Trono
hebreo silla cubierta, griego thrónos. Silla con gradas y adornada con doseles, en donde se sentaban los monarcas, faraones y los reyes, Gn 41, 40; Ex 11, 5; 12, 29; 1 R 1, 13 y 17; 2 S 3, 10.
El rey Salomón hizo un gran t. de marfil que revistió de oro finísimo.
Tenía seis gradas un respaldo redondo, brazos a uno y otro lado del asiento, dos leones de pie junto a los brazos y doce leones de pie sobre las seis gradas, a uno y otro lado. Nada igual llegó a hacerse para ningún otro reino, 1 R 10, 18-20.
Dios es el soberano el que reina desde su trono, 45, 6; 47, 9, y desde donde ve a todo el mundo, Sal 11, 4; 33, 13-14. Su t. es eterno, Sal 89, 30, 37. Y está en el cielo, Sal 103, 19. A Jerusalén lo llamaban El T. de Yahvéh, Jr 3, 17. En el juicio, los doce apóstoles se encontrarán sentados en sus doce tronos, y tomaran parte, Mt 19, 28; Ap 20, 4. Trueno, ruido que sigue al rayo, al paso de la descarga eléctrica; o el estampido de tiro de cualquier arma o artificio de fuego. El t. en la bíblica se considera una señal de poder divino, como la voz de Dios, 2 S 22, 14; inspira temor y reverencia por ser de Dios, Jb 28, 26; 1 S 20, 10; 2 S 22, 14; Jb 37, 4; Sal 18, 13. “Tronó Yahvéh aquel día con gran estruendo sobre los filisteos”, 1 S 7, 10. “¡Voz de trueno en torbellino! Tus relámpagos alumbraban el orbe”, Sal 77, 19; Ex 19, 16; Is 29, 6.
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