Gálatas
epístola a los, carta del apóstol Pablo dirigida a las iglesias de Galacia, escrita tal vez en la ciudad de Éfeso entre los años 54-55 d. C. A pesar de las dudas, por lo general se cree que la epístola fue dirigida a las comunidades cristianas de la Galacia primitiva, no a la provincia romana.
Esta carta está emparentada con la epístola a los Romanos ambas tocan el mismo problema, el judaísmo y el cristianismo. En las iglesias de Galacia se infiltraron los llamados “judaizantes”, los cuales afirmaban la necesidad de la Ley judía, la circuncisión, para poder ser auténticos cristianos. Esto trataba de echar por tierra toda la enseñanza paulina acerca del camino directo para llegar a Cristo, sin más rodeos. Esto motiva el escrito que se caracteriza por el lenguaje duro, desde el mismo saludo, y la perplejidad de Pablo ante estos hechos: “Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para pasaros a otro evangelio —no se que otro, sino que hay algunos que os están perturbando y quieren deformar el Evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea maldito!”, 1, 6-8.
Pablo se opone vehementemente en G. a las ideas judaizantes, considerándola un retroceso que inutiliza la obra de Cristo, 5, 4; y no es que el Apóstol desdeñe la Ley antigua, sino que ésta ya cumplió su función, fue algo provisional en la historia de la salvación, “La Ley fue nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe. Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”; por esta fe todos los hombres son descendencia de Abraham y herederos de la promesa, pero no ya según la carne; es el linaje de Dios formado por los que creen en Cristo, judíos, gentiles, libres o esclavos, “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis bautiza en Cristo os habéis revestido de Cristo”, 3, 23-29. La justificación, entonces, proviene de la fe y no de las obras de la ley.
Por tanto existe un solo Evangelio, el anunciado por Pablo, que le fue revelado por Cristo, aprobado por los apóstoles, por el que el Apóstol se enfrentó al mismo Pedro, en Antioquía, por la conducta de éste, 2, 11-21; es decir, que el Evangelio no es de origen humano, sino divino, y que por lo tanto no hay sino uno, como tampoco hay otro Dios u otro Cristo. Cuando el hombre acepta el Evangelio, se hace hijo de Dios, filiación que se realiza cuando Dios envía a su propio hijo, quien muere por los hombres, de la cual les hace partícipes, 2, 20; pero, por esto, también les participa de su resurrección.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.