Reproche
Cuando amamos poco, no sabemos reprochar de verdad: nos quejamos, nos volvemos hirientes, castigamos con el silencio o con la recriminación hastiada o resignada. Pero el reproche directo, franco, concreto, no lo conseguirnos porque nuestro corazón es débil, o porque está a su vez cargado por sentimientos de culpa. En efecto, ¿cómo pueden los padres reprochar en serio a sus hijos cosas que ellos, en el fondo, son incapaces de evitar en su vida? «Reprochar», por tanto, no es un simple echar en cara las culpas, como si nos descargáramos de un peso. El verbo griego utilizado en el Apocalipsis significa «confutar, refutar, mostrar la sinrazón». Reprochar es desenmascarar las falsas certezas, desarmar las razones falsas, protestar contra las excusas inadecuadas que están detrás de las conductas erróneas. Todo esto es mucho más que la simple «regañina» con ¡a que a menudo nos conformamos, lamentándonos luego de que no haya surtido efecto. Hace falta mucho amor, mucha inteligencia, y también mucha reflexión para llegar a hacer un reproche que tenga el calor y la fuerza persuasiva, y a la vez ia humildad del reproche que le hizo el cardenal Federigo a don Abundio.
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