Eugenio III, san (15 febrero 1145 - 8 julio 1153)
El papa, fuera de Roma. El mismo día de la muerte de Lucio II los cardenales eligieron a Bernardo Pignatelli de Montemagno, abad del monasterio cisterciense de los Santos Vicente y Anastasio, en las afueras de Roma. La influencia de san Bernardo era la que le había movido, hacia 1130, a profesar en el mismo Claraval. Partidario de la construcción de una fuerte monarquía eclesiástica se mostró, naturalmente, enemigo de los proyectos de Arnaldo de Brescia. Cuando san Bernardo conoció su elección se asustó, pues se trataba de un monje —nunca abandonaría su hábito ni sus costumbres— y, sin embargo, iba a revelar una extraordinaria capacidad para desenvolverse en medio del mundo. Como rechazó la legalidad de la comuna constituida en Roma, fue a hacerse consagrar en Farfa. Luego fijó su residencia en Viterbo.
Desde aquí excomulgó a Giordano Pierleoni y a sus partidarios, estableciendo un estrecho bloqueo en torno a la ciudad hasta que la obligó a capitular. En las Navidades de ese mismo año, 1145, pudo ya entrar en Roma; Arnaldo de Brescia fue a postrarse a sus pies y se concertó un acuerdo mediante el cual el Senado, compuesto por 56 miembros, no entraría en funciones salvo con la autoridad del papa. Coincidió también en Roma por aquellas fechas Pedro Abelardo (1079-1142), para prestar obediencia a Eugenio y explicar sus dificultades. La popularidad de Pedro Abelardo no procedía de sus enseñanzas, en la colina de Santa Genoveva, sino de sus discursos contra la riqueza de los eclesiásticos. Por esta causa había sido denunciado ante el II Concilio de Letrán. Luis VII había interrumpido sus clases expulsándole y, por el camino de Zurich, fue a confirmar su fidelidad. Ni Arnaldo de Brescia ni Pedro Abelardo perseveraron en su sumisión arrastrados por su espíritu, en que la mística se mezclaba con la violencia; reclamaban una Iglesia pobre que viviera de los diezmos y de las limosnas. En 1146, cuando Eugenio III rechazó las propuestas de la comuna que pretendía nada menos que arrasar Tívoli, rebelde, Arnaldo condujo a Roma de nuevo a la insurrección, obligando al papa a instalarse en Viterbo (enero de 1146).
La cruzada. En aquella ciudad le encontró Hugo, obispo de Gabala (Djebelh), a quien enviaba Raimundo de Antioquía. Coincidió con una delegación de obispos de rito armenio, procedentes de Cilicia, que protestaban de la hostilidad de los bizantinos. Las noticias eran alarmantes: Edessa había sido tomada por los turcos, que ahora amenazaban los dominios de los cruzados. El cronista Otto de Freisingen transmite la noticia de que Hugo fue el primero en hablar al papa de la existencia del preste Juan de las Indias, descendiente de los Reyes Magos, y de una comunidad cristiana en el Lejano Oriente. Eugenio III renovó la bula de cruzada con grandes indulgencias (marzo de 1146), encargando a san Bernardo que la predicase. Lo hizo con enorme entusiasmo: en una asamblea reunida en Vézelay invitó a los caballeros a repetir la hazaña del 1096. Comenzaba de este modo la Segunda Cruzada. En 1147 el papa viajó a Francia para tomar parte también en los preparativos: había pedido a san Bernardo que no involucrara a Alemania en la empresa porque necesitaba de Conrado III para recuperar Roma y lograr la sumisión de Roger de Sicilia. Pero ya el sanio de Claraval había iniciado la predicación y Conrado había dicho que oslaba dispuesto a acudir en persona.
Nunca se había hecho un esfuerzo tan grande, ni nunca tampoco se causaría una decepción más profunda. Mientras Eugenio III se entrevistaba con Luis VII, el otro rey cruzado, en Dijon y en Saint Denis —el encuentro previsto con Conrado no llegó a realizarse— los caballeros ya estaban marchando en grandes grupos por los caminos de tierra. Otros fueron por mar. Llegados a su destino, alemanes y franceses se entendieron mal. Por otra parte, la reina de Francia, Leonor de Aquitania (1122-1204), que acompañaba a su marido, inti mó con Raimundo de Antioquía (1136-1149), y el matrimonio se rompió. Más tarde tal unión sería anulada por causa de parentesco, y Leonor, casándose con Enrique II, llegaría a ser reina de Inglaterra. Cruzando Asia Menor e intentando luego el ataque a Damasco, se perdió la mayor parte de los efectivos. Luis VII, al regresar, culpó a los bizantinos de este fracaso y dejó en el aire la idea de que sin un previo dominio del territorio bizantino la cruzada nunca con seguiría el éxito. Eugenio III se negó a tomar ni siquiera en consideración tales proyectos, pero fue una sugerencia que muchos no olvidaron. Dos efectos se derivaron de la Segunda Cruzada: un serio desprestigio del pontificado y un aumento en la disyunción entre Oriente y Occidente. Contrastaba el fracaso en el camino de Damasco con el éxito que uno de los grupos de guerreros en viaje proporcionó a Portugal con la conquista de Lisboa.
Falta el emperador. Eugenio intensificó los esfuerzos de reforma para elevar el nivel de la vida espiritual en clérigos y monjes. Importantes sínodos en París, Tréveris y Reims se ocuparon de estos temas y también de la revisión de las doctrinas que enseñaban los grandes maestros de la primera escolástica, como Gilberto de la Porée; la experiencia de confusiones que originaran las enseñanzas de Pedro Abelardo obligaba al papa a tomar precauciones. Pero no se trataba de reprimir, sino de estimular. Por encargo de Eugenio, Burgundio de Pisa traduce al latín los sermones de san Juan Crisóstomo y el Tratado de la fe ortodoxa de san Juan Damasceno. Las intervenciones en Francia e Inglaterra, donde sostuvo a Teobaldo de Canterbury frente al rey Esteban (1135-1154), y en Irlanda, donde la Iglesia quedó reorganizada en cuatro sedes metropolitanas, fueron muy notables.
Con un buen bagaje de realizaciones a sus espaldas, el antiguo monje decidió regresar a Italia. Apenas llegado a Cremona (15 de julio de 1148) pronunció la excomunión contra Arnaldo de Brescia. Con tropas sicilianas pudo entrar en Roma, pero el ambiente era tan hostil que juzgó preferible no permanecer en ella, retornando a su residencia de Viterbo. En los años siguientes sería cada vez más frecuente esa residencia de los papas fuera de Roma. La única esperanza de restaurar el orden estaba en la presencia del emperador: Eugenio hizo planes para traer a Conrado a Roma y coronarle. Pero había regresado éste tan maltrecho de la cruzada que murió el 15 de febrero del mismo año.
El Imperio. Aunque Federico I de Hohenstaufen (1152-1190), llamado Barbarroja, al comunicar su elección no solicitó la confirmación, Eugenio la otorgó; confiaba en obtener alguna clase de acuerdo que le permitiera establecerse sólidamente en Roma. También los rebeldes romanos estaban atentos a lo que sucedía en Alemania; bastó la noticia de que la Dieta de Würzburgo había acordado el viaje a Italia para que los romanos abrieran sus puertas al papa. Pero antes de que se produjera la coronación, Eugenio y Federico negociaron y concluyeron el importante tratado de Constanza (23 marzo 1153). En él se fijaban los respectivos ámbitos de soberanía y jurisdicción, utilizando términos del lenguaje feudal: honor Ecclesiae y honor Imperii, como ha destacado P. Rassow Honor Imperii, Darmstadt, 1961). Además, ambos se comprometieron a recíproca protección: el emperador no negociaría con romanos ni con normandos, ni haría concesiones sin consentimiento del papa, ni éste haría nada semejante con los que fuesen contrarios al Imperio. Eugenio III murió antes de que el convenio comenzara a surtir efecto.
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