiado en París con el rey Luis VI, profesado como monje en Cluny en tiempos del abad Poncio y alcanzado el cardenalato en 1112 como diácono de San Cosme y San Damián. Hombre de confianza de Gelasio II y, sobre todo, de Calixto II, fue promovido a cardenal presbítero de Santa María in Trastévere, en 1120. Destacó mucho como legado en Francia e Inglaterra, pero Aymerico consiguió apartarle de esta vida activa, de modo que durante varios años permanece silenciado. él representaba la que podríamos llamar línea dura del gregorianismo: el ideal monástico debía inspirar la reforma de las personas. Dueño de Roma, de la que Inocencio II se vio obligado a alejarse, envió cartas a todos los príncipes requiriendo su reconocimiento con el argumento de que su elección había sido correcta y no forzada y que contaba con la mayoría de los cardenales. Pero el único verdadero apoyo con que pudo contar, aparte de la gran fortuna de su familia de banqueros, fue Roger II, que recibió la corona de Sicilia, Apulia y Calabria, culminando así el proyecto de unificación política de todo el mediodía italiano.
Algunos autores han especulado, sin duda erróneamente, con el obstáculo que para los Frangipani hubo de constituir su remoto origen judío. Jean Leclercq (Recueil d’études sur saint Bernard et ses écrits, 2 vols., Roma, 1962-1966) ha demostrado que fue la decisión de cistercienses y canónigos regulares en favor de la nueva línea de reforma, la que decidió el pleito. San Bernardo de Claiaval, en el sínodo de étampes (1130) proclamó la legitimidad de Inocencio II, ganando para él la obediencia de Francia, Inglaterra y España. Lotario de Supplinburgo convocó a la Dieta en Xantes y aquí fue el propio san Norberto quien inclinó la voluntad del emperador. Otras figuras sobresalientes como Hugo de San Víctor y Pedro el Venerable, ahora confirmado como abad de Cluny, apoyaron a Inocencio. El sínodo de Reims (octubre de 1131) mostró una decisión casi unánime de la cristiandad en favor de quien representaba la nueva etapa en la reforma (F. J. Schmale, Studien zur Schisma des Jahres 1130, Colonia, 1961).
Solución del cisma. Inocencio II se entrevistó en Lieja con Lotario y recibió la promesa de ser instalado en Roma: en 1133 el ejército alemán bajó a Italia y pudo entrar en la ciudad, aunque Sant’Angelo y la ciudadela de San Pedro resistieron. El papa coronó emperador a Lotario en Letrán, el 4 de julio de aquel mismo año, pero en cuanto las tropas alemanas se fueron, Inocencio tuvo que refugiarse en Pisa. Aquí reunió un nuevo sínodo (1134) que le proporcionó un gran respaldo: 113 obispos participaron en él. Hubo una segunda expedición imperial, el año 1136; y aunque el emperador logró una victoria sobre Roger II, tampoco pudo hacer firme el dominio sobre Roma. Las relaciones entre el papa y el emperador se agriaron por el empeño de Lotario en conseguir que se diese a uno de los suyos, Wibaldo de Stablo, la abadía de Montecassino La solución del cisma, sin excesivos traumas, llegó con la muerte de Anastasio II el 25 de enero de 1138. Aunque los cardenales de su partido procedieron a elegir a Gregorio Conti, Víctor IV, san Bernardo le convenció para que resignara su oficio, en bien de la Iglesia, reconociendo a su rival. También se sometieron el rey de Sicilia y la familia Pierleoni. En abril de 1139 se reunió el II Concilio de Letrán, décimo de los ecuménicos; se declararon nulos todos los actos y disposiciones tomados por Anacleto II, que figura, en consecuencia, en la lista de antipapas. Naturalmente, el concilio no se redujo a este asunto: sus cánones hicieron avanzar la estructura de la Iglesia. Con la paz llegaba el predominio de la autoridad pontificia. Se hizo una definición rigurosa del matrimonio y de la familia. Un aspecto curioso c importante: a los monjes les sería prohibido el estudio del derecho y de la medicina.
Los últimos años del pontificado de Inocencio II fueron turbulentos. El choque doctrinal con Pedro Abelardo, en que se encontró mezclado san Bernardo, alcanzó también al pontífice cuando éste confirmó la sentencia dictada en el sínodo de Sens (1140). La paz con Roger II no pudo mantenerse y en la lucha que siguió el papa fue hecho prisionero y tuvo que suscribir el tratado de Migniano (25 julio 1139) en que se reconocían a Sicilia las mismas condiciones que ya otorgara Anacleto II. También se enturbiaron las relaciones con Luis VI de Francia, a causa de la provisión de la diócesis de Bourges. Para colmo de males un discípulo de Abelardo, Arnaldo de Brescia (t 1141), iniciaba el sueño perturbador de convertir a Roma en una comuna que restaurase los antiguos tiempos.
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