Muerte
fenómeno universal que marca la cesación de la vida. El hombre fue creado finito, caduco, “El Señor creó al hombre de la tierra y a ella le hará volver de nuevo. Asignó al hombre días contados y un plazo fijo”, Si 17, 1-2; Qo 3, 20; 12, 7. Como los israelitas no tenían una concepción dualista del hombre como compuesto de materia y espíritu, el hombre, al contrario, es uno, un ser viviente, y, por tanto, la m. no significaba la separación de estos dos principios, como lo concebía los la antropología de los griegos. La m. era la pérdida del aliento vital, Gn 7, 15; 1 R 17, 17; Sal 146, 4; del hálito de vida, Gn 7, 22; así, la m. es dar el último suspiro, Jb 11, 20. El Génesis dice: “Entonces Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”, Gn 2, 7; Job lo llama aliento de Dios, Jb 27, 3.
El término hebreo nefes indica al ser animado por un soplo de vida manifestado también por el espíritu, ruaj, términos estos traducidos impropiamente por alma. No existía, tampoco, un concepto claro de inmortalidad entre los hebreos, éste se desarrolló lentamente. Quien moría bajaba al seol, palabra de origen desconocido, con la que se designaba las profundidades de la tierra, el inframundo, Gn 37, 35; 1 S 2, 6; Dt 32, 22; Is 14, 9. No existía tampoco el concepto de premio y castigo en ultratumba, al seol iban todos, buenos y malos, independientemente de la conducta terrenal; en el seol están todos mezclados, de sus garras nadie se salva, Nm 16, 33; 1 S 28, 19; Sal 89 (88), 49; Ez 32, 17-32. Sal 104, 29-30. En el seol, mansión de los muertos, de las sombras, se acaban las relaciones del hombre con el mundo, sus semejantes y Dios; quien está muerto ya no piensa en Dios, “porque en la muerte nadie de ti se acuerda” Sal 6, 6; 30 (29), 10; 88 (87), 4- 6 y 11-12; 115 (113 B), 17-18; Qo 9, 10; Is 38, 18. Sin embargo, el poder omnipotente de Dios vivo, se ejerce en esa desolación, “porque Yahvéh da muerte y vida, hace bajar al seol y retornar”, 1 S 2, 6; Sb 16, 13; Tb 13, 2; Am 9, 2. La doctrina de la recompensa de ultratumba, la superación de la idea del seol, comienza a aparecer con la esperanza del salmista, que piensa que no puede ser igual la suerte del impío a la del justo, después de la m., Sal 16 (15), 10-11; 49 (48), 16; y ya plenamente hacia finales del A. T., asociada con la creencia en la inmortalidad, con la resurrección, Sb 3; 1 M 2 M 7, 9; 12, 38-46.
El dualismo materia-espíritu cuerpo-alma, aparece con la influencia del helenismo, del cual encontramos unos asomos en el libro de la Sabiduría, que establece una diferencia entre el cuerpo y el alma y la preeminencia de ésta sobre aquél, Sb 8, 19-20; 9, 15. Esta misma diferencia entre cuerpo y alma, se en Mateo: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquél que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna”, Mt 10, 28. Jesús nos dice como pasar de la vida a la muerte: “En verdad, os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida”, Jn 5, 24; Jesús vino a traer el mensaje del amor que vivifica, Jn 3, 14 y 16.
Para Pablo la muerte física es una catástrofe 1 Co 15, 54-57; pero Cristo anuló la victoria de la muerte, triunfó sobre ella, resucitó y esta es la garantía del creyente, Hb 2, 14-15; 13, 20-21; Rm 8, 11; la incorporación a Cristo, que es la vida, nos la da la fe y el bautismo, Rm 1, 16-17; 6, 4-5.
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