David
segundo rey de Judá e Israel, aproximadamente entre el año 1000 y el 965 a. C. D. era efrateo, de Belén de Judá, hijo menor de Jesé y nieto de Obed, el hijo de Booz y Rut, Rt 4, 17-22; 1 Cro 2, 15; . D., desde niño, era pastor, cuidaba de las ovejas de su padre, 1 S 17, 15. Samuel fue enviado por Yahvéh, tras rechazar a Saúl, a ungir a D. como rey, 1 S 16, 1-13; sin embargo, en 2 S 2, 4, se dice que fue ungido en Hebrón, por los hombres de Judá, pues tenía gran acogida entre éstos, 1 S 27, 10-12; 30, 26-31; y después por los ancianos de Israel, 2 S 5, 1-5. Sobre la historia de la llegada de D. a la corte del rey Saúl, existen dos tradiciones. La una dice que, habiéndose apartado de Saúl el espíritu de Yahvéh, por la desobediencia en la batalla contra los amalecitas, pues no entregó todo al anatema, como Yahvéh se lo había mandado, y perdonó la vida al rey Agag, 1 S 15, 1-23; Saúl fue poseído de un mal espíritu, “espíritu malo de Dios”, 1 S 16, 14; 18, 10; 19, 9; entonces sus siervos le aconsejaron llamar a D., intérprete de la cítara, para que tocara ante el rey a fin de ahuyentar el mal espíritu. Así lo hizo Saúl, y le tomó gran aprecio al muchacho, por lo que le nombró su escudero, y así acompañó al soberano en la guerra contra los filisteos, y D. venció en singular combate al campeón de los filisteos, el gigante Goliat, 1 S 17, 32-53. La otra tradición cuenta que D. era un joven pastor que cuidaba los rebaños de su padre Jesé, cuando la guerra de Saúl con los filisteos, en cuyo ejército servían los hermanos del pastor, por lo que éste iba y venía del campamento, cuando se presentó el desafío del gigante Goliat a los israelitas, 1 S 17, 12-30, y D. salió a combatir con el filisteo y lo venció sin más armas que su honda, tras lo cual le cortó la cabeza al gigante, 1 S 17, 32-53. En este pasaje confluyen las dos tradiciones. Después de la lucha con Goliat, D. fue llamado al servicio del rey Saúl, y se hizo entrañable amigo de Jonatán, hijo del soberano, 1 S 17, 55-58; 18, 1-5.
Saúl prometió a D. a su hija Merab como esposa 1 S 17, 25; si era valiente, pero se la entregó a Adriel de Mejolá; Mikal, otra hija del rey, se enamoró de D., y para poder tomarla como esposa hubo de matar D. doscientos filisteos, 1 S 18, 17-30. Saúl sentía envidia de D., y pensaba que moriría a manos de los filisteos, pero éste siempre salía airoso en las campañas guerreras. El rey Saúl intentó matarlo cuando D. tocaba la cítara, al apoderarse del rey el espíritu del mal, pero aquél logro evadir varias veces la lanza tirada por Saúl, 1 S 18, 10-11; 19, 9-10. Después, Mikal salvó a su esposo D. de otro intento de Saúl para eliminarlo, avisándole de las intenciones del rey y sacándolo por una ventana, tras lo cual D. huyó donde Samuel, en Ramá, hasta donde el rey lo buscó, y se presentó el episodio en el que el soberano se puso a profetizar, 1 S 19, 11-24. Jonatán trató en varias oportunidades de mediar entre Saúl y D. a fin de restablecer la amistad entre los dos, pero fue en vano, 1 S 19, 1-7; 20, 1-42; D. partió y, en su huida, paró en Nob, en la falda oriental del monte Scopus, al oriente de Jerusalén, donde encontró al sacerdote Ajimélek, quien le entregó los panes consagradas, retirados ya para colocar nuevos, así como la espada de Goliat; se encontraba allí Doeg, edomita, mayoral de los pastores de Saúl, quien presenció lo tratado entre D. y el sacerdote, 1 S 21, 1-10. De aquí, D. fue donde Akis, rey de Gat, y allí fingió ser un demente, para no ser descubierto, 1 S 21, 11-16. D., entonces, fue a refugiarse en la cueva de Adullam. Saúl se enteró por Doeg, que D. había estado en Nob, por lo que ordenó la matanza de los sacerdotes de este lugar, salvándose únicamente Abiatar, hijo de Ajimélek, quien huyó donde estaba David; Abiatar sería el sacerdote de David hasta cuando éste murió, 2 S 22, 6-23. Posteriormente, D. libró a los habitantes de Queilá de los filisteos, de donde fue a refugiarse en el desierto de Zif, al sur de Hebrón, pues Saúl seguía en su persecución, 1 S 23, 1-14; fue entonces cuando D., que se encontraba en los refugios de Engadí, tuvo en sus manos al rey en una cueva y le respetó su vida, 1 S 24, acción tras la cual Saúl reconoció que D. reinaría en Israel y le hizo jurar que no exterminaría su descendencia. Entonces murió Samuel y fue enterrado en Ramá, su tierra, 1 S 25, 1; 28, 3. De ahí bajó D. al desierto de Maón, donde Nabal se negó a darles comida a D. y a los suyos, tras lo cual se presentó la muerte de Nabal y D. tomó a la mujer de éste, Abigaíl, por esposa, quien le dio hijos, 1 S 25, 1-43. De nuevo D. respetó la vida de Saúl, “el ungido de Yahvéh”, 1 S 26, 23. Fue el rey al desierto de Zif en persecución de D., y acampó en la colina de Jakilá. En la noche, cuando Saúl dormía, D. entró en el campamento del rey y penetró en su tienda, lo tuvo en sus manos pero no quiso matarlo, a pesar de la insistencia de Abisay, quien le acompañaba, 1 S 26. Tras este episodio, D. se refugió entre los filisteos, donde Akis, rey de Gat, con Ajinoam y Abigaíl, sus dos mujeres, y seiscientos hombres. Akis le asignó a D. la ciudad de Siquelag, en la frontera filistea, al nordeste de Berseba, para que residiera allí con los suyos, y fue vasallo de los filisteos durante un año y cuatro meses, 1 S 27, 1-7. Posteriormente, los filisteos se presentaron en Afeq para guerrear contra los israelitas, y Akis le pidió a D. que abandonase su ejército, a instancias de los tiranos filisteos, y D. volvió con su tropa a Siquelag y emprendió la campaña contra los amalecitas, a los cuales derrotó, recuperando a sus mujeres e hijos, que habían sido robados, lo mismo que el botín que los amalecitas les habían tomado a los filisteos y a Judá, 1 S 30. Viene luego la muerte del rey Saúl, en la batalla contra los filisteos, en el monte de Gelboé, 1 S 31. Muerto Saúl, D. subió a Hebrón, la ciudad más importante de Judá, donde fue ungido rey de Judá, como se dijo atrás, en donde reinó siete años y seis meses, 2 S 2, 11; 5, 5; 1 Cro 3, 4. Entretanto, Abner, jefe de los ejércitos de Saúl, levantó como rey de Israel a Isbaal, hijo de Saúl, quien reinó dos años. Lógicamente, se desató la guerra entre los descendientes y partidarios de la casa de Saúl y la de D. En Gabaón, unos cuantos kilómetros al norte de Jerusalén, los veteranos de D. vencieron a los hombres de Israel; sin embargo, pereció Asahel, del bando de D., a manos de Abner, 2 S 2, 12-32. Después, Abner rompió con Isbaal, por una mujer que había sido concubina del rey Saúl, y entró en negociaciones con D., pero Joab, hermano de Asahel, vengó la muerte de éste y mató a Abner, 2 S 3, 6-27. Tras esto, fue asesinado Isbaal, por Rekab y Baaná, benjaminitas, quienes le llevaron la cabeza a D., en Hebrón, crimen que condenó el rey, 2 S 4. Así, quedó libre el camino para que D. reinara también en Israel, siendo ungido por los ancianos en Hebrón. El rey marchó, entonces, a la conquista de Jerusalén, donde venció a los jebuseos, se instaló en la fortaleza, a la que llamó “Ciudad de D.”, construyó una muralla y estableció allí su corte, 2 S 5, 1-16. Los filisteos, al saber que D. había sido consagrado rey de Israel, marcharon contra él, y en dos ocasiones fueron vencidos por aquél, en el valle de Refaím, al sudoeste de Jerusalén, 2 S 5, 17-25; 1 Cro 14, 8-17. Tras someter a los filisteos, el rey D. derrotó a los moabitas y los hizo sometió a tributo, 2 S 8, 2; lo mismo sucedió con Hadadézar, rey de Sobá, a quien auxiliaron los arameos, y estableció gobernadores en Aram; igualmente sucedió con Edom; con los ammonitas; extendió sus territorios desde la frontera egipcia y el mar de Suf o golfo de Ácaba, en el sur, hasta el río Éufrates, en el norte, 2 S 8, 314; 10, 1-19; 1 Cro 19 y 20. D. hizo de Jerusalén, además de la capital política del reino, la religiosa, pues trasladó a la Ciudad de D., donde le había levantado la tienda, el Arca, que estaba en casa de Abinadab, 2 S 6, 1-23; 1 Cro 15; y el soberano organizó todo lo concerniente al clero y al culto divino, 1 Cro 16.
Estando el ejército en la segunda campaña contra los ammonitas y D. en Jerusalén, se enamoró de Betsabé, mujer de Urías, mercenario hitita al servicio del rey. D. ordenó a Joab, jefe del ejército, que pusiera a Urías en el frente de la batalla para que muriese, como sucedió. David se acostó con Betsabé y ésta le parió un hijo que murió, como se lo dijo Yahvéh, por medio del profeta Natán, en castigo por el delito cometido contra Urías por el rey, del cual se arrepintió; después Betsabé concebiría de D. y daría a luz otro hijo, Salomón, quien le sucedería en el trono, 2 S 11 y 12. Dentro de la familia de D. hubo un episodio dramático que tuvo consecuencias políticas para el reino. Absalón, hijo de D., tenía una hermana, Tamar, de la cual se enamoró su hermanastro Amnón, quien la violó, siendo ella virgen. En razón de esta falta, Absalón hizo asesinar a Amnón, para luego huir adonde Talmay, hijo de Ammijud, rey de Guesur de Aram, donde permaneció hasta cuando su padre le perdonó por el crimen contra su hermano, 2 S 13 y 14. Absalón se rebeló contra el rey, su padre, y se proclamó soberano en Hebrón, y D. debió huir de Jerusalén. En la batalla del bosque de Efraím, los veteranos de D. vencieron a Israel, tras lo cual Absalón fue muerto al quedar enredado en las ramas de una encina, en su huida en un mulo, 2 S 15 a 18.
Posteriormente D. debió sofocar otra revuelta, la de Seba, benjaminita, que significó la enemistad entre Israel y Judá, 2 S 20. Aplastadas las rebeliones, D. ordenó el ® censo de Israel y Judá, 2 S 24; 1 Cro 21; lo cual fue considerado una impiedad por lo que Israel fue castigado con la peste, y el rey levantó un altar en la era de Arauná, el jebuseo, que, según el Cronista, fue donde Salomón construyó el Templo, 1 Cro 22, 1; para lo cual el rey D. había hecho los preparativos necesarios y planos y acumulado materiales. El rey donó los tesoros y riquezas que había sumado a lo largo de su vida para el Santuario, a la vez que pidió a los principales del reino que hicieran sus donativos para que su hijo Salomón construyera la Casa de Dios, 1 Cro 29, 1-9. D. Siendo ya muy anciano D., se presentó el conflicto por la sucesión al trono y se formaron dos partidos, por un lado, el de Adonías, hijo de Jaggit, apoyado por el sacerdote Abiatar y por Joab, jefe del ejército; y, por otro lado, el bando de Salomón, secundado por el sacerdote Sadoq, Benaías, jefe de la guardia, Betsabé, su madre, y el profeta Natán. David se inclinó por Salomón, hijo de Betsabé, quien fue ungido rey, 1 R 1. Después, D. llamó a Salomón y le dio sus últimas órdenes, el testamento, tras lo cual murió y fue sepultado en la Ciudad de D., habiendo reinado cuarenta años sobre Israel, siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén, 1 R 2, 1-12; 1 Cro 29, 26.
El rey D. además de político, administrador, guerrero y conquistador, fue grande como poeta y músico. Suyas son las elegías compuestas con motivo de la muerte del rey Saúl y de Jonatán, 2 S 1, 19-27; la elegía por Abner, 2 S 3, 33-34; se le atribuye un cántico, que es casi el mismo Salmo 18 (17), con pequeñas variaciones, compuesto cuando Yahvéh lo libró de las manos del rey Saúl, que lo perseguía para matarlo, 2 S 22; se le atribuyen setenta y tres salmos, en los títulos de los mismos aparece su autoría, y en la versión griega Septuaginta, ochenta y dos. D. es, entonces, “el suave salmista de Israel”, 2 S 23, 1.
Cuando el rey D. se estableció en su casa y Yahvéh le dio paz y prosperidad en su reino, le dijo al rey, por medio del profeta Natán, que no sería D. quien le levantaría una casa, sino que Yahvéh le edificaría una al rey, es decir, la promesa de la permanencia del linaje de D. en el trono de Israel, lo que constituye la alianza de Yahvéh con D. y su descendencia, 2 S 7, 1-16; 1 Cro 17, 1-15; 22, 10; 28, 6; Sal 89 (88), 29-38; 132 (131), 11-12 . Éste es el oráculo sobre la llegada del Mesías, que será del linaje de D., originario de Belén, como se lee también en los oráculos de los profetas, Is 7, 14-17; Mi 5; de la misma manera se toma la profecía de Natán en Hch 2, 30; 2 Co 6, 18; Hb 1, 5. En las genealogías, Jesús es descendiente de D., Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38; Rm 1, 3; 2 Tm 2, 8. El pueblo llama a Jesús “Hijo de David”, y así lo proclama cuando su entrada triunfal en Jerusalén, como reconocimiento en él del Mesías, Mt 9, 27; 12, 23; 15, 22; 20, 30; 21, 9 y 15; Mc 10, 47-48; 12, 35; Lc 18, 38-39.
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