Sofonías
Yahvéh protege. El noveno de los llamados Profetas Menores, autor del libro del mismo nombre. Según se desprende de 1, 1, este profeta ejerció su ministerio en tiempos de Josías, rey de Judá, 640-609 a.C., y todo indica que lo hizo antes de la reforma religiosa llevada a cabo por este soberano, la cual fue apoyada por otro profeta, Jeremías.
En la primera parte del libro S. ataca las costumbres extranjeras adoptadas por Judá, el culto a los dioses extranjeros y su conducta violenta. S. predice un juicio, un día de Yahvéh, por lo que pide arrepentimiento para apaciguar la ira de Dios. En la segunda parte, predice también la destrucción de las naciones enemigas, por haber maltratado a Judá, Filistea, Moab, Ammón, Etiopía, Assur. En la tercera parte, condena la conducta de Jerusalén, y anuncia su destrucción si no se corrige. Por último, las promesas, las naciones se convertirán, el resto de los justos de Judá se salvarán y volverán a tener renombre entre los pueblos de la tierra.
El profeta S. es citado sólo una vez en el N. T. en Mt 13, 41. Su pasaje sobre el Día de Yahvéh, 1, 14-18, inspiró, en la Edad Media, el himno cristiano Dies iræ, dies illæ, “Día de la ira, aquel día”.
Éstas son las partes y temas de S.: I. El día de Yahvéh en Judá, 1, 2 a 2, 3. II. Contra las naciones, 2, 4-15. III. Contra Jerusalén, 3, 1-8. IV. Promesas, 3, 9-20. Sol, astro, y la luna son los luceros mayores; el s. es el lucero grande y la luna, el pequeño, creados y puestos en el firmamento por Dios para apartar el día de la noche, Gn 1, 14-16. Los pueblos antiguos consideraban a los astros potencias sobrenaturales y los divinizaron, lo que no ocurre en este texto bíblico, en el cual se les da el carácter de seres creados por Dios para cumplir una tarea, Ba 6, 59 y 66; por lo tanto, diferentes de él, simples fuentes de luz que alumbran la tierra y sirven para medir el tiempo, para fijar el calendario. Como creatura de Dios, está en sus manos, lo controla, Jb 9, 7; Sal 19 (18), 5; 147 (146-147), 4; Is 40, 26; Ba 3, 34. Siendo una creatura de Dios y estando prohibido en la Ley, Dt 4, 19; 17, 3; los israelitas cayeron en idolatría, Jr 8, 2; en época de Manasés, rey de Judá, este culto al s. fue muy popular, 2 R 21, 3-5; el rey Josías hizo una reforma religiosa y suprimió el culto al s., 2 R 25, 5.
De su acción depende el crecimiento de las plantas Dt 33, 14; 2 S 23, 4; Jb 8, 16; también su calor intenso marchita la vegetación, seca la tierra, agota al ser humano, Si 43, 3-4; Jon 4, 8; Mt 13, 16; St 1, 11.
En sentido figurado y en comparaciones es profusamente usada la imagen del s. Débora en su cántico a Yahvéh dice: “¡Y sean los que te aman como el sol cuando sale en todo su fulgor!”, Jc 5, 31. El s. cuando sale proclama las obras admirables de Dios, Si 43,1-5; Sal 19 (18), 2-7; Dios lo hace salir sobre malos y buenos, Mt 5, 45. Todo en el mundo es vanidad, todo permanece igual: “Sale el s. y el s. se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir”, Qo 1, 5; es decir, “Nada nuevo hay bajo el s.” Qo 1, 9; cuanto ocurre bajo el s. es vanidad; ningún provecho se saca bajo el s., Qo 1, 14; 2, 11. En los profetas, por lo general, el día de Yahvéh, el día del castigo a la infidelidad, será de tinieblas, “se oscurecerá el sol”, Is 13, 10; el s. se pondrá a mediodía, Am 8, 9; el s. se pondrá para los profetas corruptos, Mi 3, 6; los justos triunfarán el día de Yahvéh, en el juicio final, para ellos “brillará el s. de justicia”, Ml 3, 19. El novio compara a la amada con un s. refulgente, Ct 6, 10. En el elogio del sumo sacerdote Simón II, Sirácida dice que “es como el s. que brilla en el templo del Altísimo”, Si 50, 7. La Sabiduría es más bella que el s., Sb 7, 29.
Los ojos del Señor todo lo observan penetran en lo más oculto, “son diez mil veces más brillantes que el s.”, Si 23, 19. La belleza de la mujer buena es como el s. que sale por las alturas, Si 26, 16. Sópratos, hijo de Pirro, cristiano Berea, del grupo acompañante del apóstol Pablo en su tercer viaje misionero a Macedonia, Hch 20, 4.
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