Juan
Yahvéh es favorable. Nombre de varón. 1. J., por sobrenombre Gaddí, el Afortunado, hijo de Matatías, uno de los cinco hermanos macabeos, 1 M 2, 2. 2. J. ® Hircano. 3. J. Bautista, hijo del sacerdote Zacarías y de su esposa Isabel, descendientes de Aarón. Los esposos eran ancianos, e Isabel estéril, cuando a Zacarías se le apareció en el Templo el arcángel Gabriel, quien le dijo que sus ruegos habían sido oídos y le anunció que su esposa Isabel le daría un hijo al que debían poner por nombre J., el cual tendría el don de profecía desde el seno de su madre. Como Zacarías pidió una señal, es decir, dudó de las palabras del ángel, quedó mudo hasta el día en que niño fue circuncidado, a los ocho días de nacido, cuando se cumplió todo lo anunciado por el ángel del Señor, Lc 1, 5-25 y 59-66. De la niñez de J. Bautista el Evangelio sólo dice: “El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel”, Lc 1, 80.
Esta manifestación es decir, la predicación del Bautista comenzó, según Lucas, bajo Tiberio César, emperador romano, bajo las tretarquías de Herodes Antipas, Filipo y Lisanias, hijos de Herodes el Grande, y el pontificado de José, llamado Caifás, Lc 3, 1-2. Juan recibió la palabra de Dios en el desierto “y se fue por toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados”; las gentes de Judea y de Jerusalén, que acudían, eran bautizadas por él en el Jordán, confesando sus pecados, Mc 1, 4-5. J. se presentaba ante las gentes como el Precursor del Mesías, decía: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”, Mt 3, 11; Mc 1, 6-8; Jn 1, 26; Hch 1, 5; 11, 16. A J. le fueron enviados, desde Jerusalén, sacerdotes y levitas para indagar quién era; J. respondió que no era ni el Cristo, ni Elías, ni ningún profeta, citó las palabras del profeta Isaías, dijo que era “la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor”, Is 40, 3; Mt 3, 3; Lc 3, 4-6; Jn 1, 19-23. Igualmente, se le acercaban los fariseos y los saduceos, a quienes calificó de “raza de víboras”, Mt 3, 7; Lc 3, 7; expresión después usada por Jesús contra los miembros de estas sectas judías, Mt 12, 34; 23, 33.
Cuando Jesús se acercó a J. Bautista para ser bautizado éste dijo: “He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”; y J. repite lo dicho antes, que Jesús es de quien habló que venía detrás de él, y da testimonio de Jesús: “ése es el Elegido de Dios”, Jn 1, 29-34. Tras el bautizo de Jesús, Mt 3, 13-17; Mc 1, 9-11; Lc 3, 21; Herodes Antipas hizo prender a J., lo encarceló y fue decapitado, porque le recriminó el haber tomado para sí a Herodías, la mujer de su hermano Filipo, hijo de Herodes el Grande y la princesa asmonea Mariamne II, le decía: “No te es lícito tenerla”, Mt 14, 3-12; Mc 6, 17-29; Lc 3, 19-20. 4. Padre del apóstol Simón Pedro, Jn 1, 42; 21, 15-17. En Mt 16, 17, es llamado Jonás. 5. J. Evangelista, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, pescadores. En el mar de Galilea, estando en las faenas de pesca, J. fue uno de los primeros cuatro discípulos llamados por Jesús, Mc 1, 19-20.
Según algunas opiniones su madre podría ser Salomé, una hermana de la Virgen María, mujer que le brindó sus recursos económicos a Jesús, junto con otras mujeres, Mc 15, 40-41; Lc 8, 3. J. y su hermano fueron llamados por Jesús “Boanerges”, esto es, hijos de trueno, Mc 3, 17, tal vez por su temperamento fuerte, mostrado en aquel episodio en un pueblo samaritano donde fueron mal recibidos y los dos discípulos dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?”, Lc 9, 51-56.
Con Pedro y Santiago J. era del grupo íntimo de discípulos de Jesús que estuvo en la resurrección de la hija de Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, el texto sagrado dice: “Y no permitió que nadie lo acompañara, a no ser Pedro, Santiago y J.”, Mc 5, 37. Igualmente estos tres discípulos tuvieron el privilegio de estar en la Transfiguración del Señor, Mt 17, 1; Mc 9, 2; como lo corrobora Pedro en su epístola, 1 P 1, 16. En Getsemaní, cuando Jesús oraba en su agonía, también estaban los tres discípulos Pedro, Santiago y J., Mt 26, 36-37; Mc 14, 33. En la última Cena, en Jn 13, 22-23, se dice que J. estaba al lado de Jesús, literalmente “en el seno de Jesús”, y es “el que Jesús amaba”, expresión ésta que se repite cuando, ya en la cruz, Jesús se dirige a María y a J., “al discípulo a quien amaba”, y les dice, respectivamente: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; “Ahí tienes a tu madre”; y desde ese momento J. acogió a María en su casa, Jn 19, 25-27. Cuando María Magdalena va de madrugada el domingo al sepulcro de Jesús, y ve que han quitado la piedra de la entrada, corre a avisar a Pedro y al otro discípulo, “a quien Jesús quería”, quienes van hasta el sepulcro, pero Juan llega primero y lo encuentra vacío, Jn 20, 1-10; cuando entró en el sepulcro, dice el texto, “vio y creyó”. Después de la resurrección, cuando Jesús se aparece a sus discípulos a orillas del lago Tiberíades, también se dice de J. que es “el discípulo a quien Jesús amaba”, Jn 21, 7 y 20. Pedro, en esta oportunidad, le preguntó a Jesús qué sería de J., y Jesús respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa?”. Entre los hermanos esta respuesta de Jesús hizo correr la voz de que J. no moriría; pero Jesús no había dicho a Pedro tal cosa, Jn 21, 22-23.
En los Hechos de los Apóstoles a J. se le nombra tres veces al lado de Pedro: cuando se habla de la estancia donde vivían los discípulos en Jerusalén, Hch 1, 13; en los capítulos 3 y 4, cuando fueron al Templo, a la hora nona, donde encontraron un tullido al que curaron y Pedro dijo un discurso, tras el cual fueron detenidos y al día siguiente liberados; Pedro y J. fueron enviados a Samaría, donde sus habitantes creyeron en el Señor y se bautizaron por la predicación de Felipe, para que recibieran el Espíritu Santo, tras lo cual volvieron a Jerusalén, habiendo evangelizado muchos pueblos de esta región, Hch 8, 14-25. Pablo, en Ga 2, 9, dice que Santiago, Cefas y J. son las columnas de la Iglesia en Jerusalén. Al apóstol J. se le considera como el autor del Evangelio que lleva su nombre, del Apocalipsis y de tres Epístolas. Al apóstol J. se le llama comúnmente el “discípulo amado”, “el discípulo predilecto”, por las razones ya anotadas antes; su símbolo es el águila. 6. J., por sobrenombre ® Marcos, compañero de Pablo y de su primo Bernabé, en el primer viaje misionero del Apóstol, a quien la tradición considera como el autor del segundo Evangelio.
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