Templo
Hay un «santuario viviente» no estático, que camina a lo largo de la historia: es el pueblo de los creyentes. Para san Pablo la Iglesia es como una casa rica en carismas y en dones variados, algunos espectaculares, otros humildes, a los que compara con vasijas. Hay cálices de oro y plata, recipientes de madera y de arcilla, ánforas que resisten al tiempo y otras que fácilmente se hacen pedazos. Esta casa tan variada es un pueblo que camina. La Iglesia no es simplemente una sociedad, y mucho menos una secta o un partido; es el lugar donde Dios está presente, porque unos cuantos se han reunido en su nombre: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La Iglesia es ante todo un conjunto de personas que se unen entre sí y con Dios en Cristo Jesús. La opción por Jesús, la voluntad de ser una sola cosa con él, su ser en nosotros, es el verdadero templo que abraza la historia y el universo entero, es la casa de la humanidad, la catedral luminosa que recorre los siglos y los lleva a su plenitud. La catedral está allí donde resuena la Palabra divina, donde la escuchamos como voz que dice palabras definitivas y justas, donde nos ponemos en camino para seguir la Palabra, donde acogemos en plenitud el don de la vida que no muere. Cristo es el centro de esta catedral, su sentido fundamental y último.
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