Malco
nombre del siervo del sumo sacerdote a quien Pedro cortó una oreja con su espada cuando el prendimiento de Jesús, Jn 18, 10.
Maldición, palabra o acción a la que se consideraba capaz de hacer mal a una persona, una comunidad o nación. En los pueblos antiguos, como Egipto, Babilonia, Grecia, se han encontrado fórmulas de maldición contra salteadores y profanadores de tumbas. En Israel también se utilizó la m., y hasta se pone en boca de Dios, como cuando maldijo a la serpiente del paraíso, Gn 3, 14; al primer hombre por haber pecado, Gn 3, 17; a Caín por el crimen contra Abel, su hermano, Gn 4, 11. Los padres maldicen a sus hijos por sus malas acciones, Noé maldijo a Canaán, Gn 9, 25. Se maldecía un lugar, como lo hizo Josué tras destruir la ciudad de Jericó, maldijo a quien la reconstruyera, Jos 6, 26; lo que se cumplió mucho tiempo después, en el reinado de Ajab en Israel, 1 R 16, 34. Los juramentos iban acompañados de bendiciones y maldiciones, según su cumplimiento, 1 S 14, 24 y 28. Los tratados o las alianzas en Oriente antiguo terminaban con bendiciones y maldiciones, de acuerdo con el cumplimiento de los mismos. Así sucedió cuando Yahvéh le dio a Israel la ley, los mandamientos y preceptos al hacer alianza con él, de su cumplimiento dependen las bendiciones o maldiciones que sobre los israelitas recaerán, Dt 11, 26-28; 27, 15-26; 28, 15-68; Lv 26, 14-46. Pero estas maldiciones de Yahvéh se pueden revertir, siempre y cuando el pueblo se arrepienta de corazón, entonces Yahvéh descargará estas maldiciones contra los enemigos de su pueblo, Dt 30, 1-7. En el oráculo de la profetisa Juldá al rey Josías de Judá, cuando encontraron en el Templo el rollo de la Doctrina, Yahvéh dice que mandará sobre el pueblo todas las maldiciones escritas en el rollo, el Deuteronomio, por la infidelidad a la Alianza, 2 Cro 34, 24. La m. contra Dios, la blasfemia, se castigaba con la lapidación, Lv 24, 11-16; Ex 22, 27.
Las maldiciones son características en la predicación de los profetas Is 5, 8-24; Jr 22, 13-19; Ez 7, 5-26; Am 6, 1-7; Mi 2, 1-5; Ha 2, 6-20.
En el A. T. no se tenía por qué amar al enemigo, por el contrario, se le maldecía; pero Jesús manda amar hasta al enemigo, Mt 5, 44; “bendecid a los que os maldigan”, Lc 6, 28; Rm 12, 14; 1 P 3, 9.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.