Benedicto IV (mayo-junio 900 - agosto 903)
Hijo de Mammolo, y miembro de la aristocracia romana, fue elegido en una lecha incierta del año 900. Habiendo presidido un sínodo, Benedicto parecía la persona más indicada desde el punto de vista de los clérigos formosianos. Aunque el panorama que Roma y sus inmediaciones ofrecía, con un recrudecimiento de la violencia y del bandidaje, era desolador, el nuevo papa continuó la línea que marcaban sus antecesores de mantenimiento de la autoridad primada. En el sínodo de Letrán del 31 de agosto del 900, se tomaron decisiones como la confirmación de Argrino como obispo de Langres, reiterándose la concesión del pallium que ya le otorgara Formoso; se ratificó el derecho de Esteban, obispo de Sorrento, a ejercer como metropolitano de Nápoles; y algunas otras. Personalmente intentó ayudar con sus cartas al obispo de Amasia, Maclaceno, expulsado de su sede por los musulmanes.
Benedicto concedía especial importancia a la situación de Italia. Seguía conservándose firme la conciencia de que la sede romana necesitaba la presencia de un emperador, cuya autoridad representaba el orden y la justicia en los asuntos temporales. La muerte de Lamberto había dejado vacante el trono y Berenguer de Friul se había apresurado a reclamar para sí la corona de Italia. Había muchas razones para que no resultara un candidato aceptable, especialmente porque el año 899 había sufrido una seria derrota a manos de los magyares. Se dibujaba, pues, un nuevo peligro de invasión desde el norte —viejo camino que usaran godos y lombardos— sobre la península. El papa optó por un carlovingio, Luis de Provenza, nieto de Luis II, y le coronó emperador en Roma en febrero del 901. Pero Luis cayó prisionero en manos de Berenguer, que ordenó sacarle los ojos y le devolvió así a Provenza (agosto del 902).
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