Desierto
Ser Iglesia en el desierto significa, ante todo, que la Iglesia busca el desierto y se alimenta del mismo. Sí tuviéramos tiempo de explorar estos valles, descubriríamos numerosas grutas de ermitaños; numerosas celdas de monjes que a lo largo de los siglos han vivido aquí. Miles y miles de personas procedentes de toda la cristiandad han venido al desierto para alimentarse de Dios y alimentar a su Iglesia. Y aún hoy la vida monástica continúa en este desierto: el del Sinaí, los de Egipto y las regiones del monte Athos; cada monasterio pretende retomar la experiencia de la Iglesia en el desierto. También cada uno de nosotros está llamado a alimentarse de momentos de desierto en su propia vida. Ser Iglesia en el desierto significa, además, preocuparnos de todos aquellos que, en el desierto de nuestra sociedad, están tirados en el arcén: pobres, marginados, excluidos, gente que sufre, gente olvidada. Estar en el desierto significa darnos cuenta de aquel que, al margen del camino, está más desesperado que nosotros, más solo que nosotros; significa hacernos prójimos. De hecho, en el desierto, la proximidad parece más inmediata, porque se comprende la necesidad del que está más solo que nosotros. Por tanto, el desierto es Iglesia que se hace prójimo. Finalmente, ser Iglesia en el desierto significa afrontar incluso la persecución, la crítica, el fraca so, la impotencia, la debilidad. La Iglesia vive su tentación de soledad, de pobreza, en el desierto de la vida, con la confianza puesta en el pastor que no permite que las ovejas se dispersen y se mueran de hambre. La Iglesia vive en el desierto, con la confianza total en su pastor Jesús que la está conduciendo por los desiertos de la modernidad.
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