Corazón
¿Cómo podemos saber que nuestra caridad no es una farsa, sino la expresión de la apertura de nuestro corazón? He aquí los siete imperativos que indican la apertura del corazón. — «Detestad lo malo»; por ejemplo, el horror de estos días, el disgusto de la opinión pública por los escándalos políticos y administrativos, es un hecho positivo. Es un movimiento sincero de caridad aborrecer las tramas inicuas, las asociaciones perversas. — «Abrazaos a lo bueno», adherios a ello como en una especie de fusión amorosa; formad una sola cosa con el bien, no os dejéis apartar de él por miedo o por omisión. — «Amaos de verdad unos a otros como hermanos», como miembros de una sola familia. — «Rivalizad en la mutua estima.» La exhortación parece obvia, pero no es tan fácil ponerla en práctica, es decir, abrir el corazón, y decirle al otro: tú vales más que yo y me alegro de ello. — «No seáis perezosos para el esfuerzo.» El celo es aquí el interés solícito por alguien, el preocuparse por el otro: me preocupo por él, no me zafo de él, no paso de él. Este esfuerzo por preocuparnos del otro o cumplir aquello que nos ha sido encomendado, es especificado por el imperativo siguiente. — «Manteneos fervientes en el espíritu.» Es decir, no seáis tibios, perezosos, aburridos, como quien nunca encuentra el tiempo de comprometerse y siempre busca excusas. Sed ardientes, huid de todo estancamiento espiritual. — El séptimo imperativo, que concluye esta serie, es el decisivo: «Servid al Señor». Es decir: Pablo nos está dando buenos consejos para regular unas relaciones meramente horizontales, pero quiere que busquemos a aquel que está detrás de todas estas actitudes: Jesús. Jesús que nos repite: «Me lo habéis hecho a mí»; abrázate a lo bueno por mí, rivaliza por mí en la estima del otro, sal por mí de ese torpor, de esa indolencia, que tanto daño te hace.
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