Gregorio IV (29 marzo 828 - 25 enero 844)
Elección. Cardenal presbítero del título de San Marcos y miembro de la aristocracia romana, fue elegido por presiones de esta misma nobleza y de acuerdo con la Constitutio del 824, a finales del año 827, aunque no sería consagrado hasta el 29 de marzo siguiente, después de obtener el reconocimiento del representante imperial y hacerse el intercambio de juramentos. La jurisdicción imperial se hizo efectiva: a principios del 829 sería rechazada la apelación presentada por la sede romana contra el privilegio de Lotario a la abadía de Farfa, eximiéndola del tributo que pagaba a Roma.
Se rompe el Imperio. El 832 los tres hijos mayores de Luis el Piadoso, Lotario, Pipino y Luis, protestando de que se hubiese alterado la Ordinatio Imperii del 817 a fin de dar parte en la herencia a Carlos el Calvo (832-887), nacido de un segundo matrimonio del emperador, se sublevaron contra su padre. Lotario ordenó a Gregorio IV que le acompañara en su viaje a Francia; el papa aceptó porque se trataba de una coyuntura que podía dejar establecida nuevamente su autoridad, pero un gran número de obispos, agrupados en torno al viejo emperador, le reprocharon que apareciese como incorporado a un bando rebelde y llegaron a amenazarle con romper la comunión con Roma. La respuesta del papa fue fría y contundente: a él, en virtud de la supremacía otorgada por Dios sobre la cristiandad, correspondía la custodia de la paz y, por ende, la mediación entre las partes en discordia. Cuando en el verano del 833 los dos ejércitos se enfrentaron en Rotfeld, cerca de Colmar, Gregorio intervino mediando entre un campo y otro. Descubrió entonces que había sido utilizado malévolamente por Lotario para encubrir una maniobra que tendía a impulsar a los nobles a que cambiasen de bando a fin de obligar a Luis el Piadoso a una completa capitulación. Los eclesiásticos llamaron a Rotfeld, Lügenfeld, esto es «campo de la mentira». Profundamente amargado, Gregorio regresó a Roma, mientras en su ausencia una asamblea de Compiegne (octubre del 833) decidía la deposición del emperador y el ingreso de Carlos en un monasterio.
Apenas unos meses más tarde, en marzo del 834, nobles y obispos conseguirían la restauración de Luis el Piadoso: inmediatamente estableció contacto con Gregorio anunciándole su intención de peregrinar a Roma. Lotario consiguió impedir el viaje de una embajada pontificia, pero no evitó que una carta de Gregorio llegara a manos de Luis, restableciendo con ello la dignidad del papa. La muerte del emperador, el 840, desencadenó una guerra civil en la que ya no fue posible al papa interponer su mediación. Aunque el título imperial siguiera siendo único, el Imperio se dividió, iniciándose con ello una época de profunda crisis en la que la Iglesia y el pontificado serían víctimas. De inmediato se acusaron las consecuencias desfavorables sobre dos empeños del pontífice: el 831 había recibido en Roma a san Anscario, obispo de Hamburgo, a quien entregó el pallium y que venía a exponer los grandes planes de evangelización de escandinavos y eslavos; Amalario de Metz trabajaba en Roma para unificar textos litúrgicos que debían ser reconocidos como obligatorios. La expansión religiosa y la edificación de la unidad se vieron gravemente comprometidas.
Peligro sarraceno. Una gran ofensiva musulmana se desencadenaba en el centro del Mediterráneo, precisamente en el momento en que los cristianos lograban en España una resonante victoria en Simancas (939) que les aseguraba el dominio de la meseta. El año 827 los sarracenos desembarcaron en Mazzara (Sicilia) y en los siguientes se apoderaron de Agrigcnto, Enna, Palermo y Mesilla (cS43). La resistencia de las milicias bizantinas fue muy fuerte, pero sin éxito. Nápoles y Amalfi se segregaron, convirtiéndose en repúblicas independientes. Nápoles, amenazada por el duque de Benevento, pidió auxilio a los árabes, repitiendo el tremendo error de los vítizanos en España. Los musulmanes desembarcaron en la península, tomaron Brindisi (838), Tárento (839) y Bari (811), desentendiéndose pronto de sus aliados. Venecia pudo impedir la entrada do los invasores por el Adriático, pero no que se hiciesen dueños del mar de Sicilia y del Tirreno. Unidades sarracenas alcanzaban con su razzias Spoleto, quemando y saqueando casas y campos a su paso. Roma se encontraba, pues, al alcance de los musulmanes. Gregorio ordenó construir en Ostia un bastión para evilar los desembarcos: fue llamado Gregorópolis.
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