Tierra
Al parecer, el versículo del Génesis: «Llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra» ha sido interpretado como permiso y licencia para tener el poder absoluto sobre la naturaleza. Esto, sin embargo, es totalmente inaceptable desde el punto de vista histórico. Si comparamos épocas, nos daremos cuenta de que una explotación de la naturaleza como la que se produce en nuestros días, siempre coincide con períodos en los que nos hemos alejado mucho de la fe cristiana y hemos adquirido conceptos racionalistas e inmanentes del cosmos. Pero también es importante subrayar que la acusación ignora el verdadero sentido del versículo del Génesis, que pretende expresar —y a la vez interpretar— la experiencia, sorprendente y grata, que el hombre hace de las maravillas de la creación, al tiempo que advierte su fragilidad; la Palabra de Dios tiene, por tanto, el sentido de la bendición, no solamente el del mandato. Nos quiere decir que la tierra es un don y que hay que guardarla y cultivarla con amor y gratitud. Leído correctamente, el texto bíblico llama la atención del cristiano y de todo hombre sobre una exigencia fácilmente olvidada: la tierra, mucho más que un repertorio de recursos de los que podemos disponer ad líbitum, es un lugar en el que el hombre percibe la experiencia de la vida como don. La tierra viene al encuentro del hombre mucho antes que el hombre sepa querer a la vida y sepa lo que es la vida; nos viene al encuentro como don de un Dios creador, dándonos la certeza de que este Dios también cuida de nosotros.
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