Constantino (25 marzo 708 - 9 abril 715)
Probablemente se trata del subdiácono de este nombre que figura entre los legados en el Concilio de Constantinopla del 681; el Líber Pontificalis le describe como persona sensible y hábil. Sin embargo, su pontificado coincide con un endurecimiento de las circunstancias exteriores. El 709 consagró un nuevo arzobispo de Rávena, Félix, que inmediatamente se volvió en contra suya, reclamando otra vez la autocefalia: negó el juramento de obediencia y las demás señales de sumisión, provocando de este modo una ruptura. Pero tras sacarle los ojos, le envió al destierro. Regresaría el 712, tras la muerte del emperador y, hasta su muerte, mantendría la perfecta comunión con Roma.
Justiniano II, cuyas dificultades crecían, invitó a Constantino a viajar a la capital de Imperio y él aceptó: se trataba de negociar en torno a los cánones del concilio Quinisexto, a fin de traducirlos en fórmulas que fuesen igualmente aceptables para Oriente y Occidente. La estancia duró aproximadamente un año (710-711) y constituyó un gran éxito para Constantino, que se hizo acompañar por un gran séquito; en todas partes el papa era acogido con grandes muestras de afecto. El diácono Gregorio, futuro papa, se encargó de la negociación más difícil, desenvolviéndose con gran habilidad; se trataba de extraer del conjunto de las actas todo aquello que fuera aceptable para Occidente. Al final pudo decirse que el papa había aprobado, al menos verbalmente, los trabajos realizados en el Quinisexto y, cuando regresó a Roma, mostrar con claridad que en nada había cedido. El emperador, muy satisfecho, confirmó todos los privilegios que vinculaban a la ciudad con su pontífice. Fue un resultado importante: Constantino se presentaba como si se hallara en posesión de una autoridad subrogada. Roma era suya.
Pero el retorno a la ciudad, en donde hizo su entrada el 24 de octubre del 711, no fue placentero. Apenas unos meses antes (19 de julio) sucumbía el reino de los visigodos a orillas del Guadalete. Supo el papa que algunos altos oficiales romanos habían sido ejecutados por orden del exarca. Pero tiempo después llegó la noticia de que Justiniano II había muerto, asesinado por sus soldados (4 noviembre) que aclamaban en su lugar a Filipico Bardanes (711-712) que, además, era conocido monotelita. El usurpador remitió al papa una confesión de fe con la pretensión de que éste le aceptara. Constantino se negó. Y las calles de Roma eran ahora escenario de sangrientas luchas entre los que rechazaban a Bardanes y los soldados que trataban de imponer su reconocimiento. Constantino ordenó a sus clérigos que salieran en procesión, con cruces y libros sagrados, invitando a todos a deponer las armas. Afortunadamente para el papa murió pronto Filipico Bardanes y el nuevo emperador, Anastasio II (712-717), envió una confesión de fe plenamente ortodoxa.
Constantino rechazó una demanda de los obispos de Milán que pretendían que los obispos de Pavía fuesen consagrados por ellos como en la época anterior a la creación del reino lombardo.
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