Cuaresma
El evangelio describe las tres grandes tentaciones que Jesús venció por nosotros. Ellas son el símbolo de todas las tentaciones humanas y de todo cuanto se opone a la misión mesiánica, salvadora, de Jesús. Jesús contesta a Satanás de tres maneras. — Ante todo, apoyándose en la palabra de Dios: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». — En segundo lugar, rechazando el camino fácil de los milagros espectaculares y entrando, en cambio, en el camino de la humildad, en el camino escondido y sencillo del deber cotidiano. — Finalmente, rechazando todo poder terrenal, todo triunfo mundano, para proclamar la absoluta primacía de Dios. Porque la primacía de Dios es la raíz de todo lo que es justo y recto, mientras que la negación de dicha primacía es la raíz marchita de una cultura incapaz de defender los valores más sustanciales de la honradez, y de promover la vida precisamente donde está más amenazada. Por tanto, Jesús nos enseña a vivir la cuaresma apoyándonos en la Palabra de Dios, meditada a diario en las lecturas de la liturgia; viviendo nuestra vida con serenidad y humildad, sin buscar cosas espectaculares ni extraordinarias, sino escondiéndonos en el servicio y en el amor que el Señor nos pone delante; proclamando siempre y en todas partes la primacía de Dios, del Dios sumamente amado, del Dios que está por encima de todo: «Adorarás al Señor, y a él sólo servirás».
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