Caminar
Más allá de su origen inmediato, el símbolo de caminar tiene un amplísimo significado, tanto para el hombre en sí —es un símbolo antropológico primario— como porque indica un proceso espiritual. San Ignacio de Loyola, al comienzo de sus Ejercicios espirituales, dice que éstos son un caminar, un correr, un ponerse en camino: no son un sentarse, un estar parados. Por tanto, el caminar subraya el dinamismo de la fe, sus etapas, sus momentos sucesivos, su propia dialéctica. La historia de cada hombre puede contemplarse bajo la imagen del camino, como también la historia de una Iglesia. Recuerdo, al respecto, una famosa carta pastoral del cardenal Pellegrino titulada Caminar juntos, que quería expresar un cierto modo de ser de la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Y luego, naturalmente, está toda la simbología de la historia de la salvación: el camino de Dios, «mis caminos no son vuestros caminos». Dios que baja al camino del hombre, que lo acompaña, que viene a su encuentro. Es el símbolo de la encarnación en el que Jesús se pone a caminar con nosotros, es el Diosconnosotros, con todas las consecuencias de humanización de lo divino, de presencia de lo divino en la historia. La Biblia es riquísima en imágenes del camino: entre los Salmos —además del salmo 1, evidentemente: «Feliz el hombre que no se entretiene en el camino de los pecadores»— está el salmo 118, que describe la observancia de la ley como un camino: «¡Ojalá mis caminos sean firmes en la observancia de tus normas!».
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