Dios
latín Deus. Ser supremo al que se rinde culto. Deidad. En las Sagradas Escrituras, D. no se manifiesta como una idea, como algo abstracto, ni se trata de demostrar filosóficamente su existencia. Como en las religiones monoteístas, se cree que D. es único, no hay otros fuera de él; es el origen de todo cuanto existe, concretamente se le dice en la Biblia “Creador”, desde Gn 1, pero el mundo creado no lo es por emanación, ese mundo depende de D. y es externo a él, es decir, D. es trascendente. No se le define mediante un concepto abstracto, no se hacen especulaciones sobre su naturaleza, sino que se le describe por sus atributos perfectos, su infinitud, inmutabilidad, eternidad, bondad, conocimiento y poder.
Por el contrario D. interviene en el mundo, en la historia, un D. que quiere comunicar a todos los hombres su vida, su amor, para llevarlo todo a la perfección, ésta es la inmanencia de D.; a través de los textos sagrados se habla de él como el D. vivo, el Rey eterno, según las palabras del profeta, Jr 10, 10; y las del evangelista, “no es un D. de muertos, sino de vivos”, Mc 12, 26-27. Es decir, de él procede el ser y toda vida, Gn 2, 7; Jb 34, 14-15; Sal 104 (103), 29-30. D. se revela a Moisés, en la zarza ardiente, diciéndole que es el Dios de los Padres, Ex 3, 6, Él Sadday, Gn 17, 1, antiguo nombre divino de la época patriarcal; que es Yahvéh, pero ahora le dice que es Yahvéh, “Yo soy el que soy”, Ex 3, 14, es decir, el único verdaderamente existente, trascendente. Para los israelitas este D. único, es el D. de la liberación y de la Alianza. El D. fuerte y triunfante que rescató para sí a los descendientes de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob de la esclavitud en Egipto y los llamó a establecer con él una alianza, Ex 15, 19; 18, 3-8; 24, 3-8; Nm 23, 22; 24, 8-9; Dt 26, 5-10. Esto implica para Israel una adhesión y pertenencia incondicional y total a Yahvéh, por lo que se dice de manera antropomórfica en las Escrituras que Yahvéh es un D. celoso, Ex 20, 5; 34, 14; Dt 4, 23- 27; 5, 9-10; 6, 14-15; 32, 15-25; Jos 24, 19; Ez 29, 25; Na 1, 2. Por lo anterior, ya en Dt 4, 35 se niega rotundamente la existencia de otros dioses; y en otros sitios de la Escritura se dice, también, que D. es incomparable, 2 S 7, 22; Is 40, 25; 43, 10-11; 44, 6; 45, 5; en el libro del profeta Oseas se lee: “porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo”, Os 11, 9, con lo que, además, se reafirma su trascendencia. De aquí las palabras del Decálogo: “No habrá para ti otros dioses delante de mí”, Ex 20, 3; Dt 5, 7-8. Así como la separación de Israel de las demás naciones idólatras que lo circundaban, cuyas costumbres religiosas, en muchos casos, influyeron y penetraron en la vida de los israelitas, al igual que aquéllos pueblos que lo dominaron, como los cananeos, los egipcios, los asirios, los caldeos, Ex 20, 4; Lv 19, 4; 26, 1; Dt 4, 15-20. En la asamblea de Siquem, Josué le dice al pueblo de Israel, cuando éste eligió servir a Yahvéh, “Entonces quitad de en medio los dioses del extranjero e inclinad vuestro corazón hacia Yahvéh, D. de Israel”, Jos 24, 23. El Señor les recuerda constantemente a los israelitas que él los sacó de Egipto y “Yo soy Yahvéh, vuestro D.”, Jos 24, 17-18; Jc 6, 7-10; 1 S 10, 17-19; 2 S 7, 22-24. Los profetas continuaron con esta predicación monoteísta, sobre la pureza de la religión, en la época monárquica contra la fuerte influencia del baalismo de los cananeos, 1 R 18; después del exilio con las sátiras de los profetas contra los falsos dioses, Is 41, 21-29; 43, 8-13; 44, 9-20; Dn 14; Ba 6. La idolatría conduce a los pueblos a la depravación, como se lee tanto en A.
T. en el libro de la Sabiduría se hace una crítica a la idolatría, en sus tres formas, la adoración de las fuerzas naturales y de los astros, Sb 13, 1-9; el culto a los ídolos, hechura humana, Sb 13, 10-19; 15, 17; la zoolatría, culto a los animales, Sb 15, 18-19; como en el N. T., Rm 1, 18-32.
Yahvéh entonces es el D. de Israel, mas no un D. de un pueblo, es el D. de todos los pueblos, por ser verdadero, único. Es decir, D. es supratemporal y omnipresente. Desde el Gn 1, 1, el D. creador es Señor del universo, sin que signifique que hubo una génesis de D., antes de la creación, como en muchas teogonías antiguas, D. ha sido “desde siempre hasta siempre”, como se dice en Sal 90 (89), 2; 93 (92), 2; Ha 1, 12; en Dt 33, 27, de manera figurada se expresa esta eternidad de D., cuando se le llama “El D. de antaño”; y en el profeta se lee que D. mismo dice “Yo soy el primero y el último, fuera de mí, no hay ningún dios”, Is 44, 6; y “Yo soy, yo soy el primero y también soy el último”, Is 48, 12. Su presencia todo lo llena, Is 66, 1; Jr 23, 24; está en todas partes y es D. omnisciente y providente, como lo expresa el salmista, “Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si en el seol me acuesto allí te encuentras. Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende”, Sal 139 (138), 8-10; Si 16, 17; Am 9, 2-3. Como D. es omnipresente y todo lo escruta, es “el juez de toda la tierra”, Gn 18, 25. Otro atributo de Dios es su omnipotencia, es decir, su poder absoluto, cuya manifestación es la resurrección de su propio Hijo Jesucristo, Hch 2, 24.
En las Sagradas Escrituras a D. se le describe y se le comprende de manera antropomórfica. D. promete y hace pactos con su pueblo, amenaza, expresa su ira. Es representado como rey, juez y pastor.
D. en las Sagradas Escrituras, es un D. que habla y dialoga con el hombre, lo llama, de ahí la expresión repetida, “Dijo D.”, Gn 1, 3. Él llama a cada uno por su nombre y le asigna su misión, su vocación, Sal 147, 4; D. a Abraham y le promete una posteridad, Gn 12, 1-3; a Moisés en la zarza ardiente, Ex 3, 4-12; por intermedio de Moisés habla al pueblo de Israel, Ex 19, 3-6; a Elías y a los profetas, y les asigna una tarea, 1 R 17, 4; Jr 1, 4-10; Am 3, 7. Esta elocuencia distingue a D. de los falsos dioses, Sal 115 (113 B), 5-7. Sin embargo, D. también guarda silencio, como castigo a la desobediencia del hombre a sus preceptos y mandamientos, por su rebeldía, es decir, que cansado D. de hablar a los hombres por medio de sus profetas, sin ser escuchado, ya no los mandará, como en Am 8, 11-12; entonces lo buscarán y no lo encontrarán, Pr 1, 28; Jr 11, 11; Ez 8, 18; Os 5, 6. En el N. T., D., el mismo del A. T., sigue hablándoles a los hombres, como lo expresa el apóstol Pablo, “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo”, Hb 1, 1-4. Ya no habla D. por medio de sus portavoces, los profetas, sino por medio de su propio Hijo encarnado, la manifestación de D., el Padre, en el mundo finito, contingente, a quien el apóstol Juan llama la Palabra, el Logos, en griego, Jn 1, 1-18. Jesús, pues, revela el misterio de D., la Palabra de D. Padre, como el mismo Jesús, lo dice en Jn 14, 24; el Padre de todos, pero ante todo de Jesús, su Hijo, con quien es uno solo, Jn 10, 30-39; 14, 1-11; 17, 1-3; por esto el Hijo, Jesús, se dirige a su Padre, como Abbá, palabra aramea con la que los hijos hablan familiarmente al progenitor, Mc 14, 36. Filius y Logos, Hijo y Palabra, implican un ser, que es a la vez distinto del Padre e incluso tan próximo, relacionado con él como ser de la misma sustancia, homoousios en griego, con Él. El Espíritu Santo, según la Iglesia católica, procede de la mutua relación amorosa del Padre y del Hijo, aunque en Oriente se dice que sólo procede del Padre. Éste es el misterio de la Trinidad, tres personas distintas y un solo D. verdadero, esto es, tres modos de ser del mismo y único D., tres personas en una misma substancia, del cual encontramos diferentes textos en las Escrituras que manifiestan esta doctrina que más tarde tomó cuerpo en la Iglesia.
Habiendo muerto y resucitado Jesús ejerce el poder tanto en el cielo como en la tierra, poder que ha puesto el Padre en su mano, Jn 3, 35; en virtud del cual encomienda a sus discípulos la misión universal: “Id, pues, haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, Mt 28, 19. En los Hechos de los Apóstoles, en las epístolas y en el Apocalipsis se encuentran referencias a las Tres Personas, Hch 10, 38; 20, 28; Rm 1, 4; 15, 16; 1 Co 2, 10-16; 6, 11/14/15/19; 12, 4-6; 2 Co 1, 21-22; Flp 2, 1; Ef 1, 3-14; 2, 18-22; 4, 4-6; 2 Ts 2, 13; Tt 3, 5; Hb 9, 14; 1 P 1, 2; 1 Jn 4, 2; Judas 20, 21; Ap 1, 4 ss; 22, 1. El Espíritu Santo es la presencia inmanente de D. en el mundo, el Paráclito, el Abogado, el Consolador, del cual dijo el mismo Hijo que sería enviado por el Padre a los discípulos y creyentes, el cual “os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho”, Jn 14, 26; 16, 13-15. Entonces, todos los que se dejen guiar por el Espíritu Santo son hijos de D. y pueden exclamar, como Jesús, “¡Abbá, Padre!”, Rm 8, 1417; Ga 4, 6-7.
El término Trinitas Trinidad, fue usado por primera vez en el siglo II, por el teólogo y apologeta Tertuliano. En el siglo IV la doctrina quedó fijada, como la conocemos actualmente, en lo cual tuvo gran influencia San Agustín, obispo de Hipona, con su obra De Trinitate, Sobre la Trinidad.
En los tiempos escatológicos según el profeta Daniel, D. hará surgir un reino que jamás será destruido, Dn 2, 44; y en su visión del Hijo del hombre, Jesús, dice que a él se le dio el imperio eterno, “honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas”, Dn 7, 14. Esta realeza de que habla el profeta es el eje de la predicación de Jesús. Es el reino de los justos cuyo rey será D. Esta realeza ha sido comprometida por el pecado del hombre, pero según el mismo oráculo será restablecida por el Mesías, y que Jesús anuncia como próxima, cuando pide conversión “porque el Reino de los Cielos ha llegado”, Mt 4, 17; Lc 4, 43. Aquí Jesús, el Mesías enviado por el Padre, realiza su intervención en el mundo de manera espiritual, Jn 18, 36; contrario a lo que creían los judíos, un mesías que les diera la independencia de Roma, Mc 11, 10; Lc 19, 11; Hch 1, 6; y esta no es otra que la redención, sacar al hombre del reinado de Satanás para llevarlo al Reino de los Cielos, Mt 4, 8; 8, 29-34; 12, 25-28. Este Reino de los Cielos se inicia en la tierra, como el grano de la parábola, Mc 4, 26-29; por medio de la Iglesia, Mt 16, 18-19, hasta el juicio de Dios, cuando serán vencidos sus enemigos, cuando Cristo entregue a Dios Padre el Reino, Mt 16, 28; Lc 21, 31; 1 Co 15, 24-28.
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