Conciencia
latín conscientia. Conocimiento o noción que tiene el hombre del bien y del mal. Sentimiento interior por el cual el hombre aprecia o juzga moralmente sus acciones. En el A. T., no existe una palabra exacta que corresponda a este concepto. Para los semitas los riñones eran la sede de los pensamientos y de los afectos secretos, lo que en algunos sitios se traduce como c., por eso se encuentra el término entrañas, Sal 7, 10; 16 (15), 7; Pr 23, 16. En el N. T., ya existe el término c., y es San Pablo quien introduce este concepto en la literatura sagrada. San Pablo dice que la ley natural está inscrita en el corazón de todo hombre, lo que le permite actuar según su c., Rm 2, 13-15; es decir, que la conducta del ser humano depende únicamente de su propia c., Hch 23, 1; 24, 16; 1 Co 10, 27-30; 2 Co 1, 12; pero, en últimas, lo que dicta la c. está sometido al juicio de Dios, 1 Co 4, 4; 2 Co 4, 2. La c. se puede enturbiar, el corazón entenebrecerse, Rm 1, 19-21. La sangre de Cristo purifica la c., el Espíritu Santo la ilumina, Rm 9, 1; Hb 9, 14.
La c. limpia y buena 1 Tm 1, 5; 3, 9; la c. recta libera al hombre de las ataduras de la Ley antigua, hace libre a la persona, 1 Co 8,7-13; 10, 23-30.
Concilio, latín concilium. Asamblea convocada para deliberar y decidir sobre la doctrina y sobre los asuntos que afectan a los intereses de la Iglesia cristiana. La primera asamblea cristiana que puede recibir el nombre de c., es la que reunió a los apóstoles y presbíteros, que consta en Hch 15,1-31, y que se conoce comúnmente como Concilio de Jerusalén, reunido ca. año 50. En este c. se definieron las controversias suscitadas, en la Iglesia de Antioquía, a raíz de la cantidad de conversos al cristianismo de entre la gentilidad, que eran incircuncisos, y acerca de las relaciones con ellos, pues para los judíos, según la Ley Mosaica, el trato con los gentiles acarreaba una impureza. La asamblea reunida en Jerusalén definió, entonces, no imponer más cargas a los gentiles conversos, que las concernientes a “abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados, y de la impureza”; porque, como lo dijo Pedro en la reunión, todos “nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos”. Una carta con esta conclusión les fue enviada por el concilio a los fieles de la Iglesia de Antioquía, por intermedio de Pablo y Bernabé. En Ga 2, se trata el mismo tema del c. de Jerusalén pero no se alude a la reunión, por lo que esta epístola fue escrita antes de la asamblea.
Este asamblea es el antecedente de los concilios que la Iglesia católica convoca de tiempo en tiempo. El más reciente fue el C. Vaticano II, reunido en Roma, en 1962, por el papa Juan XXIII, y que terminó en el pontificado del papa Pablo VI.
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