Piedra
griego y latín petra. Sustancia mineral dura y sólida. La p. desde los tiempos bíblicos tenía diferentes usos, como material de construcción, 1 R 5, 31; 7, 9-12; 2 R 12, 12; 22, 6; 1 Cro 22, 5. En las fortificaciones, como defensa, 2 Cro 16, 6; Jdt 1, 2; 1 M 5, 47; 10, 11. Se usaban las piedras corrientemente, en la vida diaria, para cerrar los pozos, Gn 29, 2; para tapar la entrada de un sepulcro, Mt 27, 60; como cabezal para descansar en el camino, Gn 28, 18. En la guerra se empleaban piedras como proyectiles, lanzadas con la honda, Jc 20, 16; 1 S 17, 40 y 49; cuando avanzaron las técnicas de guerra, se lanzaban las piedras con catapultas, 1 M 6, 51.
En el aspecto religioso la p. desempeña un papel fundamental. Yahvéh le entregó a Moisés, en el monte Sinaí, dos piedras en las que estaba inscrito el decálogo, Ex 24, 12; 31, 18; 34, 1; Dt 4, 13; 5, 22. Las piedras servían de altar; pero no debían labrarse, sobre ellas se hacían sacrificios, Ex 20, 25; Dt 27, 5-6; 1 S 6, 14-15; 14, 33; se erigían como estelas conmemorativas en la época patriarcal, Gn 28, 22; 35, 14; Ex 35, 20; Jos 4, 5; 1 S 7, 12; como testigo, Gn 31, 51-52; Jos 24, 26-27; sin embargo, las estelas fueron prohibidas en Ex 23, 24; Lv 26, 1; Dt 7, 5; 12, 3; 16, 22; Os 10, 1; Mi 5, 12, pues podían ser ocasión de idolatría. Séfora, la mujer de Moisés, circuncidó a su hijo con un cuchillo de pedernal, Ex 4, 25; de igual manera Josué circuncidó a los israelitas con cuchillos de p., de pedernal, Jos 5, 2. Los pueblos paganos esculpían sus ídolos en p., costumbre ésta que también penetró en el pueblo de Israel a pesar de la prohibición hecha en la Ley, Dt 4, 28; 28, 36; 29, 16; Is 37, 19; Jr 3, 9; Ez 20, 32; Ha 2, 19.
En cuanto a las piedras preciosas estas formaban parte de los ornamentos sacerdotales, el pectoral del juicio llevaba cuatro filas de tres piedras preciosas cada una, doce en total, correspondientes a los nombres de las doce tribus de Israel, Ex 28, 17-20; 39, 10-13. El profeta Ezequiel dice que, en el jardín de Edén, el manto del hombre estaba formado por toda clase de piedras preciosas, Ez 28, 13. En Palestina es muy raro encontrar piedras preciosas, de suerte que eran llevadas de otros sitios, como se dice en varios lugares, de Ammón, 2 S 12, 30; de Sabá, 1 R 10, 1-2; de Ofir, 1 R 10, 11; de Edom, Ez 27, 16; de Ramá, Ez 27, 22. En la Jerusalén mesiánica del Apocalipsis las murallas y sus pilares simbólicos estarán hechos de piedras preciosas, Ap 21, 18-20.
Metafóricamente figuradamente. Es un término muy usado en las Escrituras.
Para significar insensibilidad dureza de corazón, 1 S 25, 37; Ez 11, 19; 36, 26. La p. angular, que forma la esquina de un edificio, que se pone para unir dos paredes en ángulo, o la que es el punto de partida de una construcción, es mencionada en Sal 118 (117), 22; contra Samaría, dice Yahvéh que puso una p. angular en Sión, la de la nueva Jerusalén asentada sobre el derecho y la justicia, quien tenga fe en ella no vacilará, Is 28, 16. En el N. T., esta misma imagen de la p. angular, la p. fundamental, se aplica a Cristo, pues es el fundamento de nuestra fe y de nuestra salvación, Mt 21, 42; Hch 4, 11; Ef 2, 20; 1 Co 3, 11; 1 P 2, 4-8. Jesús al instituir su Iglesia nombra al apóstol Pedro como su jefe, y le dice: “Tú eres Pedro y sobre esta p. edificaré mi Iglesia”, Mt 16, 18; el término griego Pétros, de petra, en arameo Kefa, p., desde este episodio neotestamentario se usa como nombre propio. Pilato Poncio, procurador romano de Judea, Idumea y Samaría, del año 26 al 36 de nuestra era. Nada se sabe de la vida de este personaje antes de ser procurador de Judea. Flavio Josefo, historiador judío, lo pinta como administrador duro, que no entendió las convicciones religiosas de los judíos ni su orgullo nacional. Fue criticado duramente como cruel y despiadado al defender los intereses romanos. Vitelio, que era gobernador en Siria, lo vigilaba y presionaba, por ser aquél amigo de los judíos y los samaritanos. Cuando se presentó la rebelión de los galileos y los samaritanos, P. la sofocó de manera violenta y sangrienta, lo que le dio la oportunidad a Vitelio de acusarlo de mala administración. P. debió presentarse en Roma a dar cuenta de lo sucedido ante el emperador Tiberio, quien murió antes de la comparecencia de P. Después de esto, la vida de P. se diluye en la leyenda; según Eusebio de Cesarea, historiador de la Iglesia, se suicidó, siendo emperador Calígula.
Después de prender a Jesús y de condenarlo a muerte por blasfemia los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín, lo llevaron al pretorio, ante el procurador P., Mt 27, 1-2; Mc 15, 1; Lc 23, 1; Jn 18, 28; pues Roma se reservaba el derecho de imponer la pena de muerte en sus provincias, y en este caso el procurador era la autoridad competente para confirmar la sentencia de muerte dictada por el Sanedrín, Jn 18, 31.
La intervención de P. en el juicio de Jesús tiene dos matices en Marcos se dice que P. preguntó a Jesús si era el rey de los Judíos, a lo que respondió: “Sí, tú lo dices”; el procurador siguió haciendo preguntas sobre las acusaciones de los judíos, pero Jesús calló, dejando sorprendido a P. Por Pascua era costumbre soltar un reo, el que el pueblo pidiera, y la gente se acercó al pretorio para exigir lo que se solía conceder, sin pensar en Jesús. P., entonces, viendo que lo habían entregado por envidia, creyó que era la oportunidad de proponer el indulto de Jesús y quitarse de encima un caso fastidioso; pero los sumos sacerdotes le dañaron el plan, pues cuando preguntó si querían que soltara a Jesús, inmediatamente incitaron a la multitud para que pidiera la libertad de un delincuente, Barrabás. P., para complacer a la gente, soltó al delincuente y condenó a Jesús, Mc 15, 2-15. Según Mateo, P. comete el error de poner a la gente a escoger entre Barrabás y Jesús. También habla del mensaje que le hizo llegar su mujer a P., para que no se metiera con ese justo, pues había sufrido mucho en sueños por su causa. P., que quería salvar a Jesús, en vista de que nada adelantaba, pues el pueblo pidió su crucifixión, se lavó las manos, declarándose inocente de esa sangre. El pueblo, entonces, aceptó la responsabilidad de la muerte que pidió, Mt 27, 11-26. Lucas dice que Pilato no encontró culpa laguna en Jesús para condenarlo a muerte, y al saber que era galileo lo remite al rey Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, ante quien Jesús guarda silencio. Devuelto a P., este insiste en que ni él ni Herodes han hallado culpa en Jesús, y que tras unos azotes lo soltaría. El pueblo gritó que soltaran a Barrabás. P. de nuevo habló, pensando salvar a Jesús, y aún por tercera vez, pero arreciaba la gritería pidiendo que Jesús fuera crucificado. P., al fin, accedió, Lc 23, 2 25. Juan presenta un episodio más largo, lo mismo el diálogo del procurador con Jesús. P. considera a Jesús libre de todo delito. Pero aquí se presenta la presión política de los judíos, que le dicen que si suelta a Jesús, no es amigo del César; pues todo el que se hace rey se enfrenta al César. Estas narraciones evangélicas han causado polémica sobre el papel de P. en la muerte de Cristo, la Iglesia antigua tendía a cargar la mayor parte de la culpa a los judíos, que se echan sobre sus cabezas la sangre de Jesús; otros han juzgado que P. actuó por intereses personales mezquinos, antepuestos a la convicción manifiesta de la inocencia de Jesús.
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