Espíritu
hebreo rûah, nefes, griego pneuma, aire en movimiento, soplo del viento, aliento. Es el principio vital de los seres vivos, los animales, el hombre. La Escritura dice que “Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo. e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente”, Gn 2, 7; y cuando Dios anuncia el diluvio, dice que exterminará “toda carne que tiene hálito de vida”, Gn 6, 17; 7, 22. El e. es un don de Dios, Gn 6, 3; Nm 16, 22; Jb 27, 3; por eso se dice que si Dios recogiera hacia sí el soplo, el espíritu, el hombre volvería al polvo, Jb 34, 14-15; Sal 104 (103), 29; 143 (142), 7; Qo 12, 7. El e. de Dios actúa sobre el hombre, en la historia de la salvación, le dio la sabiduría a José en Egipto, Gn 41, 38; concedió habilidad y pericia a los artesanos para las labores del Templo, Ex 31, 3; 35, 31; suscitó a los jueces y los dotó del poder de discernir, Jc 3, 10; 6, 34; 11, 29; Nm 11, 17; inspiró a sus enviados, los profetas, 2 Cro 15, 1; 20, 14; 24, 20; Is 48, 16; 61, 1; Mi 3, 8; Za 7, 12; el profeta Joel anunció que el e. de Dios, en los tiempos mesiánicos, será derramado sobre todos, Jl 3, 1-2; Hch 2, 16-18. E. Santo es una expresión propia de los tiempos neotestamentarios, de la doctrina cristiana, en el A. T., sólo se encuentra unas tres veces, Sal 51 (50), 13; Is 63, 10-11. En el N. T., el E. está íntimamente ligado a Cristo, desde su concepción en las entrañas de María, el ángel le dijo a la Virgen en la Anunciación, “El E. Santo vendrá sobre ti”, Lc 1, 35; antes que María comenzase a vivir con José, “se encontró encinta por obra del E. Santo” Mt 1, 18; el ángel le dijo a José, cuando pensó repudiar a María por su embarazo, que no temiera pues “lo engendrado en ella es del E. Santo” Mt 1, 20. En la vida pública de Jesús, que comienza con su bautizo en el río Jordán, “una vez bautizado... vio al E. de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él”, Mt 3, 16; Mc 1, 10; Lc 3, 2122; Jn 1, 32-34; y el E. Santo lo unge para su misión mesiánica, Hch 10, 38. En Jn 1, 33, se dice “ése es el que bautiza con E. Santo”, esto es, el E. Santo reposa sobre Cristo y lo comunicará a quienes crean en él según el oráculo del profeta, Ez 36, 26-27; pero esta efusión del E. Santo se llevará a cabo cuando Cristo haya sido elevado y glorificado a la diestra de Dios Padre, Hch 2, 33, el día de Pentecostés, Hch 1, 5; 2, 4.
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