Navidad
Los textos antiguos no nos dan ningún dato sobre el nacimiento de Jesús, excepto el hecho de que se produjo en los alrededores de Belén, y que el niño fue depositado en un pesebre que se utilizaba para los animales. Este detalle se repite tres veces en el relato del evangelista Lucas, y constituye probablemente una modesta, pero significativa clave de lectura de todo el episodio. Este niño que ha nacido es, en cierto sentido, un niño como los demás. Sería inútil buscar en él algún signo que indique su origen divino. Pero la extraordinaria precariedad de su primera situación, inaceptable incluso para los pobres pastores beduinos que tenían al menos el orgullo de poseer una tienda propia, llama la atención de todos los que pasan por ahí o se sienten llamados hacia ese lugar por una voz que viene de lo alto. Para cualquier hombre, hasta para el que no cree, el malestar de esta joven familia sin techo es una invitación a abrir el corazón. Para el que se acerca con los ojos de la fe, constituye, además —incluso en los días de mayor bienestar—, un signo inolvidable de lo que tiene valor y de lo que no cuenta a los ojos de Dios. Hay muchos de entre nosotros que carecen de casa, de trabajo, de seguridad; y hay muchos más para quienes el hogar ya no es un hogar, porque el cariño ha muerto o languidece. Y hay muchos —o, mejor dicho, somos muchos— que dicen creer en Cristo, que proclaman que el Niño del pesebre es el Maestro y el Señor, pero que a la hora de la verdad prefieren con mucho el tener al ser. No es pecado el tener: también Jesús algún día tendrá su casa, su trabajo y una vida digna, como la gente laboriosa de su pueblo. Lo que es pecado es anteponer el tener a los valores más importantes de la existencia. No hay ninguna realidad, ni personal, ni social, ni política, ni eclesiástica, que no haya de someterse a este principio.
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