Nombre
el n. de una persona u objeto se vincula a su realidad. Entre los hebreos, al darle n. a una cosa o la pronunciación del n. puede tomarse posesión de la misma. Así, Adán adquiere potestad sobre animales y plantas a raíz de haberles puesto n., Gn 2, 19 ss.; igualmente, un monarca tomaba posesión de una ciudad o un territorio dándole su n., 2 S 12, 28; Am 9, 12. Dar un n. era privilegio de el padre, la madre o un ser superior.
Reconocer el n. de Dios implica un acto de fe en Él; el n. de Dios es Dios mismo, Lv 4, 11-16, e indica su naturaleza y carácter trascendente a todo sitio terrenal, Dt 12, 5; 2 Cr 20,8. El n. de Dios proporciona refugio y protección, Sal 124, 8; Jer 10, 6. Tener varios n. indicaba importancia, Jb 30, 8. En muchos casos, los nombres propios expresan una relación especial con Dios. Los cambios de n. de determinadas personas muchas veces tenían la función de caracterizar su misión, Gn 32, 28; 2 R 23, 34.
Yahvéh da conocer su nombre al hombre en el A. T. Gn 17, 1; Ex 3, 14; 6, 2, y se dirige a él también con su nombre. Dios en el A. T. se le llama de diferentes formas, manifestando que el n. se considera íntimamente ligado a su esencia. Jesús manifiesta que el n. se trata de una nueva forma de actuación salvífica cuando dice expresamente a sus discípulos que se dirijan a Dios con el nombre de Padre. Y un preludio en tal sentido lo encontramos en las palabras que el ángel del Señor dirige a José al ordenarle que ponga al hijo de María el nombre de Jesús, Yahvéh salva, Mt 1, 21-23. Norte, punto cardinal considerado como el lugar de la divinidad, Ez 1, 4.
Cuando Lucifer quiso tomar el lugar de Dios se fue hacia el norte, Is 14, 13. Los sacrificios se realizaban en la parte N. del altar, Lv 1, 11; Sal 41, 2. También el N. era fuente de peligro, Is 14, 31; Jl 1, 14; 4, 6, también símbolo de la tribulación, Jer 1, 14; 4, 6.
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