Mundo
no existe un término en el A. T. hebreo para designar el m., el cosmos. El término griego Kósmos aparece en los escritos tardíos en griego, en la Sabiduría, en Macabeos. Para significar el m. se encuentra en el A. T. la palabra “todo”, “Yo, Yahvéh, lo he hecho todo”, Is 4, 24; “Tuyo, oh Yahvéh, es el reino; tú te levantas por encima de todo”, 1 Cro 29,11. No existe entre los israelitas la preocupación por buscar explicaciones científicas del origen del m., sino más bien por comprender y proclamar el m. como creación de Dios; ni existía un concepto, una abstracción como las de los griegos, cosmos, naturaleza. Para los israelitas el m. es algo orientado hacia Yahvéh, el lugar de la presencia benéfica de Dios para el hombre. El h. está ligado indisolublemente al m., Dios lo creó con polvo dela tierra y ese es su destino, volver al polvo, Gn 2, 7. Los israelitas se refieren al m., al universo entero, como cielo y tierra, Gn 1, 1; “cielo, tierra y mar”, Ex 20, 11. No hay en la Biblia una descripción unitaria del m., pero hay pasajes de los que se puede deducir, y se ve como una estructura en la que los elementos están relacionados entre sí. Esa estructura es tripartita, el cielo, arriba; la tierra, aquí abajo; y los infiernos, el seol, bajo tierra, tal como se lee en Ex 20, 4. En el cielo están las estrellas, los astros, que son creación de Dios, no tienen el carácter divino que muchos pueblos antiguos les dieron. El sol es signo de estabilidad, del que se dice en el Génesis: “Mientras dure la tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche no cesaron”, Gn 8, 22. El cielo es la sede de Yahvéh, “Él está sentado sobre el orbe terrestre, cuyos habitantes son como saltamontes; él expande los cielos como un tul, y los ha desplegado como una tienda que se habita”, Is 40, 22. Dios está en los cielos, pero está presente en el Templo, es decir, Dios es trascendente pero no lejano; el universo no es una emanación de Dios, como en muchas cosmogonías antiguas. Los fenómenos atmosféricos, que eran personificados por los cananeos, tenían, por ejemplo, el dios de la tempestad, para los israelitas es Dios quien los provoca a la vez que los controla, Is 29, 6; Os 13, 15. La tierra para los hebreos era una superficie cuya centro estaba en Jerusalén, Ez 5, 5; 38, 12. Al igual que como concibe los fenómenos atmosféricos, los geofísicos, como los diluvios, terremotos, las tempestades, la actividad volcánica, están en manos de Dios, el los provoca, los usa, los controla. Las teofanías están acompañadas de estos signos, Ex 19, 16-18; Dt 4, 10-12; 5, 4 y 25-26. En Jueces se lee, “Cuando saliste de Seír, Yahvéh, cuando avanzaste por los campos de Edom, tembló la tierra, gotearon los cielos, las nubes es agua se fundieron. Los montes se licuaron delante de Yahvéh, el Dios de Israel”, Jc 5, 4-5; Sal 97 (96), 4-5. El mundo subterráneo, Dt 32, 22; el seol, relacionado con la muerte, es el mundo de los muertos, lugar del olvido, tenebroso, que también controla Yahvéh, pues “da muerte y vida, hace bajar al seol y retornar”, 1 S 2, 6; Sal 139 (138), 8; Jb 7, 9; 17, 3 y 16. El m. es, entonces, percibido como manifestación de la omnipotencia de Dios.
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