Esteban
griego corona. En la Iglesia de Jerusalén existían en tiempos apostólicos, judíos de cultura griega, los llamados “helenistas”, que habían vivido fuera de Palestina y leían las Escrituras en griego, convertidos al cristianismo. Los helenistas se quejaron de desatención frente a los nacidos en Palestina, que hablaban arameo. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos a fin de escoger siete asistentes, diáconos, que se encargaran de atender las cuestiones cotidianas de los fieles, mientras ellos dedicaban al ministerio de la Palabra. Uno de los siete fue E., helenista, “hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”, Hch 6, 1-7. Como E., “lleno de gracia poder”, realizaba milagros, algunos judíos de la sinagoga de los Libertos se pusieron a discutir con él y como no podían rebatir sus argumentos, decidieron perderlo, para lo cual consiguieron unos testigos venales que lo acusaron ante el Sanedrín de blasfemia contra Moisés y contra Dios, Hch 6, 8-15. E., entonces, pronunció su discurso, que comenzó por la historia de Abraham, José y Moisés. E. les dijo a sus detractores que sus padres fueron infieles a Dios, persiguieron y mataron a los profetas que anunciaron la venida del Justo, Cristo; como sus padres, ellos traicionaron y asesinaron a Cristo. “¡Vosotros siempre ofrecéis resistencia al Espíritu Santo”, les enrostró E. Los que lo oían se llenaron de ira, Hch 7, 1-54. Cuando E. dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios Padre”, se le fueron encima y lo sacaron a las afueras de la ciudad, donde lo lapidaron. Entre los que aprobaron este crimen, se hallaba un joven llamado Saulo, quien sería después de su conversión llamado por antonomasia “el Apóstol”, es decir, Pablo. E., antes de morir, pidió al Señor, como Cristo en la cruz, perdón para sus enemigo, Hch 7, 55-60. E. es considerado el primer mártir del cristianismo.
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