Adriano I (1 febrero 772 - 25 diciembre 775)
Sumisión del reino lombardo. En contra de los preceptos del sínodo, el pueblo de Roma tomó parte en la elección de Adriano, diácono al servicio de Esteban III, y sobrino de cierto Teodoto con quien se había educado a causa de su prematura orfandad. Los acuerdos que Esteban concertara poco antes con Desiderio, entregaban a su chambelán, Paulo Afiarta, plenos poderes en Roma. Adriano hubo de comenzar por desembarazarse de él, rehabilitando primero a las víctimas del complot del 771, enviando luego al propio Afiarta ante Desiderio para reclamar las fortalezas que prometiera a Esteban devolver y que aún retenía, y haciéndole finalmente arrestar. Sabemos que el chambelán moriría por orden del metropolitano de Rávena, León.
Desiderio reclamó del papa la consagración de los hijos de Carlomán para crear enemigos a Carlos. Sin esperar la respuesta invadió el exarcado, poniendo cerco a Rávena. Sin medios suficientes de defensa, Adriano envió sus legados a Carlos; le encontraron en Thionville, cuando regresaba de la primera campaña de Sajonia (febrero o marzo del 773). El rey de los francos comenzó despachando una embajada a Pavía y Roma, para informarse de la situación y, repetidas veces, propuso a Desiderio una paz, ofreciéndose incluso a indemnizarle por las fortalezas que debía entregar. Actuaba no como un aliado, sino como verdadero «patricio de los romanos». Sus propuestas fueron rechazadas. Entonces llegó a la decisión extrema: suprimir el reino lombardo y liquidar de este modo el problema. Frente a los francos se produjo el derrumbamiento de la resistencia militar lombarda, de modo que en septiembre del 773 permanecían fieles a Desiderio únicamente Pavía, estrechamente cercada, y Benevento, donde gobernaba su yerno Arichis. Muchos de los nobles lombardos fugitivos se acogerían en Roma a la protección del papa.
Mientras duraba el cerco de Pavía, en marzo Carlos hizo una peregrinación a Roma, a fin de asistir a la Pascua, y fue recibido con extraordinarios honores. No quiso, sin embargo, ser alojado en el Palatino, residencia de los exarcas, sino en una zona inmediata a San Pedro, como hacían los peregrinos. Asistió a los oficios solemnes y luego negoció, con Adriano, el reconocimiento de un dominio que abarcaba el ducado de Roma, la isla de Córcega, el antiguo exarcado de Rávena, las provincias de Venecia e Istria y los ducados de Spoleto y Benevento. Más de la tercera parte de Italia, según este acuerdo, debía constituir ahora el Patrimonium Petri. De esta donación o reconocimiento se redactaron tres ejemplares: dos fueron ceremoniosamente depositados en la tumba de Pedro y el tercero viajó con el rey. A partir de este momento la cancillería pontifica dejó de datar los documentos por años del emperador de Constantinopla, cuya efigie desapareció también de las monedas: la plena soberanía era asumida por el papa. Por su parte, Carlos, que el 7 de junio del 734 entraba en Pavía enviando a Desiderio y a sus hijos a un monasterio, cambiaba su título inicial para asumir el de «rey de los francos y de los lombardos y patricio romano». Esto le convertía en protector de la Iglesia. Probablemente entendía que dicha condición le otorgaba poderes y facultades de gobierno sobre Roma. Retenía, por tanto, cierta autoridad sobre los dominios que prometiera entregar.
Por lo demás, esta promesa fue deliberadamente retrasada: se restituyeron en seguida las fortalezas que prometiera Desiderio, pero no las otras. El año 775 se produjo una revuelta en Italia, a cargo de nobles lombardos agrupados en torno al duque de Benevento que asumía el título de príncipe y que contaba con el apoyo bizantino. La muerte de Constantino V privó a los rebeldes de dicho apoyo, pero el movimiento fue tan fuerte que obligó a Carlos a regresar a Italia, donde permaneció desde diciembre del 775 hasta julio del 776. En esta oportunidad no viajó a Roma: estaba entregado a la tarea de hacer «franca» a la antigua Lombardía. Inútilmente insistió Adriano en sus reclamaciones. El rey estaba alentando las tendencias de León de Rávena hacia la autocefalia.
Es precisamente entonces, el año 778, cuando encontramos la primera mención de la «Donación de Constantino» como si se tratara de una fuente de derecho. Este supuesto, cuya falsedad no quedaría oficialmente establecida hasta mediados del siglo xv, cuando Nicolás de Cusa y otros humanistas aportaron pruebas incontrovertibles, permitía a Adriano sostener que Constantino, además de reconocer la superioridad de Roma sobre todos los patriarcados y obispados del orbe, diera a san Pedro «la ciudad de Roma y todas las provincias, las localidades y las ciudades tanto de Italia entera como de todas las regiones occidentales». Los falsificadores del documento, cuyo nombre oficial fue Constitutum Constantini, trataban de demostrar que el papa reclamaba mucho menos de aquello a lo que tenía derecho.
Hasta el año 781 no se produciría un nuevo viaje de Carlomagno a Roma y, en consecuencia, la negociación que el papa reclamaba sobre los espinosos asuntos territoriales. En esta visita, en que Adriano bautizó y consagró a Carlomán (ahora llamado Pipino) y Luis, hijos de Carlos, como reyes de Italia y de Aquitania respectivamente, se puso mucho empeño en destacar el grado de buena relación existente entre el papa y el monarca en un momento en que, por muerte de Constantino V, las relaciones con Bizancio mejoraban. La emperatriz Irene (797-802), regente en nombre de su hijo León IV (775-780), buscaba el acercamiento y promovía un nuevo patriarca de Constantinopla, Tarasio, ajeno a la iconoclastia. Adriano prestó todo su apoyo a la reforma de la Iglesia que Carlos promovía en sus dominios y respaldó la política de éste incluso en sus dimensiones temporales. Sin embargo, las nuevas negociaciones, durante las cuales se puso de manifiesto de qué modo Carlos consideraba su título de patricio como una especie de soberanía temporal, condujeron a una definición del espacio asignado al Patrimonium Petri mucho menor del que se había prometido el 774.
La propuesta de Irene. El año 785 Tarasio e Irene se pusieron en contaclo con Adriano; aunque éste tenía ciertas reservas que oponer, pues no le eran devueltas las fincas confiscadas ni se le restituía la jurisdicción sobre el Illiricum, aceptó la apertura y envió a sus delegados, un monje y un arcipreste, ambos del mismo nombre, Pedro, al concilio que se celebró en Nicea (septiembre del 787), haciéndoles portadores de una profesión de fe que fue aplaudida. Así se restableció la unión y se proclamó la legitimidad del culto a las imágenes. Los legados trajeron a Roma las actas conciliares, que Adriano confirmó ordenando se tradujesen al latín. La traducción estaba llena de tantas imperfecciones que sería fuente después de dudas y de pequeños conflictos. No obstante estas buenas relaciones, Adriano advirtió que podría llegar de nuevo a la excomunión de Irene y Tarasio si los antiguos dominios y jurisdicción no le eran restituidos. Uno de los errores en la mencionada traducción consistía en ordenar una «adoración» de las imágenes. Este término fue rechazado en el Concilio de Frankfurt del 794, convocado por Carlomagno, en el que se condenaron, a la vez, la iconoclastia y el adopcionismo surgido en España.
Adriano ha sido considerado como el segundo fundador de los Estados Pontificios, con una extensión mucho más amplia que la prevista en Quierzy-sur-Oise, aunque no tanto como se soñara en el primer momento. Emprendió obras muy importantes en Roma: refuerzo de las murallas, diques contra las avenidas, cuatro acueductos (con objeto de colocarla a la altura de esta nueva posición), pero sobre todo creó un inteligente sistema de granjas para asegurar la alimentación de los indigentes y eliminar así un problema que había llegado a hacerse grave: las diaconae y las domus cuitae. Cuando murió, Carlomagno comentó que era como si hubiera perdido un hermano o un hijo, y remitió una lápida, que aún se conserva, con versos que demostraban este afecto.
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