Homilía
Como su mismo nombre indica, la homilía es una «conversación»; en un estilo discursivo, propio de la comunicación familiar, la fe es declarada y propuesta a ios hermanos. Subrayo este aspecto no solamente para insistir en la oportunidad de que la predicación tenga un estilo sencillo y familiar; lo hago también porque estoy convencido de que la homilía es, por su naturaleza, dialogada. El que cree en la Palabra y se adhiere a ella, comparte su fe proponiéndosela a otros, para favorecer en ellos el desarrollo de una verdadera capacidad de acogida del don de Dios. Estoy seguro de que interpretar de este modo la homilía significa también manifestar continuamente —a nosotros mismos y a los demás— una manera profunda y rica de vivir el ministerio del presbítero. Nos sentimos hermanos entre los hermanos; comprometidos con todas nuestras fuerzas en hacer circular ese «lenguaje familiar» basado en la acogida de los criterios y de la sensibilidad comunicada por la Palabra de Dios. El que aprende a predicar con este espíritu, igualmente aprende a vivir con idéntico estilo las múltiples relaciones con los hermanos y las hermanas de la comunidad que preside. Del mismo modo, el que percibe su ministerio de presbítero como un servicio a los hermanos —servicio que les ayude a vivir con fe las diferentes situaciones de la vida diaria— tendrá la sabiduría de valorar y amar profundamente el momento de la homilía, en el que esta actitud de vida se convierte también públicamente en «función» dentro de la gran asamblea dominical.
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