Bonifacio II (22 septiembre 530 - 17 octubre 532)
La parte más antigua y menos fiable del Líber Pontiftcalis concluye con la muerte de Félix III: la obra será continuada por diversos autores. La designación previa de un sucesor obedecía probablemente al designio de conservar las buenas relaciones con Rávena en un momento en que, desencadenada la reconquista de África, aumentaba el número de probizantinos: aunque nacido en Roma, Bonifacio, hijo de Sigibuldo, era un germano. El Senado y la mayor parte del clero rechazaron esta designación y el mismo día 22 de septiembre procedieron a elegir a Dióscoro, el diácono alejandrino que tan importante papel desempeñara en la lucha contra el monofisismo; era, sin duda, el mejor candidato de los bizantinos. Pero murió el 14 de octubre, sin haber sido ordenado, y sus partidarios, desconcertados, reconocieron a Bonifacio.
Como la oposición había sido tan fuerte y el Senado formuló serias amenazas contra quienes aceptaran ser designados en vida de su antecesor, Bonifacio decidió convocar un sínodo (27 de diciembre del 530) exigiendo de los 60 clérigos que proclamaran a Dióscoro un juramento firmado de fidelidad; al mismo tiempo hizo condenar la memoria del difunto como de un antipapa. En sentido contrario, afirmado en el poder, Bonifacio trató de ganarse a sus clérigos con donativos y prebendas. Nada de esto significaba renunciar a su origen, ya que estaba convencido de la necesidad de poner la Sede Apostólica a resguardo de la creciente influencia de los senadores. Otro sínodo celebrado en Roma (531) aprobó un canon que le permitía designar candidato a su propia sucesión: este candidato sería el diácono Vigilio. Estalló entonces una oposición tan formidable que el papa se vio obligado a reconvocar el sínodo declarando nula la anterior constitución.
Su breve reinado obedece, sin embargo, a la misma línea de sus inmediatos antecesores: quería afirmar, ante todo, la primacía de la Sede Apostólica. Confirmó las actas del Concilio de Orange, celebrado antes de su elección, en un documento (25 enero del 531) que definía con carácter ecuménico la doctrina de la gracia. Cuando el patriarca de Constantinopla depuso al obispo de Larissa, un sínodo romano (532) le recordó que Grecia formaba parte del Iliricum y todo éste quedaba bajo la directa autoridad de Roma.
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