Liturgia de las Horas
En la Liturgia de las Horas, Dios, que continuamente nos habla, escucha nuestra respuesta y nos sugiere incluso la palabra con la que tenemos que contestar. Toda la creación, que tiene su cabeza en Jesús crucificado y resucitado, y su cuerpo en todos aquellos que están relacionados con él de una manera vital, responde a su Creador cantando con la alabanza y la súplica, yo diría que sobre la misma respiración del universo, es decir, sobre el fluir del tiempo y sobre el milagro perenne y siempre nuevo de la luz. Cada ser, de alguna forma, se une a esta plegaria cósmica que se eleva a Dios, sobre todo en los dos momentos claves del atardecer y del amanecer. La misma Palabra de Dios pone en nuestros labios el canto de respuesta, proponiéndonos el rezo de los Salmos, que son, como todas las páginas de la Biblia, inspiración divina, y a la vez verdadera y apasionada plegaria del hombre. Y así se cumple de un modo significativo lo que dice san Pablo: «Nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables». Por tanto, el Espíritu Santo, «que habló por los profetas» y es el autor principal de los Salmos, reza con nuestra voz y así asegura que nuestra súplica sea del agrado del Padre. El mismo Señor Jesús en su vida terrena oró con los Salmos, y sigue orando con nosotros. Con los Salmos oró la Virgen María, con los Salmos han orado todas las generaciones cristianas. Las dificultades que el hombre actual puede encontrar en la comprensión de los Salmos se superan fácilmente si recordamos y acogemos en fe las normas de su Interpretación, tal y como nos las enseñan los antiguos Padres, y en particular san Ambrosio y san Agustín. Todos los Salmos, en su sentido más profundo y pleno, hablan de Cristo (que sufre en su pasión, y es salvado y glorificado por el Padre en la resurrección), o de la Iglesia (que es peregrina en la tierra y se alegra en el Reino), o de los redimidos (atribulados y perseguidos, pero a la vez en serena espera del gozo eterno); o bien, en ellos habla Cristo, o la Iglesia, o el cristiano.
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