Pobreza
estado del que carece de lo necesario para vivir. Los pobres ocupan en las sagradas Escrituras un lugar preponderante, el que no se les da en la historia mundana. Comenzando por el pueblo de Israel que se formó en la p. más extrema. La travesía por el desierto la llevó a cabo con toda clase de privaciones, con todo tipo de penurias. Su subsistencia dependió de la voluntad divina, el maná y las codornices que le mandó; de los milagros de Moisés, por el poder de Dios, para conseguir la bebida, quien hizo manar fuentes de las rocas y tuvo que descontaminar fuentes de agua para que Israel pudiera saciar la sed en el desierto. Ésta fue una prueba necesaria para que después el pueblo entrara a disfrutar de la abundancia en la Tierra Prometida; por esto dice la Escritura: “Te humilló y te hizo pasar hambre, y después te alimentó con maná”, Dt 8, 3; igualmente, tras haberle anunciado la entrada en una tierra que mana leche y miel, Dt 8, 7-10, Yahvéh le dice al pueblo: “Guárdate de olvidar a Yahvéh... que te sacó de Egipto de la casa de la servidumbre, que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones, lugar de sed y sin agua, pero hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres, a fin de humillarte y ponerte a prueba para al final hacerte feliz”, Dt 8, 11-16.
Esta bendición de Yahvéh a su pueblo la Tierra Prometida, la fertilidad del suelo y la abundancia de frutos es la realización de la promesa hecha a los padres del pueblo de Israel, pero Yahvéh le advierte a Israel; “No por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón vas a entrar en posesión de la tierra, sino... por cumplir la palabra que juró a tus padres, Abraham, Jacob e Isaac”, Dt 9, 5-6. Es decir que la bendición que elimina la pobreza es fruto de la vida justa, como se dice en los libros sapienciales, Pr 3, 16; 15, 6; 19, 23; 28, 20; Jb 5, 24; 2, 10.
La bendición está ligada a la fidelidad del hombre a Dios depende del cumplimiento de los mandamientos y preceptos, condición de la Alianza del Sinaí. Por eso Yahvéh dice que maldecirá la tierra y los israelitas serán sujetos de nuevo a la miseria si incumplen con la Alianza, Dt 28, 15-68. Por esto, en muchos pasajes bíblicos la p. se considera consecuencia del pecado. Sin embargo, también es considerada como fruto de la injusticia social, pues aunque la tierra fue distribuida al entrar en Canaán de manera equitativa, con el tiempo se presentaron los desequilibrios sociales, hasta el punto de que muchos vendieron sus tierras, para provecho de los poderosos, y muchos se vieron en la necesidad de entregarse como esclavos de sus propios connacionales. Las injusticias son denunciadas, Ex 21, 16; 22, 20-21 y 25-26; Lv 19, 13-14. Por esto se establecieron leyes al respecto, Ex 21; se estableció el año sabático y el jubileo, Ex 23, 10-11; Lv 25; Dt 15, 1-11. La Ley, recordando la estancia en la esclavitud en Egipto, dice: “No tuerzas el derecho del pobre en sus pleitos... No oprimas al forastero; ya sabéis lo que es ser forastero, porque e forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto”, Ex 23, 6-9.
Los profetas se distinguieron por la denuncia constante de la injusticia social. Denuncian la opresión a que el rico somete al pobre, la vida de lujos a costa de los más necesitados, los crímenes de sangre cometidos por despojar a los desvalidos de lo poco que tienen, Am 2, 6-8; 8, 4-6; 3, 10; 5, 11-13; Isaías denuncia la hipocresía de los principales de Judá, tan cumplidores de los ritos, pero sin escrúpulos para explotar al necesitado y derramar su sangre, Is 1, 10-16; 3, 11-15. De igual forma se expresa Jeremías, quien anuncia el castigo, la destrucción de Jerusalén, la deportación y el fin de su rey que será enterrado como un asno, Jr 7; 22.
En el N. T. lo primero que se pone de presente es que el Evangelio es la Buena Nueva para los pobres, Mt 11, 5; Lc 4, 18. Los escritos neotestamentarios no cesan de exhortar a la caridad y al socorro de los más necesitados. Jesús exige la limosna, pero con sinceridad, sin ostentación, Mt 6, 2-4; del cumplimiento de esta exigencia evangélica depende nuestra suerte en el juicio final, allí pesarán las obras de misericordia para con el prójimo, Mt 25, 31-46. Esto es ilustrado por Jesús en la parábola de Lázaro y el rico epulón, Lc 16, 19-31. Otros ejemplos muestran este ideal evangélico, como la aceptación de Mateo al llamado de Jesús, se compromete a resarcir a sus semejantes por las injusticias cometidas como recaudador de impuestos, devolviendo el cuádruple, además de entregar al mitad de sus bienes a los pobres, Lc 19, 8. La pureza de corazón se obtiene, dice Lucas, dando limosna, Lc 11, 41; con lo cual se acumula un tesoro inagotable para el cielo, “porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón, Lc 12, 33-34. Jesús dijo en las bienaventuranzas, “Bienaventurados los pobres de espíritu”, Mt 5, 3, refiriéndose a los pobres y humildes como aptos para recibir el Reino de Dios, pues toda su confianza la tienen puesta en la fidelidad de Dios, ya que los poderosos la ponen en sus posesiones materiales, como se dice en Sal 52 (51), 9. Poder, autoridad, dominio, imperio. Esto corresponde en las Escrituras solamente a Dios, todos los poderes están sometidos a la potestad divina, hasta los poderes del mal, Sal 62 (61), 12. El p. de Dios se manifiesta en la creación, el cosmos surgió de la victoria de Dios sobre los poderes del caos primordial, Gn 1; y la mantiene con su poder, Sal 65, 6-8; 148, 5-6.
El espíritu de Dios da poderes a los hombres Gn 1, 26-31; Sal 8, 5-9. Sin embargo, interviene en ciertos momentos históricos de su pueblo de Israel, lo libera de sus enemigos, Ex 15, 6-7; Dt 5, 15.
En las Escrituras para celebrar la omnipotencia de Dios los israelitas se refieren a él como “el fuerte de Jacob”, Gn 49, 24; “el fuerte de Israel”, Is 1, 24.
En el N. T. el Espíritu de Dios otorga poderes a Jesús, Mc 1, 10; es portador de la autoridad y el poder divinos, por esto Jesús realiza actos insólitos en el Templo, la entrada triunfal como Mesías, la expulsión de los mercaderes, las curaciones milagrosas, sobre lo cual los sumos sacerdotes y los ancianos le preguntaron que con qué autoridad hacía todo eso, y Jesús los calló con otra pregunta sobre si el bautismo de Juan era del cielo o de los hombres, Mt 21, 23-27; Mc 11, 27-33; Lc 20, 1-8.
Jesús recibió de su Padre el p. para perdonar los pecados y para luchar contra los poderes del mal, a los cuales ha de imponerse el Reino de Dios; todo ha sido puesto por el Padre en manos de Jesús, Jn 3, 35; 13, 3; 17, 2; y éste es el fundamento de su realeza, Jn 18, 36-37; que inaugurará el día de su glorificación, Jn 12, 32; Hch 2, 33; Ef 4, 8; y el reinado del Príncipe de este mundo llegará a su fin, Jn 12, 31. Este p. también transmitió a sus apóstoles, para hablar, obrar y luchar contra el mal, en su nombre: “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo cuanto yo os he mandado”, Mt 28, 18.
El apóstol Pablo dice que la prueba más importante del poder de Dios es la resurrección de su propio hijo, Rm 1, 4; 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Col 2, 12; Ef 1, 19-20.
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