Rey
latín rex, el que ejerce el poder en una nación con carácter vitalicio.
En la época patriarcal los pueblos estaban regidos por monarquías, a la cabeza de las cuales estaban reyes, faraones con poderes absolutos, tratados como dioses. Sin embargo, para los israelitas estos personajes no eran más que seres de carne y hueso, débiles. A los israelitas la fe les dice que no necesitan un rey terrenal, para ellos el Señor del universo es Yahvéh, en cuyas manos están los reyes de la tierra. Aunque en la epoca patriarcal escasamente se habla de monarquía, de realeza, sí se da a entender el señorío de Yahvéh sobre el mundo, su función, hablando antropomórficamente de reinar, de ejercer el dominio real sobre el mundo para defender y salvar a su pueblo, ya que Israel es su reino. Las intervenciones de Yahvéh en favor de su pueblo son presentadas como supremo dominio soberano del Señor. En el cántico de Moisés, el éxodo y el paso del mar Rojo son acciones regias de Yahvéh, el omnipotente que reina eternamente, Ex 15, 1,-21.
Época preestatal: Moisés y Josué eran los jefes israelitas durante la marcha por el desierto. Cuando murieron los jefes el desorden se apoderó de ellos y desagradaban a Yahvéh, sin tener en cuenta que Él los había sacado de Egipto. Siguieron a otros dioses de los pueblos de alrededor, Jc 2, 11-12. Yahvéh los dejó solos y fracasaron en sus campañas y quedaron bajo el poder de los salteadores y los saqueadores, Jc 2, 14-15.
Con el fin de lograr instaurar el orden nombraron jueces, quienes se encargaban de guiarlos en la guerra y administraban la justicia. Aún así, obedecían a los jueces y terminaron siguiendo a otros dioses postrándose ante ellos, Jc 2, 17. Tal vez por la falta de un guía o un r., porque cada uno lo que le parecía bien, Jc 17, 6.
Samuel y Saúl: Los filisteos y los ammonitas tenían acorralado al pueblo israelita que se encontraba disperso y desordenado, así que en la segunda mitad del siglo XI a. C., las tribus israelitas se unieron y conformaron una unidad estatal con un rey como máxima autoridad. Esa responsabilidad quedó en manos de Saúl, un hombre que al igual que los jueces de la época preestatal se había destacado como una especie de héroe tribal, especialmente en la lucha contra los ammonitas, 1 S 11, 1-11.
Saúl era benjaminita pertenecía a una tribu cuyo territorio estaba localizado al centro del país y había rechazado desde un principio los intentos separatistas, pero no tenía poder militar ni político, por lo que no podía centralizar al gobierno. Así que Samuel fue el verdadero fundador del reino israelita, vidente, profeta y último juez de Israel. Al hacerse viejo, puso como jueces a sus hijos Joel y Abías, pero, atraídos por el lucro, se dejaron sobornar y torcieron el derecho, 1 S 8, 1-3.
Los ancianos de Israel se reunieron y exigieron a Samuel que les pusiera un r. para que los juzgara así como en todas las naciones, 1 S 8, 5.
Samuel invocó a Yahvéh quien le dijo que hiciera caso a todo lo que el pueblo le decía. Porque no lo habían rechazado a él sino a su propio Yahvéh, para que no reine sobre ellos, 1 S 8, 7. Esto es negativo frente a la instauración de la monarquía, al igual que la descripción que Samuel hace del fuero del r. que va a reinar sobre los israelitas: “Tomará vuestros hijos y los destinará a sus carros y a sus caballos y tendrán que correr delante de su carro. Los empleará como jefes de mil y jefes de cincuenta; les hará labrar sus campos, segar su cosecha, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros. Tomará vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores. Tomará el diezmo de vuestros cultivos y vuestras viñas para dárselo a sus eunucos y a sus servidores. Tomará vuestros criados y criadas, y vuestros mejores bueyes y asnos y les hará trabajar para él. Sacará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos. Ese día os lamentaréis a causa del rey que os habéis elegido, pero entonces Yahvéh no os responderá, 1 S 8, 11-18.
Pero el pueblo se mantuvo firme en su idea: “¡No! Tendremos un rey y nosotros seremos también como los demás pueblos: nuestro rey nos juzgará: irá al frente de nosotros y combatirá nuestros combates”, 1 S 8, 19, 20. A raíz de este intercambio de palabras entre Samuel, como representante del partido conservador, y el pueblo, como partido renovador, en la tradición se advierten diversas tendencias en lo que respecta al modo en cómo Saúl llegó a ser r. Una de las versiones es promonárquica en cuanto a su nombramiento y unción, 1 S 9, 1-10, 16.
Otra muestra un acusado espíritu antimonárquico, hasta el punto de reseñar que un grupo de la oposición optó por despreciar al r., 1 S 10, 17-27. En una tercera versión se pone de manifiesto la ratificación por parte de todo el pueblo de la autoproclamación de Saúl como r. y jefe de los israelitas tras haber derrotado a los ammonitas, 1 S 11, 14-12, 25.
Finalmente el relato de la dimisión de Samuel como juez acusa nuevamente un espíritu antimonárquico, 1 S 11, 14-12, 25. El partido monárquico acabó imponiéndose e Israel contó así con un r. que, al principio, poco se diferenciaba de la carismática personalidad de los jueces en su calidad de jefes.
El reino de Saúl: La petición del pueblo era que Saúl fuera un jefe competente para sus ejércitos, y que, al mismo tiempo administrase justicia, 1 S 8, 20. Desde el punto de vista de la política exterior estaba justificado por los ataques de los filisteos y los ammonitas. Así, el reino de Saúl era, en primer lugar, una monarquía militar nacional cuya función consistía en reunir, bajo un solo mando supremo, a todas las tribus israelitas a fin de poder defenderse ante las pretensiones de los pueblos enemigos sobre su territorio. Al mismo tiempo tenía como misión el ejercicio de las funciones judiciales y sacerdotales en los casos en que el pueblo incurría en algún pecado ritual, 1 S 14, 31-35. La unción de Saúl como r. estuvo precedida por la elección hecha por Yahvéh. Al ser ungido quedó convertido en caudillo de su heredad. Al ser ungido de Yahvéh, su vida se volvió sagrada. El espíritu de Yahvéh le invadió y entró en trance, quedando cambiado en otro hombre, 1 S 9-13, es decir, la elección y la unción de Saúl como r. llevaban implícita la sucesión dinástica: Muerto Saúl, su hijo Isbaal fue proclamado r. de Israel y solamente la casa de Judá siguió a David, 2 S 2, 10.
El fuero real: Elegido Saúl como r. Samuel dictó al pueblo el fuero real, y lo puso por escrito, depositándolo delante de Yahvéh, 1 S 10, 25. Los preceptos deben entenderse como lo relativo a lo que un r. no debe ser ni debe hacer: “Si cuando llegues a la tierra que Yahvéh tu Dios te da, la tomes en posesión y habites en ella, dices: “Querría poner un rey sobre mí como todas las naciones del alrededor, deberás poner sobre ti un rey elegido por Yahvéh, y a uno de entre tus hermanos pondrás sobre ti como rey; no podrás darte por rey a un extranjero que no sea hermano tuyo. Pero no ha de tener muchos caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto para aumentar su caballería, porque Yahvéh ha dicho: ‘No volverás a ir jamás por ese camino’. No ha de tener muchas mujeres, cosa que podría descarnar su corazón. Tampoco deberá tener demasiada plata y oro. Cuando suba al trono real, deberá escribir esta Ley para su uso, copiándola del libro de los sacerdotes levitas. La llevará consigo; la leerá todos los días de su vida para aprender a temer a Yahvéh su Dios, guardando todas las palabras de esta Ley y estos preceptos para ponerlos en práctica. Así su corazón no se engreirá sobre sus hermanos, y no se apartará de estos mandamientos ni a derecha ni a izquierda. Y así prolongará los días de su reino, él y sus hijos, en medio de Israel»”, Dt 17, 14-20.
David: Después del error cometido por Saúl Yahvéh buscó “un hombre según su corazón” y le designó “caudillo de su pueblo”, 1 S 13, 14; ese hombre fue el joven David que, a su vez, fue ungido r. por Samuel. A través de la profecía de Natán, Dios le anunció que su reino se afianzaría, quedando así establecida la base de la perpetuación de la dinastía de David en el reino meridional de Judá y con él las expectativas mesiánicas: “Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidará el trono de tu realeza. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres, pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl, a quien quité de delante de mí. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme eternamente”, 2 S 7, 12-16. Israel, el reino del Norte: Mientras que en Judá, el reino del Sur, se mantuvo la continuidad dinástica de la casa de David, en el reino del Norte se sucedieron diversas dinastías. Jeroboam I, el primer r. de Israel tras la destrucción de la unidad del reino a la muerte de Salomón, también fue elegido por Dios, 1 R 11, 29-38, pero la monarquía davídica permaneció intacta, aunque limitada a la tribu de Judá, 1 R 11, 36. Dios prometió, asimismo, a Jeroboam, que su reino se afianzaría, si bien bajo una condición: “Si escuchas todo cuanto yo te ordene, y aridas por mi camino, y haces lo recto a mis ojos guardando mis decretos y mis mandamientos como hizo David mi siervo, yo estaré contigo y te edificaré una casa estable como se la edifiqué a David. Te entregaré Israel”, 1 R 11, 38. Cuando Jeroboam, tras la división política de ambos reinos, intentó impedir que los habitantes de Israel siguiesen peregrinando al templo de Jerusalén, mandó colocar dos becerros de oro en los altos de Betel y Dan, declarados centros oficiales del culto e instituyó una fiesta semejante a la de las Tiendas, 1 R 12, 26-33. “Este proceder hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam y fue causa de perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra”, 1 R 13, 34. La sucesión hereditaria al trono se vio interrumpida una y otra vez en lo sucesivo por conspiraciones y asesinatos. Magnicidas fueron: Basá, Zimrí, Omrí, Jehú, Sallum, Menajem, Pecaj y Oseas.
Ceremonial: El ceremonial del nombramiento de un nuevo r. consistía en la unción en el templo y la entronización en el palacio. La unción estaba reservada a los sacerdotes, por lo que ningún profano podía ser ungido, Ex 30, 32. La única excepción era el r, a quien podía ungirle un hombre de Dios, un sacerdote o un profeta. Saúl lo fue por el profeta Samuel, 1 S 10, 1 ss.; David también por Samuel, 1 S 16, 1 ss.; Salomón por el sacerdote Sadoq, 1 R 1, 39; Jehú por un discípulo del profeta Eliseo, 2 R 9, 6; Joás por el sacerdote supremo Yehoyadá, 2 R 11, 12. En el AT se detallan dos ceremoniales, el de la entronización de Salomón, 1 R 1, 33 ss., y el de la iniciación del reinado de Joás, 2 R 11. Las insignias reales que se imponían al monarca eran la diadema, 2 R 11, 12, y el brazalete, 2 S 1, 10. También se le hacía entrega del fuero real o Testimonio, 2 R 11, 12. El nuevo r. recibía ciertos nombres simbólicos que debían expresar algo relacionado con su futuro reinado. Algunos salmos formaban parte del ritual, Sal 2; 72; 110. Tras la entronización tenía lugar la aclamación por el pueblo, 2 R 11, 12.
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