Italia, República de
República de la Europa meridional, constituida por la península itálica y las islas de Sicilia, Cerdeña y otras más pequeñas. 301.323 km². 57.998.356 hab. (2003). Lengua oficial: italiano. Unidad monetaria: lira. Capital: Roma. Geografía física y económica. De N a S cabe distinguir varias unidades estructurales: 1) los Alpes, que se extienden en arco desde la costa ligur a la juliana, con una longitud aprox. de 1.200 km; su altitud, inferior a la de la otra vertiente, desciende de O a E (Mont Blanc, 4.807 m; Cervino,4.478 m; Bernina, 4.052 m); 2) la llanura del Po, única gran llanura del país, cruzada longitudinalmente por el río homónimo y abierta al Adriático por un frente de 300 km, es la región agrícola e industrial más desarrollada del país. Sus principales ciudades son Milán, Turín, Venecia, Brescia; 3) la península itálica, con los Apeninos, que constituyen su espina dorsal y que enlazan con los Alpes en la costa ligur y se prolongan hasta el extremo occidental de la isla de Sicilia, sin dejar lugar más que a pequeñas llanuras litorales. Las principales ciudades son Roma y Nápoles. Los ríos quedan reducidos a la gran cuenca del Po; los peninsulares son de escasa longitud y caudal, a excepción del Tíber y el Arno. Su principal recurso económico es la industria; la importancia tradicional de su agricultura ha disminuido considerablemente: cereales (trigo, maíz, arroz, centeno), vid (primer productor mundial), olivos, agrios (segundo productor europeo), leguminosas y productos hortícolas. Entre los cultivos industriales, la remolacha y el tabaco. Ganadería bovina, ovina y porcina. Yacimientos de mercurio (segundo productor mundial), azufre, petróleo, mármol. Industria textil (considerada una de sus principales exportaciones), siderúrgica, automovilística (sexto productor mundial), de motocicletas, bicicletas, mecánicas, químicas, refinerías, del cemento, fibras artificiales (quinto productor mundial). Historia. Hacia el 1500 a.C. se produjeron las primeras oleadas invasoras de indoeuropeos, que se extendieron por toda la península. De entre esos pueblos, los etruscos destacaron por su mayor grado de cohesión, estableciéndose en Toscana, Campania y valle del Po. A partir del siglo -V, la historia de Italia se confunde con la del imperio romano, cuya base fue la hegemonía de la ciudad de Roma que, tras expulsar a los reyes etruscos, expandió su dominio por toda la península. En el siglo I, el poder del imperio romano se extendía por todo el sur y parte del centro de Europa, y llegaba a las islas británicas. Ya a fines del siglo III, la presencia de los pueblos germanos resultaba amenazante para el imperio, escindido entre Roma y Bizancio. En 476, los ejércitos del hérulo Odoacro depusieron al emperador romano Rómulo Augústulo, y en 493, Teodorico, al derrotar a los hérulos, proclamó el reino ostrogodo. A su muerte (526), Justiniano, emperador de Bizancio, inició la reconquista de Italia, pero el creciente poder de los lombardos impidió la unidad imperial y favoreció la atomización. En el siglo VIII, los estados Pontificios, amenazados por los lombardos, solicitaron la intervención de los francos que, a partir de la victoria de Carlomagno sobre los lombardos en 773, se hicieron dueños de Italia. En 962, el Papa coronaba a Otón I de Alemania, consolidándose el imperio romano tgermánico. En los siglos XIV y XV tuvo lugar una nueva expansión comercial y el renacer de la cultura clásica (Renacimiento), caracterizada por su profunda impregnación humanista. Así mismo, en esa época se inició, con Galileo Galilei, lo que habría de ser la larga revolución científica de Occidente. El dominio español sobre Italia, iniciado con Pedro III, se prolongó hasta los tratados de Utrecht (1713) y de Rastadt (1714), a partir de los cuales Austria apareció como la nueva potencia hegemónica. Al estallar la Revolución francesa en 1789, las nuevas ideas liberales tuvieron buena acogida en Italia, y cuando Napoleón ocupó la península, fue inicialmente acogido como liberador. Tras la derrota bonapartista en Waterloo (1815), el Congreso de Viena desmembró Italia: en el norte reinó Víctor Manuel I (Piamonte y Cerdeña), Lombardía y Venecia pasaron a depender de Austria, Toscana se convirtió en un ducado regentado por Fernando III de Lorena, el reino de Nápoles fue devuelto a Fernando IV de Borbón, y los estados Pontificios se extendieron a Roma, Umbría y las Marcas. Desde la Segunda Guerra Mundial el país se ha debatido en repetidas crisis políticas. En 1960 los partidos políticos de izquierda gozaron de mayorías, en los años 70 estuvo caracterizada por los escándalos de corrupción y en los 80 llegaron al poder los republicanos. Ante el desprestigio de los partidos tradicionales, el pueblo eligió al magnate de los medios de comunicación Silvio Berlusconi, quien había fundado el partido Sforza Italia como una alternativa de poder. Berlusconi fue elegido Primer ministro, cediendo el poder a Lamberto Dini, quien logró reducir el déficit público y reformar el sistema de jubilaciones. En 1996 asumió como Primer ministro Romano Prodi, quien jugó un papel fundamental en la guerra de Kosovo, prestando las bases italianas para las incursiones aéreas de la OTAN. Silvio Berlusconi volvió a ser elegido en 2001 e impuso un esquema económico para flexibilizar la economía y hacerla más dinámica. En 2002 fue acusado de fraude, pero finalmente resultó exonerado de todos los cargos. En 2003 apoyó a Estados Unidos en la invasión de Irak. En 2006 el partido de Centro izquierda venció por un margen mínimo a los oficialistas en las elecciones, nombrando como nuevo presidente el excomunista Giorgio Napolitano, quien nombró como Primer Ministro a Romano Prodi. Literatura. Los orígenes y el Duecento. La literatura en lengua vulgar se forma bajo el influjo provenzal y francés. Entre los primeros escritores destacan Guittone d’Arezzo, G. Cavalcanti y G. Guinizelli (dolce stil novo), a los que se opone la poesía realista y burlesca de F. da San Gimignano y R. di Filippo. El Trecento. Pertenecen a él las tres más importantes personalidades de la literatura italiana: Dante, Petrarca y Boccaccio. El humanismo y el Quattrocento. El interés se centra en la cultura clásica y en el intento de conciliar la cultura cristiana con la pagana, al tiempo que se rechaza el dogmatismo aristotélico medieval. Todos estos motivos se hallan presentes en la obra de L. Valla, M. Ficino y G. Pico della Mirandola. Por su parte, L. B. Alberti y B. Castiglione reconcilian el humanismo con la tradición vulgar, mientras que la obra de L. de Médicis, A. Ambrogini y J. Sannazaro se decanta hacia el aristocratismo. El Cinquecento. El carácter distintivo es el platonismo, representado por P. Bembo, de cuyos diálogos parte la lírica del período que va de G. Stampa a M. A. Buonarroti. Lejos de la cultura oficial se hallan escritores como Aretino y B. Cellini. Los máximos autores teatrales son A. Beolco y Ruzzante, mientras que en el terreno de la especulación teórica sobresalen N. Machiavelli y F. Guicciardini. El gran poeta de esta época es L. Ariosto (Orlando furioso), en tanto que la figura de T. Tasso expresa ya inquietudes nacidas de la Contrarreforma. El Seicento y el Settecento. El poeta más representativo de la época barroca es G. Marino, creador de un estilo (marinismo) parecido al culteranismo de Góngora. En los inicios del siglo XVIII se produce una vuelta al humanismo, marcada por la necesidad de dar a la poesía nuevos contenidos. Figura original es G. Vico, si bien gozaron de más fama P. Verri y P. Giannone. En el teatro destacan C. Goldoni, P. Chiari y C. Gozzi. Trasciende el ámbito de la época V. Alfieri, el mayor poeta trágico italiano. El Ottocento. Los ideales de la Revolución francesa fueron profundamente interpretados por U. Foscolo y G. Leopardi. La vertiente católica coincide con la romántica en A. Manzoni. La corriente del compromiso entre artista y sociedad está representada por G. Carducci, figura central de la época. En la novela histórica destaca I. Nievo, mientras G. Verga se impone como máximo exponente del naturalismo. A fines del período, G. D’Annunzio exalta la belleza como supremo ideal. El Novecento. En los inicios de este período la literatura se impregna del sentido extrarracional del hecho artístico. F. T. Marinetti funda el futurismo, al que se unen G. Papini, A. Soffici y A. Palazzeschi. El máximo autor teatral es Luiggi Pirandello, auténtico renovador del género. En la poesía, D. Campana funde simbolismo, crespuscularismo y futurismo, y en los años cercanos a la I guerra mundial destaca C. Sbarbaro, pero las figuras descollantes son G. Ungaretti, E. Montale y S. Quasimodo. En la década de los años 20 se plantea un retorno al orden, que desembocará en el fascismo, representado por V. Cardarelli. En el período de crisis se sitúa la narrativa de I. Svevo y G. Deledda. Después de la II Guerra Mundial se produce una literatura realista en que destacan C. Pavese, C. E. Gadda y A. Moravia. T. di Lampedusa ofrece con Il Gattopardo, una obra de signo aristocrático y pesimista, al margen de todas las tendencias. De una generación posterior son los narradores C. Cassola, I. Calvino, L. Sciascia, G. Bassani y Pier P. Pasolini, a los que cabe añadir las incursiones en la ficción del semiólogo Umberto Eco. En la poesía destaca, por su experimentalismo, E. Sanguineti; y en el teatro, U. Betti, D. Fabbri y Darío Fo. Arte. La Alta Edad Media. Las invasiones del siglo V dan lugar a la influencia bizantina en Ravena (San Apolinare in Classe y Nuovo, San Vitale, mausoleo de Gala Placidia) y Venecia (San Marcos); a la lombarda en el norte (San Ambrosio de Milán), germen de un gran esplendor en la época del románico (catedrales de Parma, Pavia, Pisa, Ferrara, Módena); y a una mezcla de bizantino, árabe y normando en el sur (catedrales de Palermo y Monreale). En pintura destaca Cimabue. Gótico.Toma un sentido de equilibrio estático y horizontal: catedral y Palazzo della Signoria, de Siena; Sta. Maria dei Fiore, Sta. Croce, Sta. Maria Novella y Palazzo Vecchio, en Florencia; catedral de Orvieto. La escultura se afirma con la escuela de Pisa: Niccola, Giovanni y Andrea Pisano. La pintura se renueva con Giotto. Duccio da Buoninsegna inicia la escuela de Siena (A. y R. Lorenzetti, S. Martini, etc.). Gentile da Fabriano, Pisanello, etc., representan el gótico internacional. Renacimiento. En la Florencia del siglo XV se toma al hombre y al mundo real como guía de creación artística. En arquitectura, los elementos se coordinan en relación con un punto ideal. Brunelleschi es su gran arquitecto, al que siguen Michelozzo, los Maino, Sangallo. Alberti tiende a los valores plásticos de las masas y a los efectos monumentales. En la escultura, Ghiberti y Della Quercia continúan siendo medievales. Donatello, creador de la nueva concepción escultórica, influye en A. di Duccio, Michelozzo, Bertoldo, etc. Pollaiuolo y Verrocchio aportan novedades expresivas. La renovación pictórica corre a cargo de Masaccio y sus seguidores (P. Ucello, A. del Castagno, fra Filippo Lippi), que influyen en Piero della Francesca, Mantegna, Carpaccio. Boticelli inicia los temas paganos. Siglo XVI. Roma sustituye a Florencia como centro artístico. La forma se idealiza, se intelectualiza la belleza y se tiende a la grandiosidad (manierismo). Dos grandes arquitectectos: Bramante (que influye en Rafael, Peruzzi y Sangallo) y Miguel Ángel. Vignola, della Porta, Vasari, Sansovino y Palladio preludian ya el barroco. La escultura está dominada por Miguel Ángel; Tribolo, Cellini y Giambologna repiten sus formas y hallazgos. La pintura se desarrolla gracias a la producción de Leonardo da Vinci. El estilo propio del siglo XV vuelve a manifestarse en Rafael, que con Miguel Ángel influye en la pintura romana y florentina. El manierismo se manifiesta en G. Vasari, A. del Sarto y especialmente Correggio. En Venecia, Giorgione y Tiziano son maestros del color; culmina esta escuela con el Veronés y Tintoretto. Barroco. La emotividad triunfa sobre la razón. Iniciado en Roma, se extiende a Italia y Europa. A la arquitectura se subordinan la pintura y la escultura. Su refinada y caprichosa decoración dará lugar al rococó. Bernini y Borromini son sus principales arquitectos. Les siguen en importancia Galilei, Longhena, Guarini, Juvara. Bernini realiza todas las posibilidades de la escultura barroca. Los Carracci y Caravaggio son sus grandes pintores, cuya obra continúan Reni, Guercino, Manfredi, Ribera, Giordano. El siglo XVIII veneciano se caracteriza por el colorismo y la fantasía decorativa de Ricci, Piazzeta y Tiépolo; se les contrapone el costumbrismo del Canaletto, Bellotto, Guardi, etc. Época contemporánea. Siglo XIX. Academicismo frío y sin personalidad. Scala de Milán y Piazza del Popolo en Roma. En escultura destaca Canova. Siglo XX. El movimiento futurista preconiza una arquitectura simple, rota en el período fascista. En escultura es fundamental la aportación de A. Martini, G. Manzù y M. Marini. En pintura, el futurismo da los nombres de Carrà, Severini, Russolo. De Chirico promueve la pintura metafísica. R. Guttuso representa un arte realista y comprometido. Abstractos son Reggiani, Morlotti, Capogrossi y los escultores Viani y Consagra.
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