Siervo
esclavo, persona afecta a un señor o amo, al cual está incondicionalmente sometido. En la antigüedad la esclavitud, la servidumbre, fue aceptada como algo natural en la sociedad, necesaria. A los siervos se les empleaba en los hogares, la servidumbre más benigna, en la construcción, en el comercio, en la guerra y, sobre todo, en las labores agrícolas. El trato a los siervos variaba en las diferentes civilizaciones, por lo general no eran considerados personas, es decir carecían de derechos, en muchos casos eran considerados cosas, mercancía, simples instrumentos de trabajo. Entre los griegos el trato a los esclavos era benigno, incluso el filósofo Aristóteles proponía darles la libertad a los siervos fieles. Entre los espartanos, los esclavos ilotas, más numerosos que sus amos, eran tratados con mucha severidad y se les sometía a trabajar fuertemente en el campo.
Los romanos eran más duros pues disponían a su arbitrio de la vida del siervo; la economía romana, su sistema social y su actividad imperial guerrera hacían necesario un gran número de esclavos para el trabajo agrícola y el mantenimiento de los hogares. Existían varias formas para hacerse a los siervos, por la compra venta; por la guerra, los prisioneros pasaban a ser siervos de los vencedores; los hijos de esclavos nacían con esta condición; muchas personas por necesidades económicas, para pagar una deuda, por ejemplo, se entregaban como esclavas o entregaban a miembros de su familia.
En las Escrituras encontramos que los hebreos fueron esclavizados. José fue vendido como s. a unos mercaderes madianitas, los que a su vez lo negociaron con el jefe de la guardia del faraón, en Egipto, Gn 37, 28 y 36. El pueblo hebreo estuvo esclavo en Egipto, donde, por ejemplo, debió trabajar en la construcción de ciudades, Ex 1, 11.
Entre los israelitas también existió la institución de la servidumbre aunque la Ley impuso ciertas restricciones y obligaciones de los amos para con ellos, y siempre se les recuerda a los israelitas que ellos también fueron oprimidos en Egipto, por lo que se les pide un comportamiento humano con sus siervos. Los israelitas también compraban esclavos, Gn 17, 12; Lv 25, 44 s; los prisioneros de guerra también eran sometidos a servidumbre, Dt 21, 10; también los hijos de los siervos eran propiedad del señor. El amo podía castigar al s., pero si moría en el acto, aquél podía ser castigado, Ex 21, 20; si le causaba una lesión permanente, la pérdida de un ojo, de un diente, debía darle la libertad, Ex 21, 26-27. El s. también formaba parte de la Alianza, por lo que se circuncidaba, Gn 17, 12 y 23; Ex 12, 44; tenía derecho al descanso sabático, Ex 20, 10; 23, 12; así como participar en las fiestas, Dt 12, 12; 16, 11 y 14.
Los esclavos entre los israelitas eran extranjeros sin embargo, un israelita podía ser s. de un connacional suyo, por pobreza, por el pago de una deuda, pero la Ley manda no tratarlo como esclavo, Ex 21, 1-11; Lv 25, 39-41. El profeta Amós denuncia el abuso de esta costumbre de comprar siervos que se vendían por la extrema pobreza o por deudas, Am 2, 6; 8, 6; lo mismo critica Nehemías, Ne 5, 5; esta situación se había vuelto endémica en Israel, como se puede ver en tiempos del profeta Elías, 2 R 4, 1.
En tiempos de Jesús y en la época apostólica aún subsistía esta institución de los siervos. En los Evangelios se mencionan los siervos de los sumos sacerdotes, Mt 26, 51; Jn 18, 18; así como los siervos de los funcionarios reales, Jn 4, 51; el centurión de Cafarnaúm le habla a Jesús de su s., Mt 8, 9.
Es un término muy empleado en la Biblia sobre todo para significar la dependencia y la sumisión del hombre a Dios, pero no como una relación de amo a esclavo, sino filial, de confianza. Yahvéh llama a Abraham su s., Gn 16, 14; Moisés se dice s. de Yahvéh, Ex 4, 10; Nm 11, 11; y Yahvéh también le llama su s., Nm 12, 7-8; Jos 1, 2; el pueblo de Israel es el s. de Yahvéh, 2 Cro 6, 21; Sal 136 (135), 22; Yahvéh le dice a los israelitas que son sus siervos, Lv 25, 42; Israel es escogido por Yahvéh como su siervo, Is 41, 8. En el N. T., María se entrega a la voluntad de Dios, cuando el ángel le anuncia que será madre de Jesús: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, Lc 1, 38.
También se emplea es sentido figurado para hablar de la servidumbre al pecado, “todo el que comete un pecado es un esclavo”, Jn 8, 34; Rm 6, 16-23.
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