Aconsejar
Aconsejar no es un acto meramente intelectual; es una obra de misericordia que intenta mirar con amor la extrema complejidad de las situaciones humanas concretas. Ciertamente debemos proclamar la exigencia evangélica, pero ésta, si lo es, siempre es compasiva, alentadora, buena, humilde, humana, filantrópica, paciente. Esta característica del acto de aconsejar no la encontramos con tanta frecuencia en la Iglesia. Al contrario, a veces tropezamos con consejos, o incluso decisiones, que carecen del toque de humanidad típico de Jesús. Jesús sabía adaptarse con amor a las situaciones, sabía encontrar el momento adecuado. Si a la hora de aconsejar existe la actitud misericordiosa, se evitarán muchos pseudoconflictos, porque de nada sirve el manto de la justicia si no va acompañado por la virtud de la prudencia. El que aconseja en la comunidad tiene que tener un gran sentido del consejo como don. Si es un don, hay que pedirlo en la oración y no podemos presumir que lo tenemos. Como tal, debemos acercarnos a él con desapego, puesto que no procede de nosotros, sino que nos es dado. El consejo no es un arma de la que puedo servirme para condenar a los demás; es un don que está al servicio de la comunidad, es la misericordia de Dios que actúa a través de mí. Es verdad que pasa por mi racionalidad —la prudencia es la racionalidad de la acción— pero también atraviesa el movimiento amoroso, consolador, del Espíritu Santo, que produce sensibilidad, confianza, caridad.
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