Serpiente
latín serpens. Junto con la culebra, pertenece al orden de los ofidios, del griego ophis, reptiles sin pies, que reptan y se arrastran. La primera mención de la s. en las Escrituras se da en el Génesis, y se la define como el animal más astuto del campo, cuando el demonio toma su forma para tentar a Eva en el paraíso, Gn 3, 1-7; 2 Co 11, 3; Yahvéh la castigó por esto a arrastrarse y comer polvo por siempre, Gn 3, 14; Is 65, 25; Mi 7, 17; y estableció enemistad entre la raza de la s. y la de la mujer, y al final aquélla será vencida, lo que constituye el primer anuncio, aunque lejano, de la salvación, por lo que este pasaje bíblico recibe en nombre de Protoevangelio, Gn 3, 15; Ap 12.
La s. se encuentran en los caminos y senderos Gn 49, 17; las serpientes reptan entre rocas, Pr 30, 19; se topan en las paredes de las casas, Am 5, 19; las hay en los lugares áridos y desérticos, como el áspid y dragón volador o s. alada, en hebreo saraf, Is 30, 6 (serafín es de la misma raíz Is 6, 2-6); la s. abrasadora, llamada así, posiblemente, por la fiebre que causaba su picadura, Dt 8, 15. El cayado convertido en s. fue el prodigio de Moisés ante su pueblo y el faraón de Egipto para que le creyeran que se le había aparecido Yahvéh, Ex 4, 2-5 y 27-31; 7, 8-13.
Las víboras tienen lengua aguzada y su mordedura es venenosa Sal 140 (139), 4; Qo 10, 8; Is 59, 5; Am 9, 3. Es animal impuro, Lv 11, 41 ss.
La imagen de la s. sus características, es un recurso literario muy extendido en la Escritura: del vino se dice que pica y muerde como víbora, Pr 23, 31-32; el pecado es s. que muerde, Si 21, 2; pero el justo puede pisar la víbora, pues Yahvéh le protege, Sal 91 (90), 13. En el Cántico de Moisés, se habla del vino de los enemigos de Israel como veneno de s., Dt 32, 33; los egipcios silban como s., ante los leñadores con hachas, el ejército de Nabucodonosor, Jr 46, 22; tras el destierro, estando el pueblo judío aislado en un territorio pobre, el profeta Miqueas, en su Oración contra las naciones, dice que éstas lamerán el polvo como la s., Mi 7, 17; el profeta Isaías advierte a los filisteos que no se alegren porque la vara que los hería, posiblemente Sargón II, rey asirio, se quebró, pues de raíz de culebra saldrá víbora, Is 14, 29; el profeta Jeremías conmina a Judá, y dice que Yahvéh le enviará serpientes venenosas, los babilonios, Jr 8, 17; los impíos son venenosos como s., sordos como áspid que no oye al encantador, Sal 58 (57), 4-6; en este último caso alude a la práctica antiquísima de encantar serpientes, común en Egipto y la India, y corriente aún hoy en día, Qo 10, 11. El alimento del impío, el mal, en sus entrañas se le hace hiel de áspid, chupa veneno de áspides y lengua de víbora le mata, Jb 20, 14 y 16. Yahvéh castigó la rebeldía de los israelitas en el desierto enviando s. abrasadoras Nm 21, 46; Dt 8, 15; pero el mismo Yahvéh los salvó por medio de la abrasadora de bronce que le ordenó poner a Moisés en un mástil, para que quien fuera mordido por una s. abrasadora, al mirar la s. de bronce viviera, Nm 21, 7-9; en Sb 16, 6 ss., el autor interpreta el anterior texto y afirma que la s. metálica no salva por sí misma, sino por la misericordia de Dios; el apóstol Juan alude también a este lugar de las escrituras, Jn 3, 14 ss; En 2 R 18, 4, se dice que el rey Ezequías destruyó esta s. metálica hecha por Moisés, que en su tiempo estaba en el Templo, y a la cual quemaban incienso los israelitas.
Para la era mesiánica ya anunciada por los profetas, el descendiente de David restablecerá la armonía paradisíaca, la cual alcanza al reino animal, incluida la s. causante del primer pecado, la cual ya no será peligrosa, Is 11, 12-9; Is 65, 25. En el N. T., cuando Cristo envía al mundo a los discípulos, alude a la s. y les aconseja ser prudentes como ella, Mt 10, 16. El Bautista cuando bautizaba y se le acercaron los fariseos y los saduceos, los llama “raza de víboras”, Mt 3, 7; y Cristo retoma dicha expresión en Mt 23, 33. Cuando el apóstol Pablo naufragó, camino de Roma, preso, fue atacado por una víbora en la isla Malta, al coger unas ramas secas y acercarlas al fuego, Hch 28, 4-6.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.