Perdón
En la alegría de ser perdonados y de perdonar empieza a hacerse presente la novedad del evangelio, que es el gozoso anuncio de la misericordia del Padre para nosotros, pecadores. Cuando el perdón derrite la dureza de nuestro corazón y nos abre a la alegría evangélica, empezamos a ver las cosas con ojos nuevos. Los cinco panes y los dos peces, una vez que los discípulos abandonaron el imposible proyecto de resolver por sus propios medios el problema del hambre de la gente, dejaron de ser la prueba de su impotente pobreza y empezaron a mostrarse como el humilde ofrecimiento humano en el que iba a revelarse la prodigiosa riqueza de Dios. Así también las tensiones de la comunidad, los fatigosos intentos misioneros, nuestros y de los46 hermanos, unas iniciativas que tal vez dejen mucho que desear y necesiten ser revisadas, empiezan a parecemos —purificadas por ia humildad y el perdón— el signo inicial, el germen de una presencia de Dios que siempre está actuando. El camino que nos acerca a Dios se hace oración. Celebramos, adoramos, damos gracias a Dios por su presencia multiforme en medio de nosotros, y lo invocamos para que nuestros pobres panes y peces —las incertidumbres, las pobrezas, las limitaciones de nuestras personas y de nuestras comunidades— no sean un obstáculo para su presencia, sino que se dejen atravesar y transformar por ella. Empezamos a morar en el misterio de Dios, en el mundo espiritual de Jesús, en la riqueza inagotable del evangelio.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.