Félix III, san (12 julio 526 - 22 septiembre 530)
En muchos textos en los que se reconoce legitimidad al antipapa Félix, figura con el ordinal IV. La muerte inesperada del papa Juan produjo una vacante de 58 días, pues los dos bandos imperantes en el clero, progodo y prooriental, se enfrentaron. Amalasunta (526-534) presionó a su padre Teodorico para que forzara la elección (un dato que recoge el Líber Pontificalis) y Félix pudo ser consagrado. Las relaciones con los godos mejoraron al producirse la muerte de Teodorico y asumir Amalasunta las funciones de regencia de su hijo Atalarico; se aprecian las consecuencias de dicha mejora en un incremento del poder que los pontífices venían ejerciendo sobre la ciudad de Roma; hay datos que revelan que aumentaron las propiedades, bienes y edificios, que obligaron a Félix III a incrementar el número de presbíteros para atender las nuevas necesidades.
La correspondencia de Félix III con Cesáreo de Arles revela una creciente preocupación por la mala formación de muchos presbíteros y por el retorno de algunos de éstos al estado laical. Para evitarlo, el papa recomendaba un examen riguroso de las condiciones de cada candidato. Como la necesidad de contar con el apoyo de los godos forzaba a suspender las medidas contra el arrianismo, Félix volcó sus esfuerzos en la lucha contra el pelagianismo. Por su encargo, Próspero de Aquitania recopiló textos de san Agustín hasta redactar un documento de 25 capítulos que definía la doctrina de la gracia. Dicho texto fue adoptado en el Concilio de Orange (julio del 529) y reveló ser eficaz.
Los mosaicos de San Cosme y San Damián, antiguo templo pagano, ahora convertido en iglesia cristiana, muestran el que parece ser el retrato de Félix; se trata en tal caso del primero de los pontífices cuya imagen ha llegado a nosotros. Son muchas las edificaciones y obras que se le atribuyen, reflejando una voluntad de sustituir la imagen de Roma pagana por otra, de una ciudad cristiana. En sus últimos días intentó introducir una nueva norma, designando a su archidiácono Bonifacio como sucesor y entregándole el pallium. El Senado no quiso admitirlo: de ningún modo la aristocracia romana estaba dispuesta a renunciar a hábitos electorales que consideraba como derecho. La muerte del papa abrió así un serio debate.
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