Gregorio X, san (1 septiembre 1271 - 10 enero 1276)
Un papa restaurador. Los cardenales estaban profundamente divididos en torno a dos cuestiones: la hegemonía de Carlos de Anjou, y la prolongada vacante en el Imperio. A éstas, según Olga Johnson Die Papstwahlen des 13Jahr-hunderts bis zur Einführung der Conclaveordnung Gregors X, Berlín, 1928), se sumaban otras dos: los intereses de las familias de papas y la clara disensión entre jóvenes y viejos en el colegio de los cardenales. De hecho, el interregno duró casi tres años. Las autoridades civiles presionaron encerrando a los cardenales en el palacio, quitando el techo y amenazando con privarles de la comida. Fue san Buenaventura quien propuso la solución: delegar en una comisión de sólo seis, la cual designó a Teobaldo Visconti, arcediano de Lieja, un laico que se encontraba con Eduardo de Inglaterra en Tierra Santa. De noble origen, había jugado un papel importante en el primer concilio de Lyon y gozaba de una amplia confianza en las dos familias reales, francesa e inglesa. L. Gatto (Il pontificato dei Gregorio X, 1271-1276, Roma, 1959) le considera especialmente dotado: estudiante en París, conoció a santo Tomás y a san Buenaventura. Llegó a Viterbo el 10 de febrero e inmediatamente se trasladó a Roma, donde fue ordenado y consagrado en San Pedro el 27 de marzo.
Se elige emperador. Entendía que su elección respondía al esfuerzo que debía hacerse en favor de la cruzada. Su primer gesto fue la convocatoria (13 de abril de 1273) del concilio, nuevamente en Lyon; en él debían tratarse tres cosas íntimamente ligadas: la cruzada, la unión con la Iglesia oriental y la reforma. Antes de que todo esto pudiera llevarse a cabo, el papa sabía que era preciso poner un límite a la expansión angevina en Italia, y sosegar las querellas entre güelfos y gibelinos que perturbaban la vida de sus ciudades. No impidió que Carlos de Anjou siguiera ostentando el senado en Roma y la vicaría imperial en Toscana, pero, aprovechando la muerte de Ricardo de Cornwall, decidió colaborar para resolver el interregno: recomendó a los electores que prescindiesen de Ottokar de Bohemia y de este modo logró que el 1 de octubre de 1273 hubiera, con Rodolfo de Habsburgo (1273-1291), nuevo rey de Romanos. El papa no ocultó su satisfacción, pero quiso que el reconocimiento se hiciera a través del concilio. Fue en Lyon, el 6 de julio de 1274, donde el canciller, en nombre de Rodolfo, garantizó el juramento de éste respecto al respeto de las libertades de la Iglesia. Se acordó entonces hacer en Roma la coronación imperial. La primera fecha fue demorada tras la entrevista personal de Gregorio X y Rodolfo (Lausanne, octubre de 1275) hasta el 2 de febrero de 1276. La muerte de Gregorio impidió que pudiera llevarse a cabo.
La unión con Oriente. Gregorio aplicó dotes de moderación, prudencia y grandeza en la solución del problema oriental. Sus primeros contactos con Miguel VIII se habían producido durante el viaje a Palestina. Era evidente que el emperador quería protección frente a las ambiciones de Carlos de Anjou. Muy pronto la iniciativa pasó a manos del papa, que tuvo el acierto de conducir el asunto ante el concilio en lugar de convertirlo en puramente personal. Además, se mostró condescendiente: se conformaba con que sólo una parte del clero griego se adhiriera a la unión, dejando para más adelante la universalización del juramento, y se conformaba con que reconociera la integridad de la fe y el primado de la sede romana. Miguel aceptó las condiciones aunque al principio tropezó con enormes dificultades, pues apenas media docena de obispos se mostró dispuesta a apoyarle: el patriarca José, empujado por su clero, formuló un juramento contra la unión. Pero el más importante de los teólogos, Juan Beccos, que al principio se mostró absolutamente contrario (hubo de ser reducido a prisión por su actitud levantisca), acabó convenciéndose de su error y se convirtió en ardiente defensor de la unión. Fue el comienzo de la victoria. En febrero de 1274, Miguel VIII consiguió que 44 obispos y todo el clero de Santa Sofía suscribieran una carta al papa.
El 24 de junio de este mismo año llegó a Lyon la embajada bizantina presidida por el logoteta Jorge Acropolita y de la que formaban parte el antiguo patriarca de Constantinopla, Germán III, el de Nicea, Teófanes, y algunos otros. Las condiciones de los griegos fueron aceptadas por el concilio y el 29 de junio pudo proclamarse la unión; se invitó a los otros obispos bizantinos a que se adhiriesen. Fue entonces elegido patriarca Juan Beccos, y el 16 de enero de 1275, en la capilla del palacio real de Constantinopla, se celebró la solemne función religiosa de la unión.
Aparte de esto, el concilio tomó algunas disposiciones importantes: renovación de las sentencias contra la usura; restablecimiento de la obligación del culto divino en los cabildos; exigencia rigurosa de los decretos que prohibían nuevas reglas para las congregaciones religiosas. Los españoles impidieron, en cambio, que prosperara un proyecto para refundir en una todas las órdenes militares. La más importante de las disposiciones, Ubi periculum, establecía el sistema de cónclave para las futuras elecciones pontificias. Los cardenales serían encerrados con llave (éste es el origen del nombre), manteniéndolos incomunicados con el mundo exterior; en caso de demora se les reducirían las raciones alimenticias.
Tras la entrevista con Rodolfo en Lausanne, Gregorio X regresó a Italia, aunque no pudo alcanzar Roma porque murió de fiebre en Arezzo. Su muerte iba a interrumpir un proceso evolutivo importante.
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