Silencio
Si en principio era la Palabra, y de la Palabra de Dios, venida a nosotros, ha empezado a hacerse realidad nuestra redención, está claro que por nuestra parte, al comienzo de cada historia personal de salvación tiene que haber silencio: el silencio que escucha, que acoge, que se deja vivificar. Claro que a la Palabra que se manifiesta tendrán que corresponder luego nuestras palabras de agradecimiento, de adoración, de súplica; pero antes está el silencio. Si, como ocurrió con Zacarías, padre de Juan el Bautista, el segundo milagro del Verbo de Dios es el de hacer hablar a los mudos —es decir, desatar la lengua del hombre terrena!, que está encerrado en sí mismo, y hacerle cantar las maravillas del Señor—, el primero es el de hacer enmudecer al hombre charlatán y disperso00 «La Palabra acalló mis chacharas»: así es como Clemente Rebora, poeta milanés de nuestros tiempos, de espíritu noble, describe con claridad y rudeza los comienzos de su conversión. Es más, podemos decir que la capacidad de vivir un poco del silencio interior distingue al verdadero creyente y lo arranca del mundo de la incredulidad. El hombre que ha desterrado de sus pensamientos, siguiendo los dictámenes de la cultura dominante, al Dios vivo que llena cada espacio de sí, no puede soportar el silencio. Para él, que cree que está viviendo al borde de la nada, el silencio es el signo terrorífico del vacío. En cambio, el hombre «nuevo» —que ha recibido de la fe un ojo penetrante que ve más allá de la escena, y que ha recibido de la caridad un corazón capaz de amar al Invisible— sabe que el vacío no existe, y que la nada es eternamente vencida por la divina Infinitud; sabe que el universo está poblado de criaturas gozosas; sabe que es espectador, y ya de algún modo partícipe, del júbilo cósmico, reflejo del misterio de luz, amor y felicidad que sustenta la vida inagotable del Dios Trino. Por eso el hombre nuevo, como el Señor Jesús que al amanecer subía hasta la cima de la montaña, aspira a reservarse algún espacio libre de todo ruido alienante, donde pueda tender el oído y percibir algo de la fiesta eterna y de la voz del Padre.
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