Botín
despojos que en la guerra el vencedor le quita al vencido. En la Escritura se consideraba botín a las personas, los ganados, las provisiones.
Desde Abraham la décima parte de los despojos, se reservaban para Yahvéh, y su usufructo pertenecía a los sacerdotes, Gn 14, 20; Hb 7, 2 y 4. El botín de guerra podía estar consagrado al anatema, y se renunciaba a los despojos, todo era de Yahvéh, por lo que se debía dar muerte a las personas y a los animales, y los objetos preciosos consagrarlos al santuario. El anatema podía ser por orden de Dios, Dt 7, 1-2; 20, 13-17; tal sucedió con la ciudad de Jericó, Jos 6, 17-21; con Amalec, 1 S 15, 3; o por un voto, Nm 21, 1-3. Podía suceder que una parte se consagrara al anatema, y se tomara el resto como b., Dt 2, 34-35; 3, 6-7; Jos 8, 1-2. El incumplimiento del anatema acarreaba un castigo severo, Jos 7, 1.
En la guerra santa contra Madián Yahvéh le dio a Moisés las normas para el reparto del b., del cual la mitad era para los que fueron a la guerra y la otra mitad para la comunidad. De la parte de los combatientes, uno por cada quinientos, animales, personas, etc., pertenecía a Yahvéh, lo mismo que uno por cada cincuenta de la parte de la comunidad, para los levitas, Nm 31, 25-30. Tras la guerra contra Madián, lo que se tomó como b. en oro y joyas fue ofrecido a Yahvéh, Nm 31, 48-53. El rey David, cuando la campaña contra los amalecitas, estableció como norma para todo Israel que el botín se debía repartir por partes iguales tanto a los que pelearon como a los que se quedaron cuidando la impedimenta; además, el rey envió parte del b. a los ancianos de Judá, sus compañeros, 1 S 30, 21-31.
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