Alejandro VII (7 abril 1655 - 22 mayo 1667)
Personalidad y carrera eclesiástica. Fabio Chigi nació en Siena el 13 de febrero de 1599. Miembro de una familia aristocrática de Siena, estudió en la misma ciudad teología y derecho con gran brillantez. En 1622 se trasladó a Roma y comenzó su carrera curial: refrendatario de las Signaturas de gracia y justicia (1629) y vicelegado en Ferrara por espacio de cinco años, obispo de Nardo en el reino de Nápoles (1635), aunque no residió nunca, e inquisidor y delegado apostólico en Malta. En 1639 pasó a desempeñar el prestigioso cargo de nuncio en Colonia, siendo nombrado representante pontificio en el Congreso de Münster para tratar la paz de Westfalia (1648). En las difíciles negociaciones diplomáticas, Chigi, presionado por las instrucciones recibidas de Roma, que le ordenaban defender de forma intransigente los intereses católicos, por los políticos católicos imperiales, inclinados a hacer mayores concesiones a los protestantes, y por las exigencias francesas, no pudo hacer otra cosa que asistir impotente a la firma de la «infame» paz de Westfalia (1648), como él mismo la llamó, que consagró a los ojos de la curia romana la escisión religiosa y la enajenación de los bienes eclesiásticos. De vuelta a Roma, fue creado cardenal por Inocencio X, promovido al episcopado de Imola y, en 1651, por sugerencia del cardenal Spada, le encargó de la Secretaría de Estado.
A la muerte de Inocencio X (1655), el candidato con mayor prestigio era el cardenal Saccheti, pero como ya ocurriera en 1644 chocó con la hostilidad del partido español. El cónclave, que se prolongó cuatro meses, después de múltiples negociaciones eligió papa a Fabio Chigi el 7 de abril de 1655. Escogió el nombre de Alejandro VII, en recuerdo de su paisano Alejandro III; fue coronado el 18 de abril y tomó posesión de San Juan de Letrán el 19 de mayo.
El gobierno de la Iglesia y las relaciones políticas. Diplomático y hombre de curia, Alejandro VII no quiso concentrar todo el poder. En ausencia de un nepotismo tan fuerte como el de sus antecesores, tomaba las decisiones después de discutir los problemas y pedir consejo. Bajo su pontificado se revitalizó la actividad de las congregaciones romanas: la de Estado, de la que se encargó el cardenal Rospigliosi, futuro Clemente IX; la de la Inmunidad, dirigida por el datario cardenal Corrado, o la del índice, que en 1664 publicó una edición actualizada del índice de libros prohibidos. Gran influencia ejercieron en Alejandro VII algunos consejeros de su confianza, como el cisterciense Bona y el jesuita Sforza Pallavicino, a los que concedió la púrpura cardenalicia, pues no sólo marcaron su espiritualidad ascética, sino que también le inclinaron a tomar algunas decisiones religiosas.
Alejandro VII también llevó a cabo una reorganización más racional de los oficios curiales. Reformó la Cancillería y reguló a través de una normativa el acceso a la carrera prelaticia, a la que modernizó, allanando el camino para la supresión de la venalidad de los cargos, que realizaría Inocencio XII en 1694. Menos palpables fueron los resultados en el sector financiero, a pesar de los esfuerzos de Alejandro VII por reducir la deuda pública que había alcanzado niveles peligrosos después de la guerra de los Treinta Años y la política dispendiosa del pontificado de Urbano VIII.
El esfuerzo de Alejandro VII por sostener y unir a las potencias católicas contra el peligro turco, que amenazaba Creta y Hungría, fue contrarrestado sistemáticamente por la política francesa. No obstante, el papa concedió subsidios económicos a Venecia en guerra contra los turcos por la posesión de Creta, y al emperador Leopoldo de Austria (1657-1705) para frenar el avance otomano en Hungría y Transilvania. Si las relaciones con Francia no fueron fáciles en ningún momento del pontificado, se agravaron con la muerte de Mazarino (1661) y el inicio del gobierno personal de Luis XIV (1643-1715). Un incidente de la guardia corsa del papa con el personal de la embajada francesa (1662) será aprovechado por el monarca francés para humillar al papa. El nuncio fue expulsado de París, se ocupó el condado de Avignon y se hicieron los preparativos para una campaña contra el Estado pontificio. La paz de Pisa de 1664 puso fin al conflicto, pero el papa tuvo que plegarse a los dictados del joven monarca francés. Este enfrentamiento fue otra consecuencia de la debilidad política del papado después de Westfalia y el cambio de fuerzas que se había producido en Europa.
Los problemas doctrinales: jansenismo, probabilismo y los ritos chinos. En una dimensión más religiosa el papa tuvo que hacer frente al problema del jansenismo que, después de la bula Cum ocasione (1653), se mostraba muy combativo. Ante la condena pontificia de la cinco tesis del Agustinas, Antonio Arnauld presentó la distinción entre la questio iuris y la questio facti, alegando que aun cuando las cinco proposiciones condenadas fuesen heréticas questio inris), habría que demostrar que tales proposiciones se hallaban realmente en el libro de Jansenio questio facti), pues la Iglesia es infalible en cuanto a la fe, pero no en la apreciación de un hecho. Es decir, la Iglesia puede condenar únicamente doctrinas en abstracto, pero no puede juzgar infaliblemente sobre la doctrina concreta de un individuo. En el primer caso el fiel está obligado a aceptar la decisión de la Iglesia incluso internamente, pero en el segundo no tiene más obligación que la de guardar un «silencio obsequioso», no enseñando públicamente doctrinas contrarias. A fin de eliminar cualquier equívoco, Alejandro VII, en octubre de 1656, declaró por medio de la bula Ad sanctam Petri sedem que efectivamente las cinco proposiciones estaban contenidas en el Agustinus y que habían sido condenadas en el sentido que las entendía el autor. La publicación en 1665 de una nueva bula, la Regiminis Apostolici, y la orden de firmar un formulario de aceptación de la condena, suscitó en Francia la más tenaz resistencia de algunos grupos jansenistas, entre los que se contaban ciertos obispos y las monjas de Port-Royal.
Contra los excesos del probabilismo en teología moral, denunciado entre otros por Pascal (1623-1662) en sus Cartas provinciales, dentro de la tendencia rigorista que el jansenismo defendía, Alejandro VII no quiso hacer una condena general del probabilismo y se limitó a condenar dos grupos de proposiciones laxistas, que luego serían ampliadas por Inocencio XI y que fueron fundamentales para la elaboración de la moral católica en en siglo siguiente.
La actividad misionera conoció un gran desarrollo durante el pontificado de Alejandro VIL En 1656 el Santo Oficio declaró lícitos los «ritos chinos» (las manifestaciones de homenaje tributadas a Confucio y a los antepasados difuntos), que habían sido condenados por De Propaganda Fide en 1645, y que admitían los jesuítas en su pastoral misionera y eran practicados por los cristianos de China como expresión de un culto civil y político, no religioso. En 1659, De Propaganda Fide estableció tres vicariatos apostólicos en los territorios comprendidos entre la India y China, en un intento por romper el monopolio que Portugal defendía como patronato de la corona.
Durante el pontificado de Alejandro VII tuvo lugar la conversión de la reina Cristina de Succia (1632-1654). Renunció al trono sueco y el 2 de noviembre de 1655, en su camino hacia Roma, pronunció en Innsbruck su confesión católica. Alejandro VII le preparó un pomposo recibimiento y ordenó a Bernini que diese al interior de la Porta del Popolo la forma que hoy tiene. Cristina de Suecia fijó su residencia en Roma y se estableció en el palacio Corsini.
El mecenazgo de Alejandro VII se plasmó en el campo arquitectónico, urbanístico y bibliográfico. Encargó a Bernini la construcción de la columnata de la plaza de San Pedro, la Escala regia del Vaticano, amplió el palacio del Quirinal y reestructuró las plazas del Panteón y de la Minerva. Dedicó especial atención a la Universidad romana de la Sapienza y a la Biblioteca Vaticana. Como amante de las letras y protector de la cultura, reunió en Roma a sabios y eruditos, como Allaci, Bona, Holsten o Pallavicino.
Alejandro VII murió en Roma el 22 de mayo de 1667, a los 69 años de edad, y fue sepultado en el suntuoso mausoleo que Bernini le había construido en la basílica de San Pedro.
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