Idolatría
No podemos dejar de seguir a alguien, no podemos dejar de ir hacia alguien. Para expresarlo de una manera más amplia que sintetiza el drama del hombre contemporáneo, podemos decir que en realidad no hay creyentes e incrédulos —es decir, personas que se apoyan en alguien y personas que no se apoyan en nadie—, lo que hay son adoradores de Dios y adoradores de ídolos. No hay creyentes e incrédulos: hay creyentes e idólatras. Es el gran dilema de la Escritura. La oposición no está entre fe y ateísmo, sino entre fe e idolatría. Estamos muy equivocados si creemos que el problema es el ateísmo. Es más, hacer que llamemos ateísmo a la idolatría es un típico engaño de Satanás, una confusión de discernimiento espiritual. La Escritura nos enseña que hay falsos dioses, no ateísmo. No es verdad que lo sagrado ha desaparecido, lo que ocurre es que ha habido una transmigración de lo sagrado hacia otras cosas. Son muchos los ídolos que por todas partes nos asedian: el ídolo de la opinión pública, el de la popularidad, el del nombre y, en ocasiones, hasta el ídolo de nuestra propia identidad. En efecto,00 cuando echamos al Señor, al final nos convertimos en nuestro propio ídolo. La vieja polémica contra los ídolos, que encontramos en todo el Antiguo Testamento, es de perenne actualidad, y nuestro crecimiento en Jesús consiste en pasar de un conocimiento imperfecto del Dios vivo, al conocimiento de Dios Padre, tal y como Jesús lo conoce, con él y en él. «¿A quién iremos?» Tenemos que seguir a alguien, y si no seguimos al Señor, seguiremos a los ídolos o haremos un ídolo de nosotros mismos. Si no seguimos al Señor, nos perderemos frente a algo que en teoría debería salvarnos, pero que nos destruye.
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