Benedicto XIV (17 julio 1740 - 3 mayo 1758)
Personalidad y carrera eclesiástica. Próspero Lambertini nació en Bolonia el 3 de marzo de 1675. Miembro de una antigua familia venida a menos, recibió una buena educación. A los trece años fue enviado a Roma para seguir su formación en el Colegio Clementino y luego pasó a la Sapienza para estudiar derecho y teología, consiguiendo el grado de doctor en ambas disciplinas (1694). Amante de las letras, Lambertini se convirtió en un prestigioso canonista y en un buen conocedor de la historia de la Iglesia y de la literatura humanista, sin olvidar las ciencias positivas y prácticas que la corriente ilustrada trataba de difundir.
Para abrirse camino en la carrera curial entró de pasante en el despacho del auditor de la Rota de Bolonia. En 1701 fue nombrado abogado consistorial y en 1708 promotor de la fe. En este oficio se especializó en los métodos y normas de la canonización de los santos, que más tarde expondría en su clásica obra De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione (Bolonia, 1734-1738), que fue muchas veces editada y constituye una monumental sistematización histórico-crítica de la praxis de la Congregación de Ritos. En 1712 Clemente XI le concedió un canonicato en San Pedro, al siguiente le nombró consultor del Santo Oficio y en 1720 secretario de la Congregación del Concilio. Obispo titular de Teodosia a partir de 1725, Benedicto XIII le nombró arzobispo de Ancona el 26 de enero de 1727 y, un año después, le concedió la púrpura cardenalicia (30 abril 1728); en mayo de 1731 Clemente XI le promovió a la sede arzobispal de su ciudad. En Bolonia preparó y dio a la imprenta algunas de sus principales obras: la ya citada De servorum y De synodo dioecesana libri tredecim (editada en Roma en 1748), que expresa la exigencia típica de la primera mitad del siglo xviii del relanzamiento de la tradición sinodal tridentina. Otros escritos, como la Raccolta (1733-1740) de las cartas pastorales y de los edictos para el gobierno de la diócesis, reflejan las nuevas preocupaciones pastorales de Lambertini en Bolonia, que en algunos aspectos quedaron reflejadas en sus dos tratados litúrgico-devocionales sobre las fiestas del Señor y de la Virgen, y de la misa.
El cardenal Lambertini tenía fama de buen canonista y estaba bien considerado en el colegio cardenalicio, pero en el cónclave que se inició el 19 de febrero de 1740 no aparecía entre los papables. Sólo después de seis meses de negociaciones se impuso su candidatura. A la muerte de Clemente XII (1740), siguió el cónclave más largo de los últimos siglos por las diferencias entre las distintas facciones. Los franceses estaban unidos con los austríacos; los españoles con los napolitanos, toscanos y sardos; Neri Corsini acaudillaba a los cardenales que había nombrado su tío Clemente XII, mientras que Aníbal Albani dirigía a los creados por Clemente XI. Además, se dibujaban dos corrientes en el cónclave: la de aquellos que deseaban un papa intransigente y firme en la defensa de los derechos de la Iglesia (los zelanti), y la de los que abogaban por un papa más conciliador. Los escrutinios se repitieron sin ningún resultado hasta mediados de agosto, en que se lanzó la candidatura de Lambertini, bien conocido por su preparación jurídica, por su espíritu conciliador y por la integridad de sus costumbres. Todas las corrientes se polarizaron en él, y en la mañana del 17 de agosto fue elegido papa por unanimidad, siendo así que en el escrutinio precedente no había tenido ni un solo voto. Tomó el nombre de Benedicto XIV, en recuerdo de Benedicto XIII que le había creado cardenal, y el 21 del mismo mes fue coronado con la tiara pontificia.
El nuevo papa tenía fama de sabio y estudioso, pero también de alegre conversador, ingenioso dicharachero, fácil a la ironía y aun al sarcasmo. Le gustaba seguir siempre una vía media, prudencial, tan lejos de los rígidos como de los extremadamente tolerantes. En una de sus encíclicas sobre el préstamo a interés, aconseja a moralistas y teólogos no confiar en su propia sabiduría, sino dudar de sí mismos, «absteniéndose de los extremos, que siempre son viciosos»; por tanto, ni sean demasiado severos ni demasiado indulgentes. Fue un ilustrado católico que estuvo en contra de los conservadores, que se negaban a cualquier innovación por miedo a la herejía, y defendió el progreso y aceptó los avances de la ciencia que fuesen compatibles con la fe. Por eso, procuró tener buenas relaciones con los hombres de letras y con los políticos. Espíritu tolerante, Benedicto XIV trató de insuflar nueva vitalidad a las instituciones eclesiásticas, recuperar posiciones perdidas y crear nuevas posibilidades de encuentro entre el catolicismo y la sociedad. La correspondencia epistolar que mantuvo con el cardenal Tencin (Lettere di Benedetto XIV, Roma, 1984) es una de las fuentes más importante para conocer la psicología del pontífice y muchos momentos de su pontificado.
La política conciliadora. Para llevar a cabo su programa de renovación, Benedicto XIV supo burlar con gran habilidad las resistencias del sacro colegio y de algunos cardenales influyentes, y también la sorda oposición de las congregaciones. Además, se rodeó de excelentes colaboradores, como el secretario de Estado Silvio Valenti Gonzaga y el prodatario Aldobrandi, entre otros, que fueron los artífices de la política concordataria que, en opinión de Bertone (// governo della Chiesa nel pensiero di Benedetto XIV, Roma, 1977), representa desde el punto de vista político uno de los aspectos más sobresalientes del pontificado de Benedicto XIV.
En los años anteriores se habían firmado ya algunos concordatos con Estados italianos y europeos (con el reino de Cerdeña en 1727, con Portugal el 1736 y con España en 1737), pero el primero había sido denunciado por Roma (1731) y los otros no habían afrontado todos los problemas pendientes. La política concordataria de Benedicto XIV tuvo un matiz nuevo, porque dio preeminencia a los aspectos religiosos frente a los intereses eclesiásticoinstitucionales, tuvo en cuenta el proceso histórico que se estaba abriendo en la sociedad europea y pretendió hacer salir a la Iglesia de un aislamiento estéril y peligroso. Con estos presupuestos, consiguió firmar con bastante rapidez un nuevo acuerdo con el reino de Cerdeña (5 enero 1741), gracias a la intervención del papa ante el monarca y su ministro marqués de Ormea. Más difíciles resultaron las negociaciones con el reino de Nápoles por las rígidas posiciones jurisdiccionalistas napolitanas, pero las concesiones y el interés del papa hicieron posible la firma del concordato en el mismo año (2 junio 1741). Roma hacía importantes concesiones acerca de la inmunidad personal, real y local, y se creaba un tribunal mixto de eclesiásticos y seglares, que autorizaba a los laicos para ejercer la jurisdicción eclesiástica. En 1745 se ratificó el anterior concordato firmado con Portugal, añadiendo nuevas concesiones en materia beneficial. Mayor trascendencia que los anteriores convenios tuvo el concordato que se concluyó con España en 1753 por las consecuencias que acarreó a las finanzas pontificias. Las negociaciones, que se prolongaron durante trece años, llegaron a buen puerto por el deseo de Benedicto XIV de zanjar tantas disputas amargas con la corte española. El 11 de febrero de 1753 se firmó el acuerdo y nueve días después se publicó el documento definitivo (A. Mercati, Raccolta dei concordati, I, pp. 422-37), cuidado personalmente por el papa, que se encargó de ratificarlo por bulas y breves posteriores para cortar aplicaciones e interpretaciones torcidas por el nuncio y por la curia. El acuerdo concedía al monarca el derecho de presentación de todos los beneficios seculares y regulares, a excepción de 52 beneficios no consistoriales que se reservaba la Santa Sede. Sánchez Lamadrid (El concordato español de 1753, Jerez de la Frontera, 1937) afirma que el número de beneficios que pasaron a la libre disposición del rey superaba los 50.000. Quedaban abolidos también los espolios, las pensiones sobre los frutos de los beneficios y las vacantes. España indemnizó a la curia romana por los derechos y emolumentos que perdía con 1.143.333 escudos romanos, sin contar los 95.000 con que recompensó al cardenal Valenti, los 36.000 para el papa y los 13,000 para el prodatario. El último concordato estipulado por Benedicto XIV fue con la Lombardía austríaca (1757), y con él se hizo una regulación de la tasación de los beneficios eclesiásticos en función del Catastro de María Teresa.
La política conciliadora que Benedicto XIV quiso mantener con los Estados y sus soberanos no siempre fue posible por los problemas de política internacional. En la guerra de Sucesión austríaca (1740-1748) que siguió a la muerte del emperador Carlos VI, la política pontificia se mostró vacilante y contradictoria, subordinada al juego político-diplomático de las potencias, en función del papel secundario y pasivo que el papado había asumido en el esquema político europeo después de Westfalia. Benedicto XIV cometió un primer error, por lo menos de tiempo, al apresurarse a reconocer el derecho hereditario de María Teresa al trono imperial (1740), a pesar de la oposición francesa y española, y los consejos del secretario de Estado. Poco después, ante la marcha de los acontecimientos y con el deseo de un rápido fin del conflicto, aceptó la nueva situación de hecho y reconoció la elección imperial de Carlos Alberto de Baviera (1742), que disputaba el derecho a María Teresa. A pesar de la neutralidad del Estado pontificio, su territorio fue violado una y otra vez por los austríacos y españoles, y las llamadas de Benedicto XIV a la paz no se escucharon por la dura reacción de María Teresa ante la «traición» del papa. Improvisadamente, la difícil situación se desbloqueó con la muerte de Carlos VII (1745). El papa pudo asumir una neutralidad más convincente, aunque mostrándose cada vez más cercano a Austria, reconociendo formalmente a Francisco de Lorena, esposo de María Teresa, como nuevo emperador el 25 de noviembre de 1746. Las relaciones con Viena fueron normalizándose lentamente, y en 1751 Benedicto XIV, después de largas negociaciones, se prestó a suprimir el milenario patriarcado de Aquileia y crear dos arzobispados en Goricia y Udine, para solucionar la difícil situación pastoral del territorio, dividido entre la jurisdicción austríaca y la veneciana. La solución, querida por Viena, acentuó el tradicional anticurialismo veneciano, pero produjo un acercamiento entre Benedicto XIV y los Habsburgo-Lorena. El concordato de 1757 con la Lombardía, antes mencionado, concluyó esta etapa filoaustríaca de la política del papa Lambertini.
La guerra de Sucesión austríaca creó nuevos problemas a la política pontificia en Alemania con la ocupación de la católica Silesia por Federico II (1740-1786) y su incorporación al reino de Prusia, pues Federico II trató de integrar inmediatamente (1742) la jurisdicción eclesiástica católica dentro de la estructura jurídica y administrativa estatal. Las negociaciones para solucionar el problema dieron ocasión a un hecho absolutamente nuevo en la historia de las relaciones entre el papado y los príncipes protestantes. Por primera vez, desde la Reforma, representantes de un soberano protestante condujeron las negociaciones directamente con Roma. Los negociadores prepararon el terreno para establecer un modus vivendi dentro del marco político-eclesiástico que se había creado en Alemania después de Westfalia; luego, el pragmatismo de Federico II y la flexibilidad de Benedicto XIV hicieron posible el acuerdo general de 1748 sobre la legislación matrimonial y la materia beneficial.
El realismo político de Benedicto XIV y su capacidad negociadora consagraron en toda Europa la fama de un pontífice sabio y tolerante. Una fama que también se difundió en la Inglaterra anglicana, radicalmente antipapista, y entre los ilustrados europeos. En 1745 Voltaire (1694-1778) le dedicó su tragedia Mahomet ou le fanatisme y Benedicto XIV le respondió, presionado por los cardenales Passionei y Quirini que mantenían correspondencia con Voltaire, acusando recibo de «la bellísima tragedia que hemos leído con sumo placer». Pero el breve idilio con la Ilustración se rompió al poco de nacer; era demasiado grande la distancia entre la mentalidad abierta del papa y la ideología de la nueva cultura. Benedicto XIV confirmó la condena de la masonería con la bula Providas romanorum (18 marzo 1751), renovando la que había hecho Clemente XII en 1738, e incluyó en el índice de libros prohibidos, después de largas discusiones, el Esprit des lois de Montesquieu (1752). La publicación de la Enciclopedia, iniciada en 1751, muestra de forma simbólica la conducta de la Iglesia en su relación con el mundo ilustrado. Cuando la obra se puso en marcha, encontramos entre sus suscriptores a personas de probada ortodoxia, como Bernabé Chiaramonti, futuro Pío VII, y entre sus colaboradores hay algunos eclesiásticos. Hasta 1759 la obra lleva el nihil obstat de la Sorbona, lo que indica que durante mucho tiempo no hubo hostilidad abierta. Después el clima cambió y comenzaron los primeros recelos. En 1758 murió Benedicto XIV y en el pontificado de Clemente XIII antes de que quedase concluida la obra fue puesta en el índice. La ruptura total se había producido. La celebrada tolerancia de Benedicto XIV tenía unos límites muy precisos, que algunos historiadores quisieron olvidar al contraponer su figura a la de sus inmediatos sucesores.
La vida interna de la Iglesia. Ante el matiz anticatólico que el movimiento ilustrado iba mostrando en algunos países, el papa pidió que se hiciera un frente compacto entre los católicos, desterrando las polémicas entre las distintas escuelas teológicas y las divisiones que debilitaban al mundo católico. «Sería ya tiempo —dice a Tencin— de que terminen estas disputas y que los teólogos católicos escribiesen contra los materialistas, los ateos y los deístas, que amenazan los fundamentos de nuestra santa religión.» Benedicto XIV siempre trató de que las discusiones doctrinales se desarrollasen en un clima de libertad; pero la tolerancia del papa no pudo impedir que las polémicas, sobre todo entre dominicos y jesuítas, alcanzasen momentos durísimos. La actitud moderada y conciliadora de Benedicto XIV para atraer a los jansenistas, a fin de que aceptasen la bula Unigénitas de Clemente XI, sirvió para que le tacharan de simpatizante de los jansenistas, contribuyendo al reforzamiento de la corriente filojansenista o antijesuítica, no identificada necesariamente con las posiciones jansenistas en el campo teológico, que se desarrolló en Italia y posteriormente en España (E. Appolis, Entre jansénistes et zelanti, París, 1960). El movimiento jansenista italiano perdió o atenuó su carácter dogmático y acentuó la tendencia práctica, antijesuítica y anticurial, que acudió muchas veces a la ayuda de las autoridades civiles para reformar los abusos practicados por la curia o por ella tolerados: excesivo número de eclesiásticos, riqueza de la Iglesia, prácticas externas cercanas a la superstición, proliferación de cofradías y reliquias, etc. Los centros más importantes del movimiento fueron Pavía (donde enseñó largo tiempo Tamburini), Roma (donde no faltaban prelados de la curia imbuidos de espíritu antirromano y hasta cardenales, como Passionei, prefecto de la Congregación del índice) y Nápoles, donde el jansenismo adoptó un matiz jurisdiccionalista.
Benedicto XIV no simpatizaba con los jesuítas, a excepción de algunos verdaderamente doctos, como el humanista Azevedo y el científico Boscowich (1711-1787), pero tampoco era hostil. Ponderó la ingente labor de los bolandistas en su Acta Sanctorum y los alentó a llevar adelante la monumental obra. Y lo que parece más extraño en un papa «tolerante» es que no entendiera la conducta de los misioneros jesuítas y condenase los ritos chinos por la bula Ex quo singulari (11 julio 1742) y los malabares por la Omnium sollicitudinum (12 septiembre 1744), dejándose impresionar por los rumores que esparcían algunos religiosos que venían de Oriente contra los jesuitas. Una de las medidas que más daño hizo a los jesuitas fue la que tomó Benedicto XIV poco antes de morir, al encomendar al cardenal Saldanha, arzobispo de Lisboa, la visita y examen de los jesuitas portugueses (1 abril 1758), cediendo a las presiones del ministro Pombal.
Preocupado porque la censura de libros fuera más racional y justa, reformó la congregación con la constitución Sollicita ac provida de 9 de julio de 1753, estableciendo el nuevo procedimiento que se debía seguir en la elaboración del Index, admitiendo la defensa del autor de la obra sometida al examen del índice. El 23 de diciembre de 1757 se publicó, siguiendo en la misma línea, la nueva edición del índice de libros prohibidos, que estará en vigor hasta el pontificado de León XIII, y en el que ya no se incluyeron los escritos en defensa del sistema copernicano y, por tanto, los de Galileo, en base a los nuevos estudios físico-astronómicos y por la intervención del jesuita Boscowich.
Como pastor de la Iglesia exhortó a los obispos a la visita pastoral de la diócesis, la vista ad limina y la vigilancia del clero, a fin de que los sacerdotes edificasen al pueblo con la pureza de costumbres. Confirmó las congregaciones religiosas de los pasionistas de san Pablo de la Cruz (1694-1773) y de los redentoristas de san Alfonso María de Ligorio (1696-1787). En 1642 Urbano VIII había reducido las fiestas de precepto a 36, además de los domingos, pero en el siglo de las luces parecían excesivas, y el Concilio de Tarragona de 1727 pidió a Roma la reducción de su número, que es lo que hizo Benedicto XIV en 1742. El extraordinario conocimiento que tenía del derecho canónico le capacitó para desplegar una increíble actividad legislativa, cuya huella puede seguirse en los cuatro tomos del Bullarium romanum.
Como soberano «ilustrado» del Estado pontificio se preocupó del bien de sus súbditos y de la promoción de la cultura y de las artes. La mejora de la gravísima situación financiera del Estado pontificio era necesaria para llevar a cabo reformas en el plano económico y administrativo. Con la ayuda de Valenti y Aldobrandi preparó una serie de medidas para reducir el déficit, que había crecido de forma alarmante con Clemente XII, y con la constitución Apostolícele Sedis aerarium (18 abril 1746) estableció un método unitario de administración, ordenando el registro de las entradas y salidas de la Cámara apostólica, la formación de balances anuales y el rendimiento de cuentas. Esta línea desembocó en el motu proprio del 29 de junio de 1748, que liberalizó no sólo el comercio interior de granos, sino también el comercio interno en general. Como colofón de estos intentos de reforma, el 1 de octubre de 1753 aparecieron dos constituciones: con la Super bono regimene communitatum estableció una Congregación que debía afrontar los problemas del comercio interior y exterior y preocuparse del desarrollo de la agricultura y de la industria; y con la Ad coercendum delinquentium flagiíia estableció un plano de reforma del procedimiento penal. Con estas medidas Benedicto XIV intentó corregir los abusos y las disfunciones existentes en el sistema administrativo y financiero, pero sin cambiar las estructuras económico-sociales del Estado pontificio.
Benedicto XIV dio un extraordinario impulso a la cultura y a las artes. Promovió la cultura con la creación de cuatro academias en Roma (arqueología, historia de la Iglesia, historia de los concilios y liturgia) y favoreció a sabios, como Muratori, padre de la historiografía italiana; a Orsi, historiador de la Iglesia; Mamachi, arqueólogo, etc. Esta política permitió el florecimiento de los estudios en la arqueología clásica, influenciados por Winckelmann, y en la cristiana, con un renovado interés por la catacumbas y por la Iglesia primitiva. En este clima la Biblioteca Vaticana experimentó un gran desarrollo, con la adquisición de la biblioteca del marqués Capponi y, sobre todo, de la rica Ottoboniana (1748); a la vez, se inició la descripción de los manuscritos vaticanos y se publicaron los primeros catálogos de los manuscritos orientales. Llevó a cabo una reforma de la Universidad de Roma y se preocupó por engrandecer la de Bolonia, impulsando los estudios de anatomía y creando una cátedra de cirugía. Benedicto XIV también se preocupó de la restauración de edificios antiguos, como el Coliseo o el Pantheon, o religiosos, como Santa María la Mayor, Santa María de los Ángeles, etc.
Murió Benedicto XIV el 3 de mayo de 1758, cuando contaba 83 años de edad, y fue sepultado en la basílica de San Pedro. La historiografía no se pone de acuerdo a la hora de emitir un juicio sobre el papa más importante del siglo xviii. La corriente que confluye en Pastor (Historia de los papas, XXXV, pp. 528-29) presenta un balance negativo de la obra de Benedicto XIV por su política conciliadora y haber cedido ante las presiones de los Estados; en cambio, la imagen de un papa ilustrado y tolerante, que tiene su origen en los círculos jansenistas, tendrá éxito entre la historiografía protestante y en la liberal. El ansia de reforma religiosa de Benedicto XIV viene así ligada al pontificado de Gregorio XIV y contrapuesta a los pontificados «políticos» y «jesuíticos» de Clemente XIII y Pío VI.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.