BAUTISMO
En griego, esta palabra quiere decir zambullida, inmersión. En lenguaje simbólico, la persona puede estar inmersa en el sufrimiento (Mc 10, 38; Lc 12, 50): La zambullida en el agua es símbolo de una persona nueva.
Entre los judíos, como en otros pueblos, se practicaban baños que simbolizaban esta purificación.
Juan Bautista añade un elemento nuevo: exige conversión (Lc 3, 3-14). Aún cuando Jesús no necesitaba de conversión. El pide el bautismo de Juan, en humilde solidaridad con los pecadores, que somos todos nosotros. Después de la Resurrección, Cristo ordena a la Iglesia que bautice en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, estableciendo, de esta manera, una relación muy especial con las Tres Personas (Mt 28, 18-20; véase un sentido semejante, con relación a Moisés en 1 Cor 10, 2).
Esta relación con Dios implica una vida de conversión y de eliminación del pecado, una vida de fe. Sumergirse en las aguas del bautismo y salir de ellas es, pues, morir y resucitar con Cristo (Rom 6, 3 y ss; Col 2, 20 - 3, 4)
Esto es obra del Espíritu Santo (Mt 3, 11; Hech 1, 5).
“Id pues a todo el mundo y bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Bautismo viene de la lengua griega “baptizien” y significa sumergirse. La práctica de sumergirse es una señal de purificación muy extendida antes de Cristo. El bautismo es un rito de paso con Cristo atravesamos la muerte y participamos de la vida de la resurrección.
VER AGUA
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