Cura
El cura es la imagen actual del Señor Jesús, sacerdote, maestro y pastor bueno, que da la vida por su rebaño, que funda y edifica la Iglesia. Cristo resucitado se propone como sujeto de un diálogo de amor sobreabundante («Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?») precisamente para aquel al que llama y envía a apacentar el rebaño, imitando la disponibilidad del maestro hasta la entrega de la vida: «"Será otro quien te ceñirá y te conducirá a donde no quieras ir". Esto dijo para indicar con qué muerte iba a dar gloria a Dios». Hacer visible y eficaz para los hombres de hoy el amor pastoral y edificante de Cristo muerto y resucitado, mediante una edificación cada vez más profunda con su entrega incondicional de sí mismo por amor al Padre y a los hermanos: éste es, a la vez, el fin último y el sentido profundo de nuestra pobreza. Tal fue el estilo de la pobreza apostólica de Pablo: se trata de que «Cristo sea todo en todos». No estamos ante una afirmación teórica. El apóstol de las gentes tuvo experiencia de ello, una experiencia única, y abierta al mismo tiempo a todos aquellos que ya no retienen nada en sí ni para sí. Es el momento en que se deja crucificar con Cristo hasta exclamar: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí». «Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí»: es el colmo de la pobreza humana en la total expropiación de nuestro ser y de nuestro operar. Es el colmo de la riqueza y del sentido cristiano de la vida. Una vida entregada a Dios y a los hermanos en el amor. Sin cálculos ni miedos, sin reivindicaciones ni limitaciones, sin infidelidades ni compensaciones. Un amor gratuito y lleno de alegría, siempre nuevo y rebosante de vitalidad, atento y discreto, fuerte y delicado.
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