Mentira
manifestación contraria a la verdad, cuyo fin es el engaño. Con este término se designa en las Escrituras desde el simple embuste hasta el fraude y la falsedad.
Se puede caer en la m. mediante la palabra o de obra. M. es cultar una verdad mediante respuestas evasivas, como la de Caín cuando Yahvéh le preguntó por su hermano Abel: “No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?”, Gn 4, 9. Se pueden decir verdades a medias, que constituyen mentiras, puesto que se dicen con el propósito de engañar, como cuando Abraham presentó a su mujer como hermana ante Abimelec, Gn 20, 2 y 12. Guardar silencio, como Judas Iscariote, quien no se dio por aludido cuando el Señor, en la última cena, se refirió a él indirectamente como el que lo traicionaría y lo entregaría, Jn 13, 21-30.
Los ídolos y la idolatría en general son llamados en las Escritura m. Am 2, 4; Mi 2, 11.
En el N. T. la m. aparece como el medio de que se sirve el demonio “padre de la mentira”, para engañar, Jn 8, 44. La m. contraria a la verdad está unida al mal, Rm 1, 25; 2 Ts 2, 9-12. En Hch 5, 1-11, se refiere un fraude, el de Ananías y su mujer, de quienes el apóstol Pedro dice que Satanás se apoderó de sus corazones, pues pretendieron engañar a los apóstoles por codicia, y que fueron terriblemente castigados. El apóstol Pablo, hablando de la nueva vida en Cristo, exhorta a los fieles cristianos: “Por tanto, desechando la m., decid la verdad unos a otros, pues somos miembros unos de otros”, Ef 4, 25; Col 3, 9.
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